Fernando Robles Páez

Narrativa • Fernando Robles Páez

V CERTAMEN LITERARIO ATENEO BLASCO IBÁÑEZ 2014
II PREMIO EN LA MODALIDAD DE NARRATIVA. Autor: Fernando Robles Páez

Sueño de Marinero en Tierra

Recuerdo a los astilleros artesanos junto al mar.

Recuerdo a los calafateadores trabajando la noble madera. El aire salino y el olor a brea quemada te envolvían y era una dulce caricia para los sentidos. Y el sonido raspante de la sierra y el constante y rítmico golpeteo de los martillos, pura melodía llena de suspiros contenidos, llenos de vida, conformaban tablón a tablón, golpe a golpe, el alma de un navío.

Con paciencia, con amor y con ternura, separaban sabiamente con cincel los tablones y la estopa expertamente introducida, golpeando con un mazo la madera. Y aquel olor a brea y después a pintura, y la masilla extendida con espátula, quedaron en mis sentidos y en mi retina de por vida. ¡Qué estampa más bella conformaban los pequeños astilleros casi en la orilla misma de la playa del Cabañal o Vilanova del Grau (Villanueva del mar de Valencia), mi Cabañal, mi barrio, aquel trocito del corazón de mi Valencia, casi olvidado por mis gentes valencianas, tan cerca y tan lejos del final de la década de los años treinta del siglo XX.

Aquellos tiempos donde el reloj parecía marcar las horas despacio y la vida misma aparentaba detenerse mecida en las olas del mar en calma, hoy son recuerdos vívidos que quedaron clavados en mi alma de niño, donde jamás morirán mientras yo tenga un hálito de vida.

En mi ignorancia de crío, era para mí cosa de magia la unión de las cuadernas con las tablas del forro, sin una grieta por donde pudiera penetrar el agua del mar. ¡Cuánto sudor y febril trabajo, y qué grato arte marinero! De la nada convertían los maderos en navíos, y así, día a día, construían o calafateaban el alma de aquellas gráciles barcazas.

Las embarcaciones solían integrar en su tripulación a un maestro artesano calafateador, a un oficial y quizás algún aprendiz. En alta mar eran imprescindibles. Reparar una vía de agua correctamente podía significar la salvación de la tripulación y la embarcación.

En mis años de mozuelo conocí a un maestro calafateador muy viejecito y, según me contaba, aquello no era un oficio. Aquel trabajo había sido su vida y quería que fuera su muerte. No resistía vivir sin los efluvios que emanaban la brea, el cáñamo o estopa, la pintura y la masilla. Tanto era así, que aún casi sin fuerzas para mantenerse en pie, no pasaba un sólo día sin rondar los pequeños astilleros, paseando muy lentamente como si llevara cogida del brazo a la primera de sus novias, queriendo detener el tiempo para disfrutar del roce de la piel y el perfume del pelo de aquel primer amor.

Algo me atraía hacia aquel casi despojo humano, a sus 90 años y todavía enamorado de una profesión que tan sólo le había proporcionado lo justo para vivir medianamente regular. Tanto fervor acabó por embriagarme y en mi olfato quedó incrustado el sahumerio, resultado de la mezcla de los productos utilizados para unir y ungir los cascos de las barcazas.

—¡Jovencito! - exclamaba cuando le preguntaba cosas de su oficio - En esta profesión interviene mucha gente, desde hiladoras/res de estopa, carpinteros especializados, herreros, cordeleros, cosedoras, costureras de velas, etc. Y, ¿sabes cual fue el primer astillero de Vilanova del Grao (Villanueva del mar de Valencia)?

—No, no lo sé abuelo. ¡Cómo voy a saberlo! Seguramente fue antes de nacer yo.

¡Pues claro, mocoso! Y mucho antes de nacer mi tatarabuelo. Pero tú conoces ese primer astillero. Son las naves de las atarazanas y están muy cerca de la iglesia de Santa María del Mar, donde se venera al Santísimo Cristo del Grao que, según la leyenda, llegó flotando sobre una escalera. Pues allí se construyeron hace seis siglos las primeras embarcaciones en Valencia. Yo lo sé porque he leído mucho, y mis abuelos y mi padre me contaban historias sobre ellas.

Fue el primer astillero en Valencia, donde se construían barcos para la pesca y el comercio e incluso para la guerra. Como estaba en la misma orilla del mar, se encontraba expuesto a ataques de piratas y corsarios, y sirvió como defensa de la costa y de Vilanova del Grau, utilizándose para defenderse del mismo armamento de las naves depositado en las atarazanas.

Más adelante, las atarazanas se utilizaron como almacén de trigo que llegaba por el mar para abastecer a Valencia. También sirvieron como establo para los Jurats de la ciudad, incluso sirvieron como almacén de sal y, según me contó mi padre, a mediados del siglo XIX fueron vendidas a particulares, fragmentándola en naves individuales, perdiéndose la unidad de un único conjunto arquitectónico.

Me quedaba siempre como embelesado. Sus historias me trasladaban a otras épocas y me veía a mi mismo como calafateador y al mismo tiempo defendiendo las atarazanas contra los piratas y los corsarios con trabucos, espadas y cañones. Y sin poder evitarlo exclamé:

—¡Yo quiero ser calafateador! —le decía casi como en una súplica.

—Primero tendrán que admitirte como aprendiz. Cuando lleves varios años, serás ayudante, luego oficial si te aplicas bien y, con mucha experiencia, algún día podrías llegar a maestro artesano.

—¡Con qué orgullo decía lo de “maestro artesano”!

Gracias a aquel ser, viejo, cochambroso, pero de una sabiduría inmensa producto de sus experiencias, de sus arrugas y de sus manos encallecidas, logré entrar a los doce años como aprendiz de calafateador en uno de los más pequeños astilleros del Cabañal, a escasos metros de donde las olas besaban la blanca arena.

Un atardecer, casi ya en la penumbra, con el sol ocultándose por detrás de las montañas de la sierra de la Calderona, me encontraba sumido en la más triste desesperación. Acababan de despedirme del astillero. Habían transcurridos menos de tres meses. Algo me pasaba que me ahogaba. Aquellos efluvios que tan gratos antes me resultaban, ahora el médico me dijo que podían ser mi muerte. Me provocaban accesos asmáticos, y al parecer era por el cáñamo y la brea.

Llorando y con la cabeza entre mis manos, sentado frente a los astilleros, con mi vida rota para siempre o eso creía entonces, noté una caricia tierna sobre mi cabello. Era el anciano calafateador.

—¡Te pase lo que te pase, todo tiene remedio! Nada es tan importante como vivir en paz con uno mismo.

No pude remediar contestarle con acritud.

—¡Usted es un viejo y ha vivido como a querido! ¡Yo no podré nunca decir lo mismo!

—¡Y tú eres aún un mocoso! ¡No te tengas como hombre si lloras como un chiquillo! ¡Dime que te pasa! ¿Somos amigos o no?

Me cogió las manos con una fuerza inusitada. Sus ojos se habían empequeñecido, cambiaron de verdes acuosos a marrón oscuro y sentí que me estremecía. Sin darme cuenta, me encontré abrazado a él y, como un milagro, cesaron mis llantos y mis nervios se calmaron. Aquel cuerpo que creí sin fuerzas y ya moribundo, resultó ser de una calidez tremenda, casi tanto como un abrazo de madre.

—¡Viejo, ya nunca podré ser calafateador! Tengo alergia al cáñamo y a la brea, me provocan accesos asmáticos. He sido despedido sin llegar casi ni a aprendiz. —Me faltó el aliento para soltarle todo aquello a mi viejo del alma.

—Quizás no puedas ser calafateador, pero puedes ser un buen carpintero. Te he visto trabajar y cómo mimas la madera. Tienes aptitudes. Ser carpintero te alejará del cáñamo y de la brea. A cambio, te convertirás en un buen artesano.
Algún día recordarás todo esto como un sueño que pudo ser bonito, y espero que cuando veas alguna barcaza te acuerdes de mí con afecto. Dentro de nada, quizás en un suspiro, ya no estaré a tu lado.

Siempre, siempre, serás mi amigo. Y me consta que yo lo soy tuyo. Y nunca, nunca, me olvidarás.

Han pasado muchos, muchos años, hoy soy casi tan viejo como mi amigo el viejo calafateador.

Me encuentro frente a la playa, no queda ya ningún astillero, en su lugar hay un hermoso paseo marítimo que va desde mi Cabañal, pasando por la playa de la Malvarrosa hasta la playa de la Patacona.

En la laboriosa barriada “Del Grau” está mi puerto. El puerto es inmenso a costa de haber perdido para mí una de las joyas marítimas que me hacían más feliz los días festivos: “La Chitá”, aquella especie de pequeña isla artificial alargada, donde buceaba y cogía pulpos, clóchinas y pescaba. Aún recuerdo las “Palomas”, aquellas embarcaciones que hacían el trayecto desde el puerto, junto al edificio del Reloj, hasta el rompeolas de La Chitá. Todo, todo ha quedado tallado en las arrugas de mi frente o más bien en mi mente, como grabado en un disco duro de ordenador, como dirían hoy los jóvenes de éste principio del siglo XXI.

Mi puerto, mi Cabañal, mis playas de Valencia, pura luz mediterránea, la luz que pintó Joaquín Sorolla o la luz descrita por Blasco Ibáñez, y aquel autobús número 31 y aquel entrañable tranvía hasta la malvarrosa y, antes que estos, el “Ravachol”, un encantador tranvía a vapor que hacían el trayecto desde la plaza de Emilio Castelar, luego del Caudillo y actualmente del Ayuntamiento al cabañal y a la malvarrosa. Y como destrozándome el alma, el abandonado chalet de Blasco Ibáñez. Desidia verdaderamente incomprensible  de una joya arquitectónica.

Aquellos tiempos quedaron ya muy lejanos, olvidados en el espacio o enterrados en el pasado. Hoy sólo viven en los viejos corazones, recuerdos de una época que pasó de largo y nos dejó su poso.

Con la frente arrugada y la mirada perdida y las manos encallecidas, siento mis lagrimas llorar de pena por aquella barca que navega a lo lejos. Navío de plástico o de resina sintética, sin madera y sin alma… o alma en pena.

¡Ay, marineros! ¡Marineros de Valencia!

© Fernando Robles Páez

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