Verónica Victoria Romero Reyes

Escritos • Verónica Victoria Romero Reyes

 

DE IDA Y VUELTA

Consternada aún podía ver entre las sábanas grises a quien acababa de hacerle entrega de su cuerpo, su alma y sus intenciones de vivir. Retiró el juguetón pelo que le tapaba la frente, besó la piel con infinita ternura y se levantó evitando hacer cualquier ruido que pudiera entorpecer el sueño de quien dormía a su lado. Las cuatro de la madrugada es una hora más que adecuada para pensar. Además, el insomnio no es tan enfermizo si se tiene a quien mirar.

Hacía semanas que estaba convencida de que aquello no era un sueño. Incluso sentía miedo. Miedo a un compromiso que ella quería pero que no lograba atisbar en la mirada de quien enredaba sus piernas en su cintura. Parecía que las baterías de respuestas que encontraba a sus dudas eran, sencillamente, las resoluciones que ella quería escuchar. Sin más ni menos. No había discusiones, puntos contrarios o dialécticas enfrentadas.

Todo era, inexplicablemente, perfecto.

Dirigió sus pasos a la cocina para hacerse un café y buscó entre los artículos de la mesa su paquete de tabaco. Mientras esperaba que la cafetera borboteara el denso y negro líquido que la sacaría del sopor para llevarla al plano correcto de la realidad, encontró un fantasma recostado en el sofá, plácidamente, esperándola.

• ¡Ah! Buenos días…
• ¿Qué tal? ¿Intentando vivir?, arguyó.
• Sí, intentamos… ¿No te habías ido?
• ¿Crees que enamorarte hará que me vaya?
• Bueno, confiesa que durante estas semanas has estado atormentando otras mentes…
• Por dejarte hacer, por dejarte hacer…

Se encendió un primer cigarro. La primera calada le supo a amargura y a nostalgia. Le trajo a la lengua el sabor de entierros, de ausencias, de conspiraciones ilógicas y de ardides ajenos ya casi olvidados. No dejaba de observar al fantasma. Tenía fija la sonrisa en ella y la miraba con curiosidad. Buscaba un diálogo al que ella no quería hacer frente pero que sabía, irrenunciable.

• ¿Y? ¿Vienes a advertirme, regañarme, hablarme de otras cosas o simplemente a decirme que me aparte porque mi destino es estar sola?, preguntó rápidamente mientras sorbía un poco de café.

• No, vengo a recordarte quién eres. Por cierto, estás cambiada. Te noto mejor que la última vez que te visité.

El silencio se hizo grito en el salón. Ella esbozó una media sonrisa y dejó que la conversación la iniciara de nuevo su perfecto amigo de conciencia.

• ¿Renunciarías a todo por amor?
• Depende…- dejó la taza en la mesa-, ¿Qué entiendes tú por amor?
• Tú sabrás. ¿Piensas que amar implica necesariamente que el objeto amado te necesite en la misma medida? El amor es harto complejo y sofisticado. Es infrecuente que dos seres humanos se amen en la misma medida.

Encendió otro cigarro mientras la Duda se apoderaba de su cuerpo arrimándole una taquicardia esporádica. Se afanó en disimular el temblor en la voz.

• No creo que me esté equivocando esta vez. Estoy muy segura de a quien quiero entregarle la vida. Sabes que no me gustan los amores fugaces y sabes que la razón impera en mis juicios de valor.
• ¿No me dijiste eso antes? - preguntó con los ojos muy abiertos.
• ¿Cuándo?

• Cuando excusaste tu partida en ese mismo argumento. Te fuiste. Recuérdalo. Todos los que te quisieron te dijeron que era el gran error de tu vida. Y te dio lo mismo. Seguiste el corazón. ¿Aún no comprendes que no sientes como el resto de las personas?
• Entiendo que puedo sentir más de lo debido. Pero también sé que ni es pasajero ni lo había sentido nunca. Apareció de repente y llenó todo mi ser, me hizo libre y sana mis heridas. Me transporta, me hace sentir mejor persona y mejor mujer. Llena el espacio turbio de los recuerdos pesarosos y me hace crecer.
• Qué pedante has sido siempre… Hay cosas que nunca cambiarán.

Saca de la gabardina una caja negra, cuadrada, brillante. Ella acierta a leer sus iniciales en la parte superior. Llega a sorprenderse, incluso. Él la deposita con cuidado sobre la mesa donde ahora tiene recostadas las etéreas piernas.

Está inmóvil, petrificada. Mira la caja intentando descubrir el contenido. Puede ser un regalo. Puede ser otro sucio truco de su amigo. Puede incluso ser la semilla de la Duda. Pueden ser las preguntas y las respuestas que no quiere darse ahora, en este momento.

Se miran unos segundos. Ella baja la mirada, abochornada.

Recuerda en un instante eterno, aquel poema que compuso hace ahora unos meses.

Utrimque roditur.

Son como ratoncillos que vienen y van.
Molestan, traban tus pisadas, olisquean tus dedos, corren, roen, incluso trepan. Luego se esconden.

Son como carcoma.
Termitas hambrientas de alma y ganas. Mordisquean desde dentro. No puede verse apenas sangre. Se esconden también.

Son algo parecido al moho.
Aparecen casualmente y van expandiéndose a roales, proporcional y rápidamente. Nadie se preocupa cuando aparece. Una mano de pintura arregla el problema visual. Queda escondido, pues.

¡Sanguijuelas!
Horadan tu piel, hincan la punzada, se apoderan del cauce. Y succionan. Chupan hasta morir ahítas. Después se desprenden. Desaparecen. Se esconden.

Son tus fantasmas.
Escondidos a ojos ajenos.

Acerca la caja hasta ella en un grácil sorteo de sus dedos afables y resignados. Resbala sigilosa, imperceptible el movimiento desplazado. En un gesto la conmina a abrirla. Ella duda, con sorpresa en el rictus de su rostro. Mira fijamente la caja. No la toca, no quiere abrirla.

• Ha llegado el momento. Y debes abrirla. No puedo tenerla yo.
• No sé qué hay dentro. Y no me gustan las sorpresas. Ni las buenas ni las malas. Soy animal de rutina.
• Si eres animal de rutina, ¿cómo has consentido este encuentro que te enciende, te apaga, te ilumina y te aleja de tantos que hicimos un refugio seguro para ti?
• Vino. Solamente vino… No pude hacer nada por frenarlo.
• Tú no sabes nada del amor, ni de sus maneras y formas. El amor universal que tú proclamas, que rige tu acción diaria y te procura el altar inventado en el que vives no tiene nada que ver con entregarle la vida a una persona. No sabes. Y ése es tu miedo.
• Puedo intentarlo, ¿no? Nadie nace aprendido.
• ¿Me das un cigarro?
• Jajaja, tú no puedes fumar… Eres un invento de mi imaginación.
• ¿Estás segura de eso?

Toma un cigarro y lo lleva a la comisura de sus labios en un ademán sosegado y experto. No lo enciende. Sólo lo apoya en el labio inferior.

• Abre la caja. No esperes más. Recuerda entregarlo sano. Yo tengo que irme.

Cuidadosamente levanta el regalo de la mesa y lo lleva hasta su regazo. Pasa las yemas de sus dedos por la inscripción. Sí, son sus iniciales. Apresa la tapa entre sus dedos y fuerza la bisagra. Algo, dentro, comienza a moverse con un suave tintineo rítmico.

• Ahora es tuyo. Te pertenece de nuevo. Cuídate.

Sin darle tiempo a responder, desaparece.

De nuevo, sola. Mira hacia dentro.

Un corazón. Su corazón.

Se estremece ante la pronta idea de tener que tocarlo. Lo observa con curiosidad y detenidamente. Advierte la existencia de unos alfileres rasgando la superficie roja. Se pregunta si debe sacarlos uno a uno. Si ésa será la trampa. Ya no tiene a su interlocutor para despejar esa incógnita.

“Recuerda entregarlo sano”.

Mientras repite esa frase en su cabeza, se dirige a la puerta del dormitorio. Allí está. El sueño envuelve su cuerpo y su alma. Su cabeza, oculta bajo las sábanas. Duerme. Duerme y respira. “No hay mayor confianza que dormir delante de otra persona”, se dice. Entorna la puerta y se dirige de nuevo al salón. Toma la caja, que late tímidamente. La abre de nuevo.

• Tengo que entregarlo sano - musita…

Introduce sus dedos en la caja y alcanza un primer alfiler. Lo extrae con sumo cuidado. Una oleada de sensaciones y recuerdos sacude violentamente todo su cuerpo.

Está llorando. Maldice al destino, a la vida y a quienes permitieron el sufrimiento ajeno. Se culpa de esa ausencia. Ella debía haber estado aquí. Reza continuamente. Llora, reza. El alimento no entra en su cuerpo más que para salir con prontitud y sin digestión posible. ¿Cómo hacerla grande en sus cantares si no estará para verlo? Culpa. Culpa es el sentimiento. Podría haber evitado aquella muerte. Su presencia habría bastado. Es consciente. Una madre no se puede ir sin decir adiós.
Despierta bruscamente de la ensoñación. El alfiler, limpio a pesar de haber estado incrustado durante años en un músculo, brilla pulido, impoluto y sin mácula.

Decide dejar el alfiler en el cenicero. Mira dentro de sí buscando el recuerdo de su madre. Aparece ahora desnudo, tranquilo, reparado y conciliador. Se sorprende. No hay culpa. Ve cómo aparece una silueta a través del pasillo. Reconoce el verde estanque en la mirada.

• Hola mamá…
Hola mi niña…
Te quiero.
Yo siempre estoy contigo. Y no dije “adiós” porque jamás me he separado de ti. Sigue andando, sigue batiendo la adversidad. Ama y déjate amar.

Un misterioso beso se asienta en su sien izquierda. Una brizna de aire fresco golpea con sutileza su flequillo largo y despeinado.

Observa el corazón. Pareciera un ritmo más vivo y natural. Un acercamiento primerizo a un nuevo compás.

Descubre un segundo alfiler. Intenta sacarlo con la misma destreza aprendida hace unos minutos. “Es difícil”, piensa.

Con el segundo alfiler en la mano, espera la llegada de la nueva llaga. Ésta vez suena su teléfono. No deja el alfiler. Recibe la llamada.

• ¡Hola! Sólo quería saber cómo estabas. Si estáis bien… Y perdona la hora intempestiva. Noté que podía estar pasando algo…
Sí, todo muy bien… ¿No duermes? - siempre le reconforta oír la voz de su hermano a través del teléfono.
Bueno, ya sabes que poco y mal, como tú… ¿Cuándo vuelves?
La semana que viene.
Te echo de menos…
Y yo a ti.
¡No te olvides de que te quiero!
• Tú tampoco…

Cuelga el aparato.

El alfiler ahora está limpio. El amor incondicional y la lealtad. Lo deja en el cenicero.

El corazón parece activarse por momentos. Cierra la tapa.

Decide parar unos minutos. Enciende un cigarro, vuelve a asomarse al dormitorio y se pregunta si el sonido del teléfono habrá despertado a quien ahora se ha convertido en algo más que su alma. No. Duerme. Profundamente.

Decide ducharse. El agua tibia reconforta su piel fría. Sonríe. Se atreve a tararear una canción mientras enjabona sus brazos.

La madrugada es larga. Tiene muchas cosas que hacer cuando el alba llame a la ventana.
Seca su cuerpo. Ha pensado, bajo el agua, dejar de fumar. Así puede garantizarse más años de vida. Junto a quienes quiere.

Se viste con lo primero que encuentra a su paso.

“Tengo que entregarlo sano”, se repite.

Vuelve a tomar su caja y contempla tres alfileres más. Extrae el tercero. No sucede nada. Enciende el televisor mientras sostiene el metal entre su índice y pulgar.

Nuevo avance en la investigación contra el cáncer óseo. Si bien no para el desarrollo de la enfermedad, sí puede ralentizarlo garantizando años de bienestar al paciente. Detiene la reproducción indiscriminada de metástasis y reduce en un 75% los dolores tumorales de los pacientes.

• Hola …

Ahora debe girarse para dar rostro a quien le habla. No puede reconocer la voz.

• Papá, ¿puedes hablar?
Claro, pequeña, la laringuectomía era sólo corporal. Mírame, ya no tengo bultitos ni en la espalda ni en la cadera. ¿A qué estoy guapetón?
Muy guapetón… Estabas guapo de todas formas.
Sólo vengo a decirte que no se pudo hacer más. Y que ahora puedo correr, moverme, hablar… Que estoy bien, muy bien.
Si hubiera sido científica podría haberte salvado…
Ya lo hicisteis. Tú y tu hermano. Os quiero.

Deposita el tercer alfiler en el mismo lugar donde yacen, brillantes, los dos anteriores. La impotencia muere en el cenicero.

Recuerda la voz de su padre. Privado de ella, tuvieron que aprender a leer sus labios. Demasiada cruz para una persona inquieta, nerviosa, parlanchina y en demasía sociable. Trabajador incansable, amante de la vida y maestro de maestros. Amaestró a la Fatal, la toreó, la engañó durante meses.

Ahora le parece respirar el perfume de su padre. Sin duda, ha estado allí, junto a ella.

Quedan dos alfileres.

Éste es más pequeño. Parece de un metal distinto. Pero es más pesado y grueso. Lo mira, ensangrentado. Mientras lo pasea entre sus dedos, se le resbala y cae en un descuido, al suelo. Cuando se agacha a recogerlo, se topa con unos pies descalzos.

Alza la vista con nerviosismo, intentando dar nombre a la figura que se muestra ante ella. Aun consciente de que es una forma humana, concluye que no es la esencia misma de un mortal.

• No te afanes en buscarme una explicación.
• ¿No?
• No. Soy un espíritu maltrecho. Tu alma rota.
• ¿Rota?
• Te dejo libre. Nunca te amaron y debes saberlo. Yo lo supe desde el principio. Tú no quisiste ver. Pero me voy. Alguien te quiere y no hay sitio para mí. Olvida lo anterior.
No vivas recordando, no camines con mochilas que ya te son ajenas. No enjuicies el pasado de nadie ni cuestiones las conductas. Siente. Vive cada momento como si fuera el último. No trabes tu discurrir con dudas innecesarias.
No sé si podré evitarlo. Son ráfagas. No puedo despojarme de un sentimiento con facilidad. ¿Cómo lo puedo hacer?
El silencio te dará todas las respuestas. Yo tengo que irme. Alguien reclama el cetro de tu vida. Y yo nunca fui heredero a ese trono.

El desamor y la traición. Deposita el alfiler junto a los otros. Es totalmente distinto a los demás. Ahora, limpio, le parece el menos brillante. Enjuto y grueso. El corazón bombea con suma facilidad, con una armonía inusitada y libre. Diáfana.

Recuerda aquél cuento de Khalil Gibrán que tanto le gusta.

Dijo una ostra a otra ostra vecina:

Siento un gran dolor dentro de mí. Es pesado y redondo y me lastima.

Y la otra ostra replicó con arrogante complacencia:

• Alabados sean los cielos y el mar. Yo no siento dolor dentro de mí. Me siento bien e intacta por dentro y por fuera.

En ese momento, un cangrejo que por allí pasaba escuchó a las dos ostras, y dijo a la que estaba bien por dentro y por fuera:

Sí, te sientes bien e intacta; mas él dolor que soporta tu vecina es una perla de inigualable belleza.

Sonríe para sí misma. La mañana empieza a perfilarse a través de las ventanas. Pronto tendrá que marcharse. Sólo queda un alfiler.

Tiene que darse prisa. Pronto sonará el despertador.

Desprende la línea metalizada.

El miedo aparece.

• No sé amar.
• No importa. Contigo todo es nuevo. Yo olvido todo lo anterior.
• ¿Podré darte lo que necesitas?
• Sí, seguro que sí. ¿Podré yo?
• Sí. Sólo quiero estar contigo.
• Pues no tengas dudas. Quiéreme. No quiero que pienses en mi pasado ni que te compares. Porque eso no es bueno para construir nuestra vida.
• ¿Quieres casarte conmigo?
• Sí.

El alfiler de las rumiaciones, de la duda y del temor a perder lo que se ama. Al cenicero.

El corazón bombea descubierto, sano. Vivo.

Se viste rápidamente. Deja un beso sobre los labios de quien ya despierta suavemente.

Camino a la calle descubre que sus pies son más ágiles, sus manos más generosas y su sonrisa más amplia y menos fingida.

Reconoce una mujer nueva en sus facciones y su andar. Traba su paseo en una proyección de futuro. Oye canciones, ve una familia, una casa, hijos. Un sueño de acuarela con nombre propio y compartido.

Coge su móvil para mandar un mensaje a quien, sabe a ciencia cierta, será cómplice de su vida. Se distrae sin darse cuenta. La dicha la embriaga. “Todo va a salir muy bien”, piensa.

El choque es directo, frontal. Estruendoso y rápido. Ella no ve el vehículo. El conductor del vehículo no la ve a ella. Causalidad nefasta. Casualidad funesta.

Cuando llega la ambulancia sólo puede constatar lo evidente. Traumatismo craneoencefálico, múltiples heridas inciso-contusas y hemorragia interna.

Sólo queda certificar la defunción.

Se recibe un mensaje en el móvil. Al lado, observa una caja con las iniciales de ella.

Coge el móvil y lee.

Abre la caja y sonríe.

“Te quiero” fueron las últimas palabras que escribió.

“Se lo entregué sano” fue el último pensamiento que cruzó su cabeza.

FIN.

© De ida y vuelta
Verónica Victoria Romero Reyes. VVRR

LATIR POR AMOR. MORIR EN ÉL

Amanece de nuevo. La ciudad que la acoge se muestra muy distinta a aquélla que abandonó hace ahora dos meses. Al principio cualquier resquicio de vida humana le parecía totalmente atípico y embriagadoramente convincente. Ella, presa consciente del cancerbero Amor, había decidido sin contemplaciones ningunas, un cambio de residencia. Movida por latires (que no latidos) viscerales, se había lanzado al precipicio de lo inexplicable y lo incoherente cuando escuchó:

- “Nunca me dejes, no te vayas nunca”.

Así fue la decisión. Cogió lo poco y justo que entraba en una maleta de dimensiones regulares y se fue, a su lado. Tampoco le pesaba. Sabía distinguir el amor de otro tipo de sentimientos que suelen ir ligados a éste. Y estaba firmemente convencida de que el paso dado era el correcto. “Una vida no podrá bastarme a su lado”.

El cambio de residencia suponía un empleo nuevo, hacer amistades, conocidos en su caso, y aprender nuevas experiencias en el contexto de otros entes.

Eso sí complacía su curiosidad. Extasiarse en la vivencia ajena. Observar los gestos que distinguen a los seres humanos entre sí. Deducir, a través de una conversación que mantienen dos individuos, cómo es el carácter de cada uno de ellos y poder detallar en su cabeza a qué corresponden según qué actos.

Acostumbraba a rendir su cuerpo antes de que la noche llegara para procurarse un sueño prematuro que, en múltiples ocasiones, debía ser incitado por una específica medicación que tomaba desde hacía unos meses para su insomnio crónico. Los días que se encontraba ociosa engañaba la cabeza con mil y una invenciones distintas para aventajarle el paso al tiempo. Acortar minutos a las horas y horas a los días era una empresa indispensable en su quehacer. Podría decirse, en cierto modo, que el asueto le parecía una mochila pesada e injustificada. Muy incómoda de acarrear.

Durante las primeras semanas se afanó en la búsqueda de un quehacer. Sembró con su currículo todas las empresas que pertenecían al ramo de su especialización. Al mes, estaba desalentada, triste y cabizbaja. Pronto empezó a dejar caer su documentación laboral en lugares donde la preparación no es necesaria.

Sabía que esta decisión podía doler a algunas personas pero ella estaba decidida a no volver a la tierra que la vio nacer.

Porque estaba enamorada. Y, a fin de cuentas, el amor aparece una vez en toda la vida. Y ella supo reconocerlo cuando lo tuvo delante.

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“Es la duda lo que me hace retreparme. Es la duda en ti lo que me aleja del horizonte que vemos claro. Ahora sí, ahora no. Por las mañanas tenemos el rumbo, vespertinamente me informas de que el deseo es otro.

Podría darte todo y más. Pero no sé qué quieres exactamente. Y me confundes, me confundo. Me aturdo y no encuentro respuestas. Porque las preguntas que callas no quieren obtener respuestas.

Y yo no puedo darlas si pienso que limitas el uso del lenguaje al patrón de mi complacencia. Puedo esperar, puedo estar aquí, a tu lado, el tiempo que necesites, el que te haga falta, el que justifiques mientras intentas dar sentido a todo lo que nos viene sucediendo.

Puedo incluso matar las horas con una espera que me calcina el entendimiento.

Si es por ti, sí”.

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“Y aparece el fantasma del pasado.

- El tuyo es largo, es extenso, ¿Qué puedo yo darte?
- Para mí todo es nuevo.
- … Umm

Y no es nuevo. Una gacela no puede enseñar a una pantera a desentripar a un mamífero cualquiera. Ni un peral alcanzará jamás la robustez de un olmo. Y entra el deseo en juego.

Me miras, te observo, enciendes las pupilas, tus mejillas se acaloran mostrando el sonrojo de la pasión y tus labios se van acercando a los míos. Noto el pulso acelerado y el ritmo de mi sexo que se violenta conforme tus labios entreabren los míos con la lengua temblorosa y experta. Y cedo a ti.

Destemplada y ridícula como una adolescente que jamás dejó entrar a nadie en ningún recoveco. Cedo y mis manos detallan con minuciosidad extrema cada ínfima parte de tu piel externa. No puedo filtrar mis dedos a través de esa capa de carne que me separa de tu alma.

Y yo quiero apresar tu alma. El cuerpo no lo quiero. Yo quiero ser la primera que alcance lo que otras manos nunca pudieron tocar, ni besar, ni acariciar, ni beber.

Un solo instante, un solo gesto o un ademán explícito de tu rostro o tus manos pueden desencadenar en mí toda una serie violenta de sensaciones. Y me las muerdo en la boca del estómago por no apresar tu cuerpo entero y mío en las garras de mi melancolía.

Una melancolía abatida y celada.

Protegida.

Velada y cuidada desde un primer momento.

Te doy la vida, las manos, el esfuerzo y el futuro. Pero no me pidas la melancolía. Porque tan sólo mía es donde alcanza su plenitud como sombra que me nutre.

Y si me entregué completamente, mandando mis principios regios al mausoleo del olvido, es cosa mía. Sé que lo hice por amor. Y es indiferente a mi juicio cualquier otra razón. Porque, mi bendición, razón eres tú en su fin y medio mismos.

Y no atiende el sordo a ruegos gritados ni el ciego a colores en el Cielo.

¿Puede la noche en su letargo de oscuridad vencer la aurora y perpetuarse como manto para los mortales, los inmortales y tanta vida que puede acoger el Universo en sí y para sí mismo?

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La añoranza es el recuerdo que le viene en cuerda consistente a la cabeza.

Son olores, colores y sabores que no puede encontrar en su nuevo habitáculo abierto de ciudad agitada. Puede ensoñarse al cabo del día en un sinfín de situaciones y abstraerse en sus meditaciones y sus proyecciones de futuro.

Está segura de que su buena suerte viene propiciada por una mano distinguida, elegante y recta de saber que entró en su vida de manera inesperada. En ciertas ocasiones, las justas, pocas, quiere creer que la suerte es el resultado de haber alejado de su camino a una persona que sólo ejercía control sobre ella y cortaba sus alas en todos los estadios evolutivos de su ser.

Ahora, en cambio, se ilumina el pasillo de las oscuridades y los sueños por cumplir y entiende que el grillete que la retenía era una cadena que ella misma se impuso un día cansado de mes primaveral hace ya años. ¿También por amor?
Pasear le recuerda sus calles. Y quiere ver en cada rostro cada día alguna facción reconocible. La sonrisa ufana de quien te sabe hermano. El Sur.

¡Son tantas las diferencias que reflejan las personas dependiendo de su ciudad de origen!

Su tierra tiene el extraño embrujo de calles angostas y adoquinadas, tradicionales, árabes. Aljibes y monumentales fuentes donde el borboteo del agua es la mejor de las músicas al pasar. La gente, esa turba anónima tan amiga de gesto, tan conocida y tan familiar, escasea en el Norte. Porque no saben de su existencia pasada. Y eso, aún siendo ventaja, le hace sentir “paria de alma y suerte”.

Dos ciudades enigmáticas pero enemigas.

La una, hermana de la tradición. La otra, madre de lo urbanita.

Y en ambas, el mismo corazón. Uno, solitario, que intenta alcanzar el pleonasmo último en un nombre con apócope.

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- ¿Nos casamos?
- Sí.
- ¿Cuándo?
- No sé.

Tienes el miedo de no saber. La incertidumbre errada de creer que me iré. Pero no lo haré. No sé explicar el por qué ni el cómo ni el cuándo. Sólo sé que nací para estar en ti. Es precipitado y lo sé.

Puede que se vea la locura en nuestros actos. Pero es muy cuerda la mano que apresa la otra. Es un misterio el porqué de tus retinas tatuadas en mi nuca. Es un sacramento abrazarte y notar el tic-tac de mi corazón en la siniestra del pecho y el tic-tic-tac del tuyo en mi diestra.

Porque, ¿tú has llegado a sentir dos corazones latiendo en el mismo pecho? Yo sí.

El tuyo golpeaba mi caja torácica haciendo bombear el mío.

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Alguien podría pensar que todo es rápido. Pero ella sabe que el tiempo mata.

La premisa de “tenéis todo el tiempo del mundo” es falsa, despiadada y perezosa. Y no es argumento suficiente para hacer un alto en el camino y pararse a remojarse la frente en un manantial de prosperidad ermitaña. “Sola se camina más rápido”. Mira sus piernas. “Sí, son largas. Caminan deprisa, son eficaces para el caso”. La tendencia convencional a la garantía antes que al riesgo le parece algo obsoleto e inmaduro. Cuando ya encuentras en la tienda el artículo que deseas, ¿sigues buscando en el mismo sitio? ¿Y en otro? No. La respuesta es no.

Lo más fácil a ojos ajenos es cada cual en su tierra y a esperar la oportunidad. Pero eso es tiempo. Y es distancia.

Y en ambos casos, es pérdida.

Y ella, en su despiste continuo que se percata de cada detalle, es consciente de este hecho.

Por eso nada le sobra, nada le basta. Nada la hiere, nada la sana. Nada sacia su hambre, nada provoca su sed. No tiene pasado, ni presente ni futuro. Porque olvida, rehace y proyecta. Y, en desmanes austeros, el Destino, acongoja su espíritu y la devuelve a su endeblez de papiro viejo y quemado que nada tiene que ofrecer.

Pero se levanta.

Porque, en su imperfección perfecta, se sabe beso de buenas noches.

Y se sabe alma amada, amante y cómplice de una hebra compartida.

© Latir por amor. Morir en él
Verónica Victoria Romero Reyes. VVRR

XL: MÁS AMO

Y un día conocí a alguien que supo
encaminar el curso de las emociones
que por la sangre de mis venas fluía...

Y decidí entregarme a ese espíritu
herido de vida que en el fondo
era la mitad del alma mía...

Y juré proteger esa imagen de ternura
y el común reflejo de melancolía
que, con su sonrisa de amargura,
tras sus infantiles ojos escondía...

Y pensé, ¿Qué mejor compañía
que su mirada, sus palabras
y sus manos como guía
para cruzar, quebrándonos el alma,
este tenebroso y negro océano que
algunos ignorantes llaman vida?

Y aún pensé, ¿Cómo pueden
dos corazones latir al mismo son?
¿Por qué pueden nuestras dos almas
crear una única e idéntica emoción?

© “Sin alas”. 1997
Verónica Victoria Romero Reyes.VVRR

XXXI: FORTALEZA

Execrable escupes
tu crimen
con obstinado estupor
de tumefactas voces,
coágulos ardiendo en
la hoguera
de tu propia
sangre.

Saja mi dolor.

Y mastica ahora
la caterva
de tumores
que este cuerpo padece.

Moribundo meditar
de discapacitado pensamiento700
mis amaneceres despiertan.

No te demores.

Has tardado.

Nada puedes hacer ya
por este
cuerpo inerte que
deja desvanecerse
el último aliento
que lo mantiene
en pie.

© Ahora llora. “Sin alas”- 1998
Verónica Victoria Romero Reyes. VVRR

III VÍCTIMAS

Víctimas en el abismo
saltan entre los insultos
intolerantes. ¡Es mismo
nicho ya de santos cultos
donde alma, muerta, ensimismo!

Y me rendiré yo pronto,
llanto no consentiré.
Al sollozo me remonto,
excusa yo esgrimiré.

Que Dios perdone la falta
que consciente yo cometo
y que prepare el camino
ante los pasos que doy,
que ya ni el Cielo me guarda
ni el hado triste me vela
y ya sólo, pobre, en el alma,
el respirar fúnebre de mi pena.

© De "Magma”
Verónica Victoria Romero Reyes. VVRR

XIII HECATOMBE

Égira trágica en duelo
magnánimo descubro.

Entra, arde en miedo,
vuela y olvida.

Quedo débil, creo,
mas no, procuro
atraer tu atención.

Débil sí.

Pero he oído llorar al violín
y su dolor me recordó el mío.

He visto caer al gorrión
y su vuelo desesperado
trazó en mí un quejido.

He recorrido valles
y caminos y sólo versos
de mi mano no han huido.

Ahuyento entes
de risas ensordecedoras,
magma de prisiones... derruido.

Succiona el ojo podrido
y como bestia muéstrate.
Subyuga a tu voluntad
la cordura del demente.

© Y muere. Muéreme lealtad. “Magma”. 1999
Verónica Victoria Romero Reyes. VVRR

LA LLAGA DEL DOLOR

Mercenaria de mil batallas,
he perdido fatuos duelos
por proferir incierta estocada
no en tu pecho sino en mis miedos.

Hace venas de tiempo que canto para ti
y tú, caballo de miel, ignoras inocente
que es el carmesí de mi sangre rubí,
sable que en tu alma tatúa llaga doliente.

Hace lunas de fuego que acaricias mi pluma
engendrando elegías a tu egregio altar,
sacro trono de unicornio y espuma
donde moran tu poesía y mi cantar.

He aquí desafortunada voz de juglar:
“Hoy dudaste, sangre mía,
de mi ánima, de mi flema,
de mi astro y de mi bruma…
¿Cómo no amarte si eres el Poema?

© “Llagas”. 2000
Verónica Victoria Romero Reyes. VVRR

LA LLAGA DEL RECUERDO (IX en realidad)

Aún se me nublan, desérticas, las pupilas
al eclipsar el zafiro de tu raza
con la nostalgia que tu ausencia me destila.

Aún orillo la saliva de tus besos en mi mordaza
y libo en el recuerdo de tus labios mi derrota,
océano eviterno de mis pústulas y tu melaza.

Aún te alegorizo verso a verso, nota a nota,
en epigramas, apneas, llantos y canciones
por distraer el titubeo de mi alma rota.

¿Cómo el requiebro de los ciclones
despertó huestes robustas?
¿Cuándo ígneos los tifones
tronaron marejadas justas?

Aún extraño la sima sacra de tu rosa,
la hoguera entre rubores de tu piel
y el ornato recio de tu esencia victoriosa.

Y no me rindo, no me bastan pluma y miel
para zafarme de este cataclismo.
¡Ay infortunio, dolor macilento
que te torna invisible espejismo!

Yo que profané cosmos y firmamento
por consagrarte el alma y su abismo,
viví en tu latido y muero en su viento.

© “Llagas”. 2000
Verónica Victoria Romero Reyes. VVRR

II. LUNA SIN ALMA

Atiéndeme alma mía, no avinagres
tu dulzura por adagios aletargantes
pues tu acidez no evitará que te desangres
entre tristes espasmos fríos y punzantes.

Alma mía, oigo tu lamento
y me conduelo en tu fustazo
pero entiende que su sedimento
será eterna puntilla y perpetuo latigazo.

© Maldito silencio. 2001
Verónica Victoria Romero Reyes. VVRR

IV: EPITAFIO DE LUNA

Esta sucia mortaja es digna de loa,
carne podrida, voz muerta, alma sin vida.
He de tallar un mármol eterno que me roa
la sangre enamorada en su vena estremecida.

Amé y amaré y ese es el delito
que me imputan, que me encarcela en rejas
izadas sobre turbios harapos de dioses y mitos
desde los que rezo en desvelo llantos y quejas.

Mátame vida, que no quiero olvidarte
y recordarte sin amarte es mi condena,
es mi epitafio llorar el aire sin respirarte.

Mátame alma, sin dilación y sin pena,
que, de tu mano, hasta la muerte me es grata
si entiendes así que eres, a la vida, mi cadena.

© Maldito silencio. 2001
Verónica Victoria Romero Reyes. VVRR

I: A LA ESPERA

¿Recuerdas amor las eternas noches,
aquellos tortuosos días
en que encendíamos estrellas lejanas,
luces de magia sólo tuyas y mías,
ocultas en cuerpos distantes y almas cercanas?

¿Juré amor que fuiste sal que la sangre pulía,
tantra hechizado y místico, las tonadas
atronando el candor ya muy mío de tus manos?

Cómo te extrañaba amor, cómo te amaba…

Y al vencer hoy, amor, la batalla,
¿Tiemblas al recordar como el Amor se nos rendía,
como con el paso de los años seguimos en pie,
mismo cuerpo, mismo espíritu en calma?

Cómo me mataba tu ausencia amor, cómo el alma se me moría...

© Diez rezos. 2002
Verónica Victoria Romero Reyes. VVRR

II: A LA LUCHA (Nuestro barquito)

Tú izaste velas bordadas con tu risa
ocultando los mástiles de amargura
y tomaste el timón, segura, entera,
para dirigirnos firmes al infinito.

Yo te ví llorar amor tantas madrugadas...

Dirigiste el navío entre peñascos y rocas
que obstruían nuestro amoroso viaje,
temblabas cuando las crueles tormentas
empapaban en aguas saladas mi ropaje.

Dejaba el refugio que hiciste para guarecerme,
subía a cubierta y te contemplaba, fuerte en ocasiones,
derrotando turbulentos ciclones para protegerme,
implorando compasión a tantos salvajes tifones.

Yo te ví llorar amor tantas madrugadas...

Y fuiste tú quien venció las olas bravas,
fue tu fe en nuestro amor quien rindió
a tus pies el tridente que Neptuno portaba
para hacer naufragar nuestro misterio en las frías aguas.

Mira el barquito hoy. Altivo. Tan nuestro.
Mira los vientos obedientes a tu voz.
Déjame tomar el timón. Corre dentro.
Tú me rendiste el mar, yo te rendiré el sol.

Yo te veré brillar amor tantas madrugadas...

© Diez rezos. 2001
Verónica Victoria Romero Reyes. VVRR

III. PEGASO

Tengo las manchas eternas del alma
que nunca atisbó una mirada noble
en humores ajenos al de mi hermano
porque nunca encontré en mis ojos
un vaso donde consagrar la generosidad
de unas manos abiertas a su redoble.

Tengo nudos en mis muñecas salvajes
y lazos errados que acribillan
a fustazos las correas de mis venas
cuando la luna me lanza imprudente
al vacío sin estrellas de unos sabores
que me llenaron los labios de amargor.

Tengo el cristal de una retina
capaz de colorear daguerrotipos
casi olvidados en algún lugar de la memoria
que por inhumados en mis sentires
no dejaron de ser menos escritos
en el papiro viejo de mi historia.

Tuve un amor de otoño y de verano
que en invierno se me antojaba rojizo calor
y en lánguida primavera me destilaba
las brillantes fragancias perfumadas
de las acacias y los sauces llorones
donde refugiábamos de las ortigas
las ilusiones quebradizas de los dolores.

Porque tuve no sirvió queja ni ruego
que anudara tu pecho de cría de león
a la herrumbre de mi respirar altanero
ni valieron salvas ni oraciones
donde inmolarte eterno, lluvia de sol.

Porque tuve un piano de negras quijadas
donde reposar tu descanso de la vida
cuando te cegaron ídolos de pies de cal y arena...

Porque sangre no es amor
pero amor sí tu sangre en mis cantares
y mis acuarelas bruñidas de tu color...

Y porque tu fuiste grial
donde tomé agua de vida eterna
forjándote alas de acero irrompibles...

Porque tú, pegaso, reinas confines
ocultos a la estela de la seña humana,
y despliegas, inmortales, plumajes
negados a los necios corazones ruines
de quienes intentaron detener
tu vuelo de majestuosidad sagrada.

Volarás al fin, potro alado.
Sembrarás esa sábana de luces.
Brotarán acacia y sauce de tu mano
pues tu sangre es vida que reluce.

© De amistad y otros timbrazos en la puerta. 2002
Verónica Victoria Romero Reyes. VVRR

IV: MAESTRA

Hoy me trajo el viento su media voz
golpeando mi flequillo de aire fresco
y en cada aire robado una nota fina
susurraba la cadencia de Manrique
en sus labios y el arrullo de melancolía
de Machado en la gesta de su mirada.

De un usted que jamás dejó de ser tuteo
mi pluma tiñó de garabatos mi existencia
y fue su fe en mi, Maestra,
huracán gentil que clavaba paciencia
en el cincelar mármoles de tinta y pergamino
donde habitaban su credo y mi mano diestra.

De matices me sembraba la palabra
y de la rapsodia de tonadas sentidas
donde métrica era marejada,
donde poema era cielo e infierno,
forzarónse en mí nudos leales
a su recuerdo intacto, generoso y eterno.

A jirones cuarteados en mi memoria
quedaron las bondades del verso
reveladas por su boca y por su tiza
nerviosa, ¿No fue nuestro universo?

El cosmos disperso en ese mar verde
de piedra y madera donde me vertía,
sin percibirlo, en el pecho cruzado,
todas las lunas y todos los soles
que titilan por usted en el alma mía.

Sin distancias ni olvidos,
-pues adoración es inmutable-
madura en el arco perdido
que palpita lejano en su saludo
mi más preciada sortija
donde engarzo firmes por aro cariño
y gema de mil colores por escudo.

© De amistad y otros timbrazos en la puerta. 2002
Verónica Victoria Romero Reyes. VVRR

I: LADRONA

No perdonaré la herida de esta lanza
calmando la borrasca con un nuevo verso
que llore esta traición a mi confianza
con el robo de mis poemas y su universo.

Es mío el sentir que rubricaste como tuyo,
mía la desesperación de esas lágrimas
mojando sangre en mis palabras
cuando los sables del dolor intuyo.

Es mía la pluma y mía la boca,
mía esa vena, mío ese tormento
donde se erige mi poesía
como firme plomo, como roca
que sustenta mi triste firmamento.

Tú ladrona. Tú plagiadora, inquisidora.
Recogerás baldíos cestos de alma abatida.
¿Así conseguiste literaria la gloria?
¿Registrando versos de otro autor, de otra vida?
¿Y tú te haces llamar "Poeta"?
Poeta del robo, poeta del plagio, de daño y delito.
¿Del gremio quien te quiere, quien te respeta?

Postularé tamañas ofrendas a mi diosa Poesía
por redimirla de la muerte que le has dado
y sea ya, por mazo de juez que no divina gracia,
devuelto a su alma lo que se le ha robado.

Que Ley de Dios y ley humana
es para todos igual rasero
y venganzas futiles y vanas
no eximen de un golpe fiero.

Por bandera en la campaña
mi sentir, mi poesía y mi agravio.
Que con ley devolveré la saña
de mi vituperio y mi escarnio.

Tres serán las requeridas amazonas:
por escudo difusión no consentida,
plagio y ánimo doloso la escotadura;
una sola será la espada, la Tizona:
que es la sangre mía mi verso y la herida.

Yo que te dí la llave de mi confianza
tolero cuchilladas a mi persona
y devuelvo sonrisas y rosas
a quien el camino de canicas me abona.

Mas no perdono ultraje a la Poesía
ni a tantos grandes que la pluma me curtían
y sea por Machado, por Quevedo y Rosalía
vengado este delito con valor y osadía.

© Ave ladrona. 2003
Verónica Victoria Romero Reyes. VVRR

II: HURTADORA

Quizá al despertar una aurora
tras un velo de tempestad,
azotada por un vivo sueño,
te arrepentirás.

Quizá una tarde cualquiera,
disueltas vileza y ruindad,
cuando la razón te doble el alma,
te arrepentirás.

Quizá no mañana,
quizá en plenilunios,
quizá más de cien lunas
hallan de salir en el cielo
para que percibas mi duelo
por tu venganza inoportuna.

Quizá descubras con dolor
que tu puñalada fue la certera,
por ser de mano en la que confié,
que rasgándome las venas,
enterró mi buena fe.

A tí te debo desde tu ánimo doloso
mi falta de confianza en las voces
que reclaman mi cariño y calor amistoso;
a tí te debo mi aplauso jubiloso
por enseñarme la vereda de las coces,
las patadas y el redoble luctuoso.

A tí, ladrona, te deberé la gloria literaria
porque mis versos gritarán tu nombre
aun cuando muerta seas rencorosa imaginaria.

A tí, delincuente, te serán vetados
los honores de poetas y rapsodas,
te serán clausurados templos sagrados
donde moran silvas, liras y odas.

A tí plagiadora, hurtadora,
te repudiarán a salivazos,
serás vergüenza y deshonor
de tantas brillantes gestas
que libramos por la Poesía en sus brazos.

De citas la lengua me inyectas,
"Conspiras contra Dios", enlazo
sentir de Darío de Dies
con mi propio y sangrante dolor.

¡Cómo te golpeará tu propio sable
por sangre que Verso adora y respeta!
Galones penarás: Culpable.
Estigma luciré: Poeta.

© Ave Ladrona. 2003
Verónica Victoria Romero Reyes. VVRR

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