Manuel Giménez: La Memoria Recobrada

1er Premio Narrativa IV Certamen Literario Ateneo Blasco Ibáñez 2013

La Memoria Recobrada

El muro está cada vez más cerca. Los vetustos camiones, en una hilera interminable, llevan su carga humana como bestias al matadero. Después de cruzar las rejas, la puerta se cierra con violencia. En esos momentos no puedo negar el miedo, un pánico atroz por lo desconocido. Se escucha el murmullo de más de mil hombres, soldados de un ejército derrotado y humillado, cansado de luchar y de ver la muerte de cerca. Yo soy uno de ellos.
Esta cárcel, que antaño fue un convento, nos recibe con su monumental fachada de la iglesia, adornada con columnas retorcidas y flanqueada por dos torres rectangulares. Esa transformación no deja de ser irónica: de su antiguo esplendor a la decadencia. Su interior, me tragará, me incrustará en sus mil celdillas como un inmenso panal, para que cada pedazo de mí se funda en el grupo, la comunidad, la colmena, la jauría, la manada, la piara, la mancha roja, la mancha uniforme de hombres iguales, con las mismas esperanzas, un enjambre humano, un retroceso en la evolución. ¿No saben los carceleros que caminamos hacia el silencio?
Con las manos atadas a la espalda, nos colocan en filas antes de entrar en una vetusta sala donde el llamado Tribunal Militar Nacional, en consejo de guerra sumarísimo, va a juzgar nuestros delitos. ¿Cuál es nuestro castigo: la cadena perpetua, la humillación, el desprecio, la muerte? Veo que el torturador ha envejecido; todos hemos envejecido cada día en los últimos tres años; todos hemos combatido, olvidado y recordado; hemos perdido la inocencia; nos hemos endurecido; somos supervivientes de la tragedia que nos embarga. Me dejan en medio de la sala. Delante de mí tres oficiales del ejército vencedor me acuchillan con sus frías miradas.
– Este tribunal lo sabe todo de ti. Se te acusa de desertor, de ayudar a la rebelión y de ser un rojo, un masón y un comunista. ¿Qué tienes que decir en tu defensa? – Me gritó otro de los miembros del tribunal, que hacía las veces de fiscal.
– Cuando comenzó la guerra, – al momento comprendí que había comenzado con mal pie mis explicaciones y traté de rectificar-, perdón, el glorioso alzamiento nacional, yo estaba de permiso en mi casa.
– Sí, pero tu regimiento estaba en Segovia, en la zona nacional, y en vez de regresar al cuartel te uniste al ejército rojo. ¡Un desertor, eso es lo que eres! Por desertor y por auxilio a la rebelión te condenamos: ¡muerte, muerte, pena de muerte!
Muerte, la muerte resuena en mis oídos. Después de dictar sentencia, el juez emerge de su estrado con una sonrisa misteriosa ahogándose en un río de palabras llenas de sangre, para luego ocultarse en medio de la marea humana de los resentidos y vengadores, de los victoriosos que necesitan resarcirse con los derrotados para justificarse. La sentencia me produce un amargor en la boca que casi me hace vomitar. Intento mantener la serenidad y la compostura. No quiero mostrarme débil.
Caminar con las manos atadas a la espalda es incómodo, te duelen las muñecas, las ataduras se incrustan en tu piel, se entumecen las manos hasta adormecerlas. El carcelero se detiene mecánicamente. La llave gira sin dificultad. Entro en la galería con las manos liberadas. Una espesa capa de hombres cubre la superficie visible, silenciosos, cabizbajos, con leves cuchicheos apenas perceptibles. Al fin diviso un rincón vacío. Me deslizo. El piso está frío. En las deformidades del suelo se ha acumulado agua sucia. Lentamente la penumbra se escapa aterrorizada por la súbita apertura de las retinas. Pienso en ratones, cucarachas, y en todos esos malditos bichos que aparecen en los momentos de abandono y de miserias; con el tiempo acaso sean mis únicos amigos. Serpenteo entre pies, manos, caras, cuellos, dedos, teniendo cuidado de no lastimar a ninguno. Las líneas de la claridad y la oscuridad se proyectan misteriosas sobre los cambiantes ángulos de mi celda. Me acomodo lentamente con movimientos pausados dejando que el tiempo sacuda mi refugio.
Es verano y hace un calor pegajoso, húmedo, que te empapa la camisa de sudor traspasándote la piel. Recapacito. Pienso en cuál ha sido mi delito. Hace tres meses que terminó la guerra. Me encontraba en la última línea defensiva de Valencia. Habíamos resistido varios ataques de tomar nuestras posiciones. Sabíamos que no podíamos resistir mucho tiempo. Esperábamos una feroz ofensiva. Pero ante nuestra sorpresa el frente se estabilizó. Oímos que se estaba librando una gran batalla en el Ebro, y que de su resultado dependería la suerte de la República y el fin de la guerra. Cataluña estaba aislada desde que los nacionales llegaron al mar por Vinaroz. Después de cuatro meses de incertidumbre, un día todo terminó. Todo estaba perdido. Recibimos la noticia con pesar y con la angustia en nuestros corazones. Cataluña había caído. Todavía permanecimos dos meses en pleno invierno en nuestras posiciones. En el mes de marzo llego el fin. Dejamos nuestro armamento abandonado en las trincheras. Fue una desbandada general. Todo el mundo huía. Yo pensaba que no tenía nada que temer. Regresé como mejor pude a mi casa, andando o en los escasos camiones que circulaban por las carreteras. Por el camino nos desprendimos de nuestros distintivos de soldados, rompíamos en cien pedazos las identificaciones. Nadie debía saber nuestra afiliación a cualquier otro partido o sindicato. Sabíamos que si nos descubrían sería un delito castigado, quizás con la muerte. Yo no había hecho nada. Había cumplido con mi deber. Mi familia me recibió con los brazos abiertos. Mi alegría duró poco tiempo. Una mañana llegaron los falangistas al pueblo y ordenaron que nos presentáramos todos los que habíamos sido soldados de los “rojos”. Sin más explicaciones nos encerraron y nos enviaron a Valencia. No creí que por ser un soldado acabaría de reo en la cárcel.
Un latido voluntario me recuerda que no soy un héroe. Me siento mal porque nunca me sentí importante, nunca creí que mi vida importara a alguien. Creía que mi vida era sólo mía, pero ahora comparto mi desesperación con todos estos condenados como yo. A pesar de todo, aún defiendo mi perfil, mi yo, y comienzo a luchar poco a poco contra la rutina. Después, el agotamiento se traduce en sueño, un sueño atroz que se cuelga de los párpados como la soga de un ahorcado; al punto, sólo imágenes aisladas, simultáneas, indiferentes unas de otras, me socorren de una realidad en la que, sobre un río mágico, unas aguas rojas me muestran trozos flotando de una destrucción.
El patio del penal es uno de los claustros del antiguo monasterio, luego supe que se llamaba San Miguel de los Reyes. Se adivinan los arcos ojivales deslustrados y desprovistos de su pasado esplendor después de sus largos años de abandono. Las celdas, el comedor de los monjes y las amplias salas del antiguo hospital, son ahora las celdas de los condenados. Formamos en silencio, un silencio sepulcral sólo roto por el rumor de un viento cálido golpeando pausadamente las ramas de los árboles. Los hombres esperaban, esperamos obedientes como corderos dóciles y obedientes el dictado de la lista de unos nombres que tenían rostro, que desde su anonimato por fin sabemos quiénes son, cómo se llaman. Luego desaparecen para no volver a verlos. Ya no hay gestos desafiantes. En estos momentos pienso que tengo mejor suerte que ellos. Por los que han sido citados no siento nada, mañana puedo ser uno más de la lista y todo terminará. Es inútil resistirse. Los que quedamos en pie intuimos el final: los fusilarán de madrugada en el cercano cuartel de Paterna. Todo pasará lentamente, en unos segundos. El tiempo perderá su secuencia en el terror, pero éste es el terror de los condenados de hoy, los de mañana, los de pasado mañana, y así día tras día hasta terminar con todos nosotros y quedar la lista vacía.
El miedo a la noche es el pánico de los que asesinan y de los que son asesinados. La luna ilumina la sombría oscuridad del rincón donde estoy echado como un perro. Las voces serenas de los presos se enredan en un hermetismo cerrado. Alguien grita: ¡Compañeros, camaradas, viva la República! en una última exhalación. Por esta vez, ese grito le arranca la piel al tiempo y a la máscara de la ignominia. Dialogo con las sombras: “acércate, sombra mía. No te desprendas de mi armazón miserable. Aquí la falta de luz no te permite la ilusión de que se prolongue tu ser en una criatura refleja. Ya que no te puedo ver, debo imaginarte”. He de pensar, y en cierto modo inventar mi propia sombra. Así tendré a quién dirigirme, necesitaré hablarle, oír mi voz extraña. Fantasearé una compañía. Como nuestros guardianes todos estamos condenados. Todos somos presos. Quieren que reconozcamos nuestra culpabilidad para limpiar sus conciencias. Nuestra espera es la del juicio final dirigida hacia un desenlace anunciado. Necesito silencio, divagar sólo un momento sobre mi suerte futura. Fuimos soldados de un ejército perdedor en una guerra fraticida que desgarró nuestros jóvenes corazones, nuestras oportunas esperanzas. Un solo color nos delata ante nuestros captores, nuestros verdugos: el rojo, rojo sangre, rojo carmín, rojo amanecer, rojo violáceo, rojo, rojo, rojo…El miedo, como un pájaro negro, revolotea en el pecho, ciega las mentes, ofusca los pensamientos. Ahora, nadie habla. Nos quedamos lentamente sin recuerdos. Temo olvidar cómo reírme, cómo esbozar siquiera una sonrisa, cómo llorar de alegría ante las cosas más insignificantes: la mirada inocente de un niño, el abrazo amoroso de una mujer, el canto melodioso de los pájaros, el olor penetrante de las rosas en primavera, la caricia de la brisa del mar, el despertar del alba en la mañana. Tendré que aprender de nuevo estas sensaciones. Tendré que adiestrarme en cómo, en dónde, cuándo se ríe la gente que he conocido afuera, porque aquí nadie lo hace. Necesito saber si tengo una mínima opción de sobrevivir, si puedo esperar un mínimo resquicio de esperanza.
La muerte ronda, pienso en el labio herido, en el cuerpo hambriento, y en lo cerca que estoy del desmayo. Temo, como todos, morir fusilado en el paredón. Pero mientras algunos ahuyentan a gritos el horror de la muerte cuando llega el momento, otros, incapaces de gritar o de dejarse llevar por la histeria, prefieren pensar que están lejos del teatro y contemplar la escena desde las butacas y plateas en actitud impasible, mientras el pelotón de fusilamiento, con sus ojos temerosos y severos, la muerte les bordea y acompaña. Las imágenes aparecen y desaparecen en una nebulosa. Los soldados examinan los cerrojos de sus fusiles; ellos están tan asustados como los condenados; otros han formado un amplio círculo alrededor. Imposible escapar. Dos ojos negros miran azorados hacia el paredón. Una sorda descarga. No hay piedad. Una mano gigante, apenas perceptible salta como un demonio encendido y desgarra la carne con sus dedos cerrados, horadando los blandos cuerpos, arrancándoles la vida. La sangre, derramada, manando a borbotones por los pequeños orificios como finos riachuelos, se confunde con la tierra reseca. Un tiro de gracia golpea la cabeza. Es el fin.
¡Cuánto de egolatría hay cuando uno se enfrenta al miedo! ¡Cuántos deseos de autodestrucción y de perversión existen cuando escondes tus represiones! Ahora todo se reduce a un precario esquema de valores. Todo es un disfraz. En el fondo, cobardía y audacia son cuestiones de disfraces. Puedes esgrimir que el valor de la justicia se cobija endeble bajo cualquier teoría política, pero esta simplificación pueril no satisface a las puertas de la muerte. Ellos, los vencedores, los verdugos, buscan su propia legitimidad en tu propia destrucción. Y ahora me pregunto: ¿qué les ha impulsado a este castigo, a este fin destructivo por el sólo hecho de no compartir las mismas ideas? Ninguna ideología compensa con su filosofía el horror de tanta muerte. No hay beneficio futuro en esta suprema decisión de cortar de raíz la esperanza del vencido.
Llevo varias semanas, con sus interminables días, recluido entre estos gruesos muros. Comienzo a sentir la fatigosa maquinaria de la adaptación. Mis ojos han dejado de sorprenderse; esquivo los obstáculos con facilidad. Mi territorio se va encogiendo. Cada día, el cielo y el infierno están juntos como dos hermanos bien avenidos. Son dos aspectos del mismo fenómeno, dos extremos distantes de la misma cuerda. Todo se va mezclando en un crisol sin fondo, el futuro con el presente, el pasado no cuenta. La nitidez de las ideas comienza a escabullirse como un ladrón perseguido por los secretos más recónditos. Mientras otros han desaparecido yo soy un superviviente. La calma de hoy será, en el vasto mañana, germen de penosas y renovadas interrogaciones. Ahora, construyo y analizo lo sucedido, colocándome en la tesitura de espectador privilegiado.
En ocasiones no previstas aparece una nueva carga humana sustituyendo a los que han partido. Algunos llegan al patio casi a rastras con el torso pálido, rostro barbudo, miembros esqueléticos, ojos mimbrados, frente flanqueada por oscuros hematomas, goterones de sangre seca convertidas en polvo gris, ropas raídas con orín, excrementos y olor a manzanas podridas. Caminan delante de nosotros con paso inseguro, titubeante, y con la mirada fija a un punto indeterminado de nuestro reducido espacio. El silencio estrangula los sonidos menos el de los pies fatigados que arañan y arrastran las piedras trabajosamente. Habíamos perdido la costumbre de la compasión, viéramos lo que viéramos, ya fuera caras tumefactas, espaldas curvadas o piernas como colgajos de trapo mal cosido, ya nada nos sorprende.
Del hombre sólo me queda la resistencia, la firme voluntad para negarme. No soy ni un héroe ni un cobarde, pero la realidad me muestra su abandono entregada a una esfera mortal. Mi corazón apenas sabe del dolor anónimo que ahoga este principio de muerte, y que mira en mi interior en un hondo abismo que parece que no aguantará la tensión del paso del tiempo. No creo en los milagros, pero lucho para que no me arrastren las tinieblas. Las lágrimas calladas cogen mis mejillas por sorpresa. No me queda otro recurso que mi hermetismo, ese llamar a mi precaria existencia, de esperar cada mañana a que pronuncien mi nombre. Necesito la luz y la esperanza, y tantas cosas innombrables y sencillas que reflexiono sobre el sufrimiento sin volverle la espalda. Deseo encontrar mi infancia en un sueño sin perderla, girar en torno a mí y encontrar la vida como un regalo de cumpleaños; con mis manos callosas le daría una caricia torpe, la tocaría con mi palabra cálida, la miraría con los ojos brillantes que algún día volveré a tener. Busco mi hado, mi sino, mi estrella favorable que recomponga los pedazos de mi espíritu. Estoy solo, y a mi alrededor hay la sombra de un hombre. He de pensar, y en cierto modo inventar mi propia existencia. Si lo intento tengo a quién dirigirme, a quién hablar, a dónde dirigir mi voz ya extraña.
Cualquier obsesión de rebeldía es un acto suicida. No he de perder la compostura. He de decir sí a todo lo que me pidan. Luego siempre tendré tiempo de arrepentirme y de curar mis heridas. Quizás mañana acaben con mi vida o caeré reventado a palos o muerto de hambre o de agotamiento. No he de dejar que nada aplaste mi instinto de salvación. Nunca he sentido la soledad ni siquiera en los puestos avanzados de centinela esperando el ataque de un enemigo que tenía el mismo miedo que yo. ¡Quiero vivir! ¡Quiero la libertad! ¡Quiero tener el mundo a mis pies!
Hoy es un día triste y gris. La tarde raía el cielo, acotado por los ventanales enrejados. La lluvia que cayó hace unas horas ha dejado un cúmulo de hojas mojadas con los embates de aire que penetran a través de los barrotes de las ventanas. No me siento optimista. Son muchos, quizás demasiados, los compañeros que nos han abandonado. Hay un continuo fluir de nuevos presos. Compartimos los secretos en los escasos momentos en que nos dejan libres de nuestro encierro. Ellos nos informan de lo que pasa en el exterior. Las detenciones, las ejecuciones y las desapariciones no cesan. Algunos, por miedo a las represalias, están escondidos, y los más afortunados pudieron pasar la frontera francesa cruzando los Pirineos en los últimos momentos o escapar desde el puerto de Alicante a Orán en una huida patética, esperando los barcos de transporte que nunca llegaron. Otros, se han echado al monte para organizarse y continuar la lucha por la República a la que no dan por vencida. Asistimos a estas afirmaciones con la incredulidad. El mundo, nuestro mundo, los tenemos centrado dentro de los muros del penal, fuera es un universo distinto del que desde hacía meses no tenemos noticias ni siquiera de nuestros familiares. Nos angustiaba pensar que no supieran que estábamos allí encerrados esperando un desenlace fatal, que habíamos desparecido entre la nada como si nunca hubiéramos existido. ¿Quién nos recordará en lo que fuimos y en lo que somos? ¿Quién perpetuará nuestra memoria?
Sigue lloviendo, siguen siendo tristes los días, siguen los nombres de las listas atormentándome cada mañana sabiendo que son los condenados a muerte. La mayoría de los invocados aceptan el reto con el gesto compungido, disimulando el espanto que les producía la noticia; otros contienen la rabia. No puedo hacer nada por ellos, sino despedirme en silencio con la mirada atormentada. ¡Adiós camaradas, salud! En contadas ocasiones hay días en calma donde la lista se detiene y el silencio parece recobrar su significado. Pero la calma de hoy, todos los sabemos, será, en el vasto mañana, germen de penosas y renovadas interrogaciones. Reconstruyo y analizo el paso de los días, los sucesos cotidianos, colocándome en la tesitura de espectador privilegiado, casi exclusivo. No puedo entender la demora. Pienso que quieren debilitarme, desarmarme, acercarme hacia la locura, con esta falsa tregua.
Una mañana, mi nombre, sólo mi nombre, rompió el silencio de la celda mientras nos preparábamos para salir al patio en el rutinario control. “Preséntese ante el tribunal”. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. No pude contener las lágrimas. Pensé: es el día, el fin ha llegado. Dos guardianes me escoltaron hasta la sala donde meses atrás había sido condenado a muerte por desertor. Durante este tiempo no acertaba a comprender porqué la sentencia no había sido aun cumplida. ¿Se habían olvidado de mí? ¿Habían extraviado mi expediente? Me aterraba la idea de permanecer en aquel lugar indefinidamente sin que nadie, incluso mis carceleros, sepan que existo. Esta vez era sólo un militar el que me recibía.
– Hemos recibido informes de su pueblo, de sus familiares, del cura, del alcalde, y hasta de Falangistas, que avalan su buena conducta, que es un buen cristiano, que nunca se ha metido en política y que fue obligado a incorporarse al ejército rojo en contra de su voluntad. Personalmente no creo en la redención. Para mí sigue siendo un desertor. El tribunal, después de estudiar y verificar todos los documentos, ha decidido, con la benevolencia del Generalísimo conmutar la pena de muerte por la de treinta años de reclusión, debiendo pasar los próximos cinco años en un batallón disciplinario del ejército para cumplir su servicio militar inacabado. Después pasará a una cárcel en régimen de trabajos forzados hasta el fin de su condena. Así lo manda y firma su Excelencia.- Hizo un silencio mientras repasaba una y otra vez los folios y cuartillas extendidos sobre la mesa-. Me deber es informarle de su nueva situación. Partirá inmediatamente a su destino.
No puedo contener mi alegría. No creía que mientras estaba encerrado, cuando pensaba que todos me habían abandonado, personas amigas, mis seres queridos, estaban dando su vida por mí sin temor a las represalias. Su valentía, por el riesgo que corrían al interceder por un condenado, me conmovía y emocionaba. La muerte ya no me rondaría, y aunque tengo que permanecer en prisión, había salvado la vida.
Al abandonar el penal tuve la sensación de haber envejecido prematuramente. Había estado un año haciendo el servicio militar y tres como soldado del ejército republicano. Mi condena se redujo a tres años en un batallón disciplinario en Marruecos, cinco de trabajos forzados en las obras del mausoleo del Valle de los Caídos y los dos en el penal de Ocaña. Cuando al fin saboreé la libertad habían pasado más de 10 años. Tenía 36 años y había perdido mi juventud o, más bien, me la habían robado. Pude rehacer mi vida, pero la amargura, y el recuerdo de esos meses en la prisión esperando la muerte, siempre estarán presentes en mi memoria. Años después visité el lugar donde estaban enterrados mis camaradas, con los que había compartido mi encierro durante días, semanas o meses. Tienen nombre, rostro, familia, amigos, honores. Ellos son la memoria perdida, ahora recobrada, de nuestra historia.
© Manuel Giménez González 2013 ver currículum »