Consuelo Jiménez: Tres cuentos maravillosos de Juan Valera

Tercer Premio de Narrativa IX Certamen Literario Ateneo Blasco Ibáñez 2018

Tres Cuentos Maravillosos de Juan Valera:

“El Espejo de Matsuyama”, “El Pescadorcito Urashima” y “El Pájaro Verde”

El escritor y diplomático Juan Valera (1824-1905) es autor de una serie de cuentos que recogen mitos universales enmarcados en relatos llenos de magia y misterio. Su relectura nos permite disfrutar de unas joyas literarias imperecederas que propician reflexiones y análisis sobre la condición humana y las relaciones personales.

El espejo de Matsuyama. En este cuento, la originalidad de Valera le permite romper con la tradición del espejo mágico como símbolo del odio y envidia de la madrastra para convertirlo en un espejo real que retrata un afecto imperecedero entre madre e hija. En la trama se parte de una situación de edénica inocencia en la que las mujeres desconocen los espejos. El hombre que sale del lugar y va “a la gran ciudad del imperio” les lleva el espejo como un regalo especial. Cuando la mujer descubre en qué consiste ese fantástico mecanismo que reproduce la imagen y la luz, siente miedo de abusar de su uso y lo guarda. A su muerte, lo traspasa a su hija haciéndole creer que la imagen que verá no será la propia, sino la de la madre muerta.

Los sicoanalistas que desmenuzan los cuentos infantiles han descubierto en ellos muchas historias simbólicas útiles para exorcizar fantasmas que acechan en lo más profundo de las relaciones familiares, en lugares inaccesibles a la mirada superficial, allá donde anidan viejos rencores, celotipias, miedos… Las relaciones madre-hija pueden ser conflictivas por la rivalidad que establecen entre personas del mismo sexo pero de diferentes edades que compiten por las atenciones del esposo-padre. El miedo al paso del tiempo, que lleva consigo la disminución o pérdida de la belleza, la salud y el poder; el temor a que la hija repita los errores o sufrimientos de la madre; la vanidad, la codicia, la lujuria y todo su séquito de inquietudes y temores se representan mediante esos espejos que, en su dimensión más profunda, van más allá de la simple representación física y se convierten en reproductores del alma humana. Recordemos el retrato-espejo de Dorian Grey, que coincide con la sabiduría popular que proclama que “la cara es el espejo del alma”. El espejo adquiere un valor como objeto mágico porque se desconoce su funcionamiento. Así ocurre en bastantes de los llamados “cuentos maravillosos”, como el de “La niña de los tres maridos” también recogido por Almodóvar, en el que aparece un espejo con un papel funcional decisivo en la trama, porque permite ver a las personas que su dueño desea ver. Pero donde el espejo alcanza su papel más relevante como desdoble de quien se mira es en los cuentos que presentan las conflictivas relaciones madre-hija a través de espejos mágicos. Generalmente, es la madre quien empieza como usuaria de un espejo que le dice y le repite que ella es la más hermosa… hasta que la hija adquiere edad o entidad suficiente para arrebatarle el primer puesto de la hermosura, dando lugar al conflicto. A veces, para suavizar la violencia de que una madre pueda albergar sentimientos tan ruines y devastadores contra su propia hija, la madre se convierte en madrastra; de esta forma, despojada del lazo biológico, parece más comprensible la rivalidad envidiosa.

En la versión que conocemos del cuento español gracias a la recolecta de Almodóvar, “La madre envidiosa”, se trata de una madre biológica que acaba detestando tanto a su hija, cada vez más hermosa y más querida por el padre, que la condena a una muerte cruel de la que la víctima se libra gracias al poder de su belleza; este es tal, que impide a los criados ejecutar la sentencia mortal. “Espejito espejito… ¿quién es la más hermosa?” se pregunta la altiva madrastra de Blancanieves. Así ocurre en todas las versiones del cuento de Blancanieves, incluidas las del folklore español que recoge Almodóvar en sus Cuentos al amor de la lumbre: el ya citado “La madre envidiosa” y “Mariquita y sus siete hermanitos”. Pero en el cuento de Valera, la madre que se mira en el espejo no busca competir: solo se busca a sí misma y se encuentra en el fondo del espejo, donde descubre su belleza. Esto le ocasiona tal turbación, que decide esconder “tan prodigiosa alhaja” (en palabras de Valera) para no recrearse en la vanidad, y escondérselo también a su hija para evitarle ese mismo pecado. La inocencia de la niña hace que, cuando pierde a su madre, el espejo sea, además de la conservación del lazo afectivo con su madre, la voz de su conciencia. Al mirarse en él creyendo ver a su madre, en realidad se ve a sí misma, pero se ve siempre pura, joven, alegre, como recordaba lo fue su progenitora.

El espejo de Matsuyama es un espejo real, no un espejo mágico. El reflejo de la madre que se ha ido pasa a la hija que la continúa en una ontológica profecía de bondad y belleza. Es como una vuelta de tuerca a los cuentos maravillosos donde los espejos sirven para reflejar la rivalidad entre madre e hija y la envidia que la madre (o madrastra) siente hacia la hija, más joven y bella. En el cuento de Valera, en cambio, el espejo sirve para unir a madre e hija en un lazo de afecto y comunicación que va más allá de la muerte. Como si ese cuento ambientado en un oriente estilizado, sin más nombres que un par de topónimos exóticos, quisiera presentar otra posible relación entre madre e hija: la inspirada en el amor y en la piedad.

El pescadorcito Urashima enlaza y contiene, en su brevedad, diversas tradiciones literarias y míticas, tanto europeas como orientales. El argumento de este cuento maravilloso es el siguiente: un pescador, Urashima, coge un día una gran tortuga y decide devolverla al mar. Su compasión se ve recompensada, porque la tortuga no es tal, sino la hija del Dios del mar. Ambos se enamoran, se casan y se van a vivir al fantástico Palacio del Dragón, donde son muy felices. Pero Urshima siente nostalgia de su vida anterior y pide permiso para visitar a su familia. Su mujer se lo concede y le da una caja con la condición de que no la abra. Cuando Urashima regresa a su pueblo, se da cuenta de que todo ha cambiado: no han pasado tres años, como él creía, sino cuatrocientos. Espantado, decide abrir la caja, de la que solo sale una nubecilla. Pero, al instante, su cuerpo envejece y muere. No quiere el autor acabar de modo tan trágico, así que el penúltimo párrafo es una moraleja (Urashima murió “por atolondrado y desobediente”) y el último, una invitación al lector para que visite, con su fantasía, el Palacio del Dragón con todas sus maravillas.

Este breve relato recoge diferentes tradiciones literarias europeas adaptándolas al ámbito oriental, tan caro al autor en un determinado momento de su creación literaria . No hay que olvidar que el romanticismo puso de moda Oriente y que, en sus andanzas diplomáticas, Valera tuvo ocasión de vivir el exotismo de Rusia, por su destino en San Petersburgo, y el americano durante su estancia en Río de Janeiro. La primera sería la leyenda de San Virila, abad del monasterio de Leyre (Navarra) que, escuchando cantar a un pajarillo, cuando regresó a su monasterio se dio cuenta de que habían pasado no unas horas, sino trescientos años. Los exégetas añaden que el sobredicho abad no entendía lo que era la eternidad y Dios quiso hacérselo ver de esa manera. Otros estiman que es un canto a la belleza (simbolizada por el canto del pájaro), que suspende los sentidos y nos hace olvidar el paso del tiempo. Hay varias versiones de la historia de San Virila. En unas, la experiencia acaba favorablemente, con la comunidad asombrada celebrando el milagroso retorno de Virila mientras un ruiseñor deposita el anillo de abad en su dedo; en otras, por el contrario, San Virila sufre el rechazo de unos monjes que no le conocen -debido al paso del tiempo- y muere de vejez y de pena. El pescador Urashima vive una experiencia similar cuando sale de su lugar -como el abad sale del monasterio- y se percata de que el tiempo en el Palacio del Dragón, allende los mares, no es el mismo que en su tierra.

La segunda tradición se refiere a los relatos de ondinas de los lagos y ríos, o de sirenas y habitantes del mar que seducen a los humanos -sean pescadores o caballeros- los cuales, luego de un tiempo, despiertan del encanto con gran dolor y frustración. Una de las más célebres historias es la de Loreley, ondina del Rin, cantada por el poeta romántico Heine. Pero hay otras muchas, algunas localizadas en la mitología cántabra, con argumentos similares al del cuento de Valera. Es una forma de representar la imposibilidad de conciliar dos mundos diferentes: el acuático y el terrestre.

El tópico del lugar idílico donde no se envejece aparece en varios relatos míticos, como el de Shangri-La, una especie de paraíso perdido del Tibet, en el que la gente era extraordinariamente longeva, pero si abandonaba el lugar, envejecía repentinamente . En Rusia, a través de los tártaros, que trajeron leyendas y floklore oriental, había otro Shangri-La llamado Bielovodye o Tierra de las Aguas Blancas, donde vivían en soledad ancianos inmensamente sabios. En cualquier caso, salir del sitio maravilloso es como salir del paraíso terrenal: supone exponerse a todos los males propios de la vida, como el dolor, la enfermedad, la vejez y la muerte.

La caja que no se puede abrir nos recuerda el mito de la caja de Pandora, que tampoco debía abrirse porque encerraba todos los males (aunque en lo más profundo guardara la pequeña luz de la esperanza). Aquí, el mal que se desprende de la caja es una nubecilla blanca que puede representar el bien perdido, diluido, como se deshace la nube sobre las aguas del mar. Siguiendo la tradición moralista de los cuentos, quien quebranta la norma es castigado. Abrir la caja prohibida siempre tiene consecuencias funestas.

Finalmente, las metamorfosis de Ovidio son el más ilustre precedente de las transformaciones maravillosas que suceden en tantos cuentos. En el de El pájaro verde veremos que el pájaro era un príncipe. Aquí, la tortuga es una princesa, hija del dios del Mar. En los cuentos de tradición germánica, el príncipe puede tomar la forma de un sapo u otro animal repulsivo para probar la fortaleza y la fe de la enamorada. Así pues, un cuento de apariencia tan sencilla encierra múltiples claves de la cultura y el folklore europeos, reinterpretados por el autor en su impecable y ameno estilo.

El pájaro verde es un relato de valores: la solidaridad, en su vertiente específica de sororidad , la independencia de la mujer, el pacifismo y virtudes como la valentía y la constancia. Además está la exaltación de lo bello y lo bueno, la lucha entre el bien y el mal, el poder de la fantasía, el amor filial y la búsqueda y consecución de un ideal personal.

Este cuento, como es propio de los de tradición oriental, presenta una mágica metamorfosis (al igual que la historia del pescadorcito Urashima): el pájaro verde con plumas como esmeraldas es en realidad un príncipe. Su calidad de pájaro le permite entrar hasta los aposentos privados de la bella princesa en un momento íntimo: mientras su camarera la peina. El astuto animal se lleva consigo un cordón de la princesa y, en una segunda visita, se atreve a besarla en la boca con su pico y a hurtar su guardapelo. He aquí dos elementos eróticos, altamente estilizados: el cordón y el guardapelo, que, por estar en contacto con el cuerpo de la amada, adquieren un simbólico valor fetichista. Se nos dice explícitamente que la princesa “desenlazó el cordón de su vestido” para poder sacar el guardapelo de su madre, que guardaba en el interior de sus ropas. En la cuentística tradicional, poseer un cordón, una banda o una cinta de la amada constituía una especie de premio o galardón para el enamorado y una prueba de amor. Cuando el pájaro recupera su condición de príncipe, advertimos el amor que siente hacia la princesa y que solo puede verter en sus prendas: el cordón y el guardapelo, que besa y acaricia “apasionadamente” mientras expresa sus deseos amorosos con estos dísticos: ¡Ay, cordoncito de mi señora!/¡Quién la viera ahora!/¡Ay, guardapelo de mi señora!/¡Quién la viera ahora!

El “atrevimiento” y “hermosura” del pájaro han impresionado tanto a la princesa que esta pide que le consigan vivo a ese maravilloso animal. Los príncipes pretendientes, mirando solo por su propio triunfo, buscan el pájaro sin excluir medios peligrosos, al enviar aves de presa como “neblíes, sacres, gerifaltes y hasta águilas caudales”. No tienen éxito y la entristecida princesa se va a llorar sus penas a la tumba de su madre. Es allí donde la sorprende de nuevo el pájaro verde y, en esta ocasión, la besa en la boca y le arrebata el guardapelo de su madre. Este beso trastorna a la princesa hasta el punto de hacerla caer enferma. Enferma de deseo, pues, en su delirio, solo repite: “¡Que no lo maten…, que me lo traigan vivo…! ¡Yo quiero poseerlo!”. De ahí que el poderoso rey padre de la princesa convoque a sus sabios para buscar remedio. Estos, tras mucho discurrir, llegan a la hipótesis de si ese misterioso pájaro será el ave fénix de Arabia. La idea del ave fénix, pájaro incombustible que resucita de sus cenizas, tiene un profundo significado mítico. Es como el sol, que muere por la noche para renacer con el alba. Se trata de un concepto esperanzado de la realidad, donde la muerte no sería el final, sino el recomienzo de un proceso: el eterno retorno . Sin embargo, el pájaro verde nada tiene que ver con el fénix. Él es solo la víctima de un príncipe rival que, con malas artes, ha logrado encantarlo, neutralizando de ese modo a un posible y aventajado competidor.

En clave sicológica, en la vida real, muchos príncipes malos “encantan” a los buenos transformándolos en criaturas extravagantes o ridículas mediante el acoso y derribo, tan frecuente en nuestra competitiva sociedad. Los buenos, con sus posibilidades y recursos limitados por el encantamiento, solo pueden salvarse mediante la ayuda ajena. En el cuento, es una modesta lavandera quien asumirá el papel de redentora. Para ello, necesitará la virtud cardinal de la fortaleza: valor y constancia serán indispensables para el final feliz, que solo se logrará mediante la solidaridad y el trabajo en equipo. En este caso son tres: la princesa, su lavandera y su doncella; si fracasa una sola, fracasan todas. El triunfo ha de ser compartido.

Hay un punto del cuento que sorprende gratamente al lector reflexivo. Al principio podemos pensar que la princesa, como tantas otras de los cuentos, es una criatura caprichosa empeñada en conseguir el pájaro verde a cualquier precio, en la línea de tantas princesas y príncipes extravagantes de los cuentos maravillosos “que se ven forzados a elegir pareja en circunstancias también extravagantes” . Pero en este caso no es así. Cuando el rey se entera de que la princesa ha enviado un ejército contra el príncipe tártaro, causante del encantamiento, reprocha a su hija su precipitada decisión por las graves consecuencias que pueden seguirse. Y la princesa reacciona con arrepentimiento, dispuesta a remediar el error cometido, pues, “a pesar de su vehemente amor al príncipe de la China, prefería ya dejarle eternamente encantado a que por su amor se derramase una sola gota de sangre”. ¿No es esta una lección de pacifismo discretamente deslizada? En el cuento no hay batallas sangrientas ni una sola escena violenta. Esto también puede deberse al concepto que tiene Valera de lo artístico en literatura y a su habilidad en la elipsis narrativa. En este cuento, el general se enfrenta, cuerpo a cuerpo con el príncipe tártaro, pero no puede con él debido a las malas artes de encantamiento de las armas del tártaro. Solo la astucia logra vencer todos los encantamientos. El general consigue la victoria logrando capturar a su enemigo con un lazo de seda. A partir de ese momento, los acontecimientos se precipitan. El desenlace no es fácil y requiere la colaboración de otros personajes: no basta con la intervención del general y sus hombres, sino que es preciso también acudir al ermitaño centenario. Este anciano, único capaz de descifrar la carta del kan de Tartaria, no se permite abandonarse a la muerte hasta cumplir su misión informativa.

La princesa, en una muestra de libertad y rebeldía personal, se ha ido sin permiso de su padre el rey, al que tan solo deja una nota advirtiéndole de los objetivos de su salida. La dificultad del camino que emprende la princesa con sus dos acompañantes (la lavandera y la doncella) se muestra mediante la expresión de que es camino “más propio de cabras que de camellos, elefantes, mulas y asnos”, es decir, los animales que sirven habitualmente de transporte. Sin embargo, las dificultades no arredran a las tres jóvenes, dispuestas siempre a seguir adelante. Al llegar a la meta, como en los cuentos tradicionales, un beso despertará a los príncipes de su encantamiento. Pero no un beso cualquiera, sino uno ritual: que se ha de dar en la mejilla izquierda y en un momento preciso. Es muy importante, nos dicen todos los cuentos, no hacer las cosas de cualquier manera, sino siguiendo las normas preceptivas para que salgan bien. Así lo hacen nuestros tres personajes. La tarea que cumplen juntas la princesa, la lavandera y la doncella, iguala las diferencias de clase y cuna: las tres aman con el mismo amor, las tres luchan unidas y por eso el cuento acaba con la ascensión social de la lavandera y la doncella, que, casadas con los compañeros del príncipe (el escudero y el secretario respectivamente), llegan a ser “los señores más principales de toda aquella tierra”.

La habilidad del autor consiste en que la lección moral no se imparte de manera áspera, sino mediante la progresiva incorporación al relato de lo mágico y maravilloso, narrado en un estilo delicadamente humorístico y hasta paródico. Anacronismos graciosos, hipérboles y enumeraciones dan su tono particular al texto. Entre las lecciones morales, además de las mencionadas, podemos añadir: las apariencias engañan (el pájaro es un príncipe); arriésgate a conseguir tu sueño por difícil que parezca (la princesa en busca el pájaro); has de contar con los demás en toda circunstancia y saber buscar quien te aconseje y ayude.

La envoltura exótica del cuento lo hace más atrayente y curioso. La descripción del pájaro verde, de su palacio con una fuente de topacio; los manjares que encuentra la lavandera en su visita a dicho palacio (angulas y cabeza de jabalí rellena de pechugas de faisanes y de trufas); la mención de animales como elefantes, camellos, cebras de posta (en vez de caballos); la alusión a príncipes de países remotos, como Tartaria… Todo contribuye a darle ese tinte exótico que contrasta, de pronto, con un guiño del autor cuando deja entrar lo actual (las manufacturas de la industria inglesa, por ejemplo) para resaltar aún más la originalidad especialísima de cuanto describe. En definitiva, se trata de un cuento aparentemente para niños que permite diversos niveles de lectura, para que lo disfruten, cada uno a su estilo, el lector infantil y el adulto, el ingenuo y el erudito. A todos puede fascinar el encanto de El pájaro verde.

© Consuelo Jiménez de Cisneros ver currículum »