Antonio F. Prima Manzano

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Primer Premio de Narrativa VIII Certamen Literario Ateneo Blasco Ibáñez 2017

El viejo pescador y el mar

Las olas, coronadas de blanca espuma, se ondulaban plácidas hasta expirar acompasadas y suavemente en las arenas de la orilla, sobre las que dibujaban en caprichosas formas, un sinfín de líneas sinuosas que la humedad acentuaba en tonos pardos y brillantes como espejos, que rápidamente desaparecían mientras las aguas retrocedían al mar para ser impulsadas por la siguiente ola, en un ciclo armonioso e interminable.

A unos metros de la orilla, como míticos Tritones que dormitasen de mil saben qué aventuras y peripecias, algunas barcas de pesca con su abultada y negra panza pintada de pez, expuesta al sol, eran toda una evocación al descanso, al fin de la jornada. Un halo de paz, para volver mañana con las velas hinchadas al viento, a surcar las aguas meciéndose con gracia sobre el suave ribetear de las olas desde la Malvarrosa a Cullera. Sobre sus quillas, sentirían el cosquilleo del deslizar brioso, sobre la mar, y sobre sus costados una y otra vez, el roce casi abrasante de las guías de los sedales y hasta el agonizante aletear de los peces capturados al palangre, al ser izados a bordo.

De entre todas, era sin duda alguna la barca del Tío Corono, la de más airoso porte. Ahora en la arena como tantas otras, recibía mil mimos y cuidados, sus juntas calafateadas con brea y estopa y su vela remendada, hablaba de esos años pasados desde que como el velo de una novia desplegase su blancura inmaculada, su corte perfecto, sus avíos nuevos. ¡Cuántos años habían pasado!

Barca y dueño habían envejecido. De las vigorosas manos que la construyeron entre los meses de enero a noviembre de 1901, quedaban solamente las manos huesudas, secas, nada que fuese siquiera parecido. Ahora, con la boina calada hasta las cejas, con los vivaces ojos ya cansados, permanecía largas horas mirando el infinito, pensando Dios sabe, en qué perdidas nostalgias, quizá, cuando mozo y vigoroso navegaba en un velero de cabotaje por exóticos países, donde las palmeras, contaba, brotaban entre doradas arenas en unas playas de aguas trasparentes y azules como el cielo, islas habitadas por hermosas mujeres adornadas con collares de flores, que cantaban tan dulces y melodiosas canciones que semejaban ángeles. Donde los bancos de coral, rojos como el fuego, esparcen su fulgor sobre los peces de mil formas y colores.

En muchas ocasiones, traídas de esas lejanas tierras, había mostrado a los niños dos hermosas perlas que poseía, y les contaba, que eran lágrimas de una especie de ostras que lloran y lloran desde hace siglos, porque el Rey Neptuno se olvidó de llevarlas a su jardín, en ese suntuoso palacio en las profundidades del océano, donde existen hermosos surtidores inagotables de agua, de los que se nutre el mar.

- ¡Ya estamos igual Tío Corono! – Le reprochaban las madres, por las fantasías que les imbuía a los niños que le adoraban y que acudían a él como moscas a la miel para escuchar sus cuentos y relatos.

Así, una y otra vez, de forma inagotable, iban surgiendo de sus labios fabulosas historias contadas con gracia y soltura, con amenidad, con humor; dando convicción total a sus palabras, con los detalles y los pormenores de quien de verdad lo ha vivido todo ello.

Era de todos sabido, que entre los viejos de Pueblo Nuevo del Mar no había otro como él, y todo cuanto decía, se apresuraban a ratificarlo sus amigos, y así, con ellos en derredor, en las templadas mañanas de otoño, mientras las pequeñas barcas surcaban aquí y allá cerca de la costa, afanosas en su diario trabajo, o por las tardes, cuando el sol débil del atardecer se reflejaba como una enorme moneda de oro por poniente; al amparo de una de las barcas que los protegiera del fresco aire de Levante, sentados en la arena, mientras esperaban la llegada de los que estaban todavía pescando, las mujeres y los niños escuchaban atentos y en silencio las enseñanzas y las aventuras de los viejos. Los niños, con los pies descalzos, desgreñados, se rascaban la cabeza o se metían sus sucios dedos en la nariz. Las mozas, alegres, sonreían perspicaces y maliciosas, alternando las narraciones con chismorreos o descarados acertijos de doble sentido, a los que los niños ponían cara de tonto, sin llegar a comprender las risotadas de los mayores.

Allí, el Tío Corono, les contaba sus aventuras, desde que hacía más de cincuenta años saliera por primera vez de su amado pueblo del Cabañal. Enamorado del mar, inquieto, soñador y aventurero, no había agua sobre la tierra que pudiera ser surcada por una embarcación, que como él decía no la hubiese recorrido. Más de cinco lenguas extranjeras entendía. ¿Y de sustos? ¡No digamos! En Marsella a punto estuvieron de matarlo. Un día, vio a uno de sus compañeros de tripulación peleando con otros, le echó una mano, aquello se fue agrandando y al final de la refriega, las dos dotaciones intervinieron y hubo nueve heridos. Aquellos marinos medio piratas con los que se pelearon, eran unas malas bestias. ¡Pero les dimos su merecido! - afirmó rotundo al final.

Y sus batallas. ¡Eso sí que les gustaba a los niños! Eran amenas y tan reales, que muchas veces puesto en pie, braceaba vigorosamente. Hablaba de los turcos, de los ingleses, de Cuba, de África, de los barcos cargados de negros encadenados que morían de peste o ahogados en las sentinas.

Con frecuencia, a la veracidad, unía su fuerte y prodigiosa imaginación y como un creador infatigable de personajes y escenas que era, hablaba horas y horas. Sabía leer, y lo hacía muy a menudo en público pausada y lentamente. De su mano, se parecía viajar por un mundo irreal y fascinante. Inmersos en esas páginas que hablaban de extensas llanuras nevadas, en donde el sol, se refleja como un enorme espejo hiriente que vuelve ciegos a los hombres que se atreven a desafiar su resplandor, donde habitan osos, animales corpulentos como un caballo puesto en pie, en cuya boca abierta cabe la cabeza de un hombre.

Otras veces, eran animales enormes, fantásticos, fruto de la ignorancia, de la superstición y de las leyendas de los pueblos que perduran a través de las generaciones. También, bosques inmensos, donde las copas de sus árboles tocan el cielo. Extensas llanuras de veraces tierras, en donde el trigo crece como la hierba, y donde los Reyes son llevados en tronos de oro. Palacios de cristal más altos que las Catedrales, de cúpulas fulgurantes de plata, oro, y piedras preciosas. Ríos caudalosos, tan anchos que parecen el mar, plagados de dragones y cuyas aguas arrastran pepitas de oro. Islas solitarias, perdidas en los océanos, cubiertas de exuberante vegetación, de frutos deliciosos con sabor a leche y miel, custodiadas por voraces antropófagos.

Cuando al final de sus lecturas, con el dedo índice metido entre las páginas del cerrado libro, alguien le preguntaba:

- ¿Tío Corono, es cierto todo eso?

Él con gesto grave, se limitaba a responder: Aquí está escrito. ¿No lo has oído?

Tenía la convicción de que así era. Entornaba luego sus ojos, que parecían más profundos, enmarcados en esas gruesas y pobladas cejas de hombre de mar, acostumbrado a escudriñar en el horizonte la meta deseada, y permanecía largo rato callado, perdida la mirada en un punto indefinido. ¡Quizá soñaba, con los ojos abiertos!

Cada vez que aprestaba su embarcación para salir a pescar, no faltaba quien le reprochara en tono cariñoso:

- Pero Tío Corono, usted ya está viejo para estos trotes. ¿Por qué no descansa ya, y se olvida de la pesca?

- Calla hombre, calla – respondía -. Qué quieres que haga. Soy como los peces, que si estoy lejos del mar no vivo.

- Pero desde la orilla es lo mismo – le insistían -. Puede mojarse, ver el mar y hasta pescar desde aquí.

- Tú tranquilo. No pasa nada. – era toda su respuesta.

No había manera de hacerle desistir. Asido al timón, permanecía a la popa de su barca largas horas. Sus ojos se inundaban de gozo; de una infantil alegría que lo hacía revivir a la vida. Conocía palmo a palmo, el terreno por donde discurría su embarcación, como si con su mirada taladrase la profundidad de las aguas, la oscuridad de ese mundo maravilloso, que poco a poco se abre y se revela al hombre.

Sus accidentes geográficos, la composición del suelo, grava, arena, roca, sus peces, sus variedades, sus nombres, sus costumbres, iban surgiendo de sus labios, como el erudito que describe un museo palmo a palmo, obra a obra, con todos sus pormenores, sus autores, su estilo, su historia, su fecha. Cada vez que un pez picaba el anzuelo, conocía de su tamaño, de su especie, de sus características de defensa, de cómo tratarlo y abatirlo y hasta conversaba con él, en ese tira y afloja de poder a poder. Era como una lección aprendida a lo largo de los años. ¡A fuerza de practicar!

Ya casi anochecido, cuando volvía hacia tierra, su rostro al rojo resplandor del sol que como un ascua de fuego parecía ocultarse resbalando por las montañas, semejaba un mítico tritón, atento, expectante, como si del suave clamor del mar, surgiese un canto, una llamada, un suave susurro que pronunciase su nombre.

En tierra, sobre las arenas frescas del atardecer, mientras las mujeres cargaban con las cestas del pescado, los hombres le ayudaban a varar y limpiar la embarcación con unos cuantos cubos de agua salada del mar. Después lentamente, se dirigían hacia el pueblo. Éste de estrechas calles, estaba formado por pequeñas casas y barracas de blanqueadas fachadas. Las pocas tiendas y tabernas permanecían abiertas. Por doquier se respiraba paz y tranquilidad. Desde una ventana abierta, salía la voz de una madre arrullando a su hijo. En medio de la calzada, la chiquillería saltaba a la corredera, mientras los mayores sentados a las puertas de sus casas en coloquiales grupillos, comentaban las incidencias del día, quizá sencillas e insignificantes para los profanos, pero auténticas, llenas de vida, de ilusión, de nobleza y cariño, como la vida misma de cada uno de ellos.

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Una tarde de aquel frío febrero, muchos de los vecinos del Cabañal se dirigieron corriendo y alborotados hacia la playa.

El mar embravecido, batía con fuerza sus olas, que crecidas y entre remolinos de espuma, se adentraban osadamente en la playa unos cuantos metros. El viento, salpicaba de agua el rostro de los hombres que con el chubasquero puesto, oteaban el mar con impaciencia, intentando distinguir algo en ese horizonte oscilante donde mar y cielo se confundían en tonos grises plomizos. Un negro nubarrón se desgarraba en el destello cegador de un rayo, y la lluvia caía en fuertes gotas sobre mar y tierra.

- ¡Allí…, allí…! - gritó alguien, hacia quien todos volvieron sus miradas.

- ¡Mirad allí, por Levante!

- ¡Sí…, sí…! - afirmaba otro -. ¡Es una embarcación!

Los curtidos rostros de aquellos hombres azotados por el viento, empapados de agua, ateridos de frío, parecieron transformarse en un gesto de esperanza. Alguien sugirió entonces:

- ¡Venga, voluntarios!

En pocos segundos, todos se agolpan alrededor de un bote de remos.

- No, todos no, sólo cabremos seis. ¡Los más jóvenes!

Se eligió deprisa, con el ansia reflejada en sus rostros a los más fuertes y expertos. Con los salvavidas puestos, se ataron entre sí a una fuerte maroma que en la playa sostenían el resto de los hombres, mujeres y niños. Subieron como pudieron en una pequeña y dura embarcación, y con las manos asidas fuertemente a los remos, batallaron con el mar que embravecido los devolvía una y otra vez a la orilla con fuerza. Mil veces los zarandeó, los inundó de agua, y ellos insistieron con una sola idea en sus mentes. ¡El amigo desaparecido! Batearon con fuerza los remos, hasta que al fin, con tesón, consiguieron adentrarse en el mar.
Desde la orilla, las mujeres con los ojos llenos de lágrimas, rezaban en silencio a la “Castellereta de Cullera” para que todo saliera bien, mientras los veían subir, bajar, desaparecer, emerger de nuevo, como en un tobogán maldito cuyo precio del viaje podía ser la propia vida.

- ¡Ya han llegado! - gritó Pascualet, un joven chaval, que encaramado en el palo de un falucho seguía como otros tanto la escena.

- ¡Uno se ha tirado al mar y está subiendo a la barca a la deriva! – gritó de nuevo.

El silencio, era ahora total entre los presentes. Sólo el rugir del mar que parecía más acentuado, y más terrible, lo llenaba todo, acompañado de vez en cuando por el cegador resplandor de algún relámpago.

Pasaron unos momentos de angustia. De pronto, sonó dos veces la caracola. - ¡Era la señal convenida! - Entonces todos a una, tiraron con fuerza de la maroma atada al bote de remos. Fue una lucha de titanes, un esfuerzo de héroes, un trabajo arduo y agotador. Hasta que al fin, después de un duro batallar, el bote entró en la zona de fuerza de las olas que lo lanzaron hasta la orilla.

Los esforzados tripulantes estaban agotados, ateridos de frío, al borde de sus fuerzas.

Bajaron en silencio un cuerpo sin vida. Era el Tío Corono. Su semblante estaba lívido, pero sereno, mucho más tranquilo, que el de esos hombres que lo sostenían entre sus brazos con las mandíbulas apretadas, con la garganta atenazada, para rechazar con escozor las lágrimas que querían aparecer en sus ojos.

Así fue la vida del Tío Corono, al que todos querían y respetaban. Murió en el mar que tanto amaba. Y hasta algunos llegaron a pensar, que quizá hubiera preferido que el propio mar le hubiese dado sepultura. Pero. ¿Quién puede saberlo?

Alguien comentaba entre sollozos:

- ¡Pero este hombre, con todo lo que sabía, cómo ha salido al mar esta mañana con este temporal!

Pero la historia se repite una y otra vez entre los pescadores. La barca, el mar, el hombre. Tres componentes de vida, de trabajo, de libertad, de extraño entendimiento, de desconcertante amistad, de imprevisible fin. Amor ancestral en el hombre por el mar, al que responde éste con un mudo abrazo de muerte, en algunas ocasiones.

© Antonio F. Prima Manzano

Segundo Premio de Narrativa VII Certamen Literario Ateneo Blasco Ibáñez 2016

TRAS LA LUZ CEGADORA

Todo lo había dejado. Recordaba su anterior vida. Los títulos que colgaban de las paredes, honores, distinciones, diplomas que enmarcados en dorados marcos, se llenaban ahora de polvo como el resto de los muebles, en ese bufete donde no pasaba ya consulta.

No eran ahora los grandes empresarios, ni los consejeros de las multinacionales, ni los acaudalados terratenientes, ni avispados co­merciantes, los que acudían a él como antaño, pese a lo elevado de sus minutas, atraídos por su gran prestigio y su avasallador buen hacer. Los había distanciado paulatinamente, y no le parecía ya atractivo ese don peculiar que tenía de entretejer poco a poco una maraña jurídica donde atrapar a los más incautos unas veces, y a los más escurridizos siempre. Ni se envanecía ya, por su elocuente y persuasiva dialéctica para envolver y devorar a sus más aventajados contrincantes. No le parecía ya na­da atractivo porque comprendía al fin, lo intrascendental y pueril incluso del más brillante quehacer inventado por el hombre como era, el conocimiento técnico de la ley, y la elocuencia para plasmarla y exponerla, cuando ella no se emplea en la defensa del bien y la verdad.

Todo comenzó una noche como otra cualquiera, distinta solamente, en la carga emotiva interior que cada ser sostiene en algunas ocasiones al enfrentarse sin saber por qué con sus propias convic­ciones, o el esfuerzo por vencer ese resquicio de nuestra conciencia, pequeño, insignificante, que no logra alcanzar yuxtaponerse formando un todo en nuestra tranquilidad de conciencia, y permanece allí laten­te, como un aguijón diminuto, que si no nos roba la paz interior, al menos evita que la vivamos en toda su plenitud. Por la mañana, había leído en la prensa el suicidio de un pequeño industrial. Era una noticia sin importancia, sin grandes titulares, de quinta o sexta página, de esas noticias que pasan desapercibidas, como de relleno, pero a él, le resultó familiar el nombre de aquella persona sin saber precisar por qué. E1 resto del día se desarrolló como siempre, una apretada agenda de entrevistas y actividades, comida de negocios y por la tarde, alguien le llamó:

- ¿Oscar…? - escuchó a través del auricular –. Oye, que soy Manolo. ¿Leíste esta mañana la noticia?

- ¿No será otra intentona de golpe? - preguntó.

- ¡No, hombre no! Es sólo el suicidio de ese idiota de Ismael Méndez. ¿Recuerdas…? ¡Sí chico...! Es el acreedor al que le embargamos todo la semana pasada. Ese que fue a suplicarte el aplazamiento, diciéndote que esta vergüenza le costaría la vida. Caramba con el tío. Iba en serio. Así que, acelera los trámites, porque se nos tiran encima los demás y nos dejan sin una peseta. Por eso te llamo a estas horas.

Ahora comprendía, que por algo le había sonado el nombre al leer el periódico esa mañana. Pero ni apenas recordaba su rostro, quizá vagamente que se trataba de un hombre menudo, de mediana edad, con cara de honrado y algo nervioso. Lo lamentó pero no podía hacer nada. La verdad es que, al buen hombre lo habían liado de mala manera, y su abogado de oficio había resultado ser un pardillo. Así son los negocios – se dijo para sí.

Fue precisamente aquella misma noche cuando algo extraño, distinto, le aconteció mientras permanecía en la cama. Ni siquiera se atrevía a decir que fuera un sueño. Fue algo más que eso. Era más nítido y tangible que la propia realidad. En principio, vagamen­te, alguien le planteaba como un remordimiento, una desazón que lo sacudía. Alguien con otra identidad, pero no desconocido. Nadie ajeno. Era él mismo, consigo mismo. ¡Era un absurdo! Pero los matices, las apreciaciones, las significaciones se desdoblaban, tomaban formas distintas. Todo aquello machacaba su cabeza insistentemente una y otra vez. A su alre­dedor, silenciosas sombras le observaban, le acechaban, asintiendo como espectadores sin sonido de palabras, sin gestos, repitiendo en su cerebro una y otra vez: No es justo... Si es justo... No tiene sentido... Si tiene sentido… Y así machaconamente una y mil veces sin parar, mientras el rostro del pobre infeliz que se había suicidado por su culpa, volvía una y otra vez a su recuerdo, suplicándole clemencia.

Y mientras la angustia lo atenazaba. A su alrededor, la oscuridad se hacia más intensa, y las som­bras leves, casi imperceptibles, que antes le habían rodeado habían desaparecido. De pronto, se sintió caer al vacío de forma estrepitosa hasta una profundidad de tinie­blas. Ahora sentía un tremendo temor, un pavoroso terror a lo desconocido que estaba viviendo y que no acertaba a comprender, mientras que dentro de él, algo que lo traspasaba hasta más allá de su alma, insistía quedamente: No basta…, no basta .., no basta tu opi­nión. Y vio pasar toda su vida, sus actos más innobles, por delante de sus ojos como si de una película se tratara.

De súbito, se desmoronaban sin sentido sus razonamientos, su concepto de la vida y de la honorabilidad. Quedaban sin base sus convicciones, y comprendía la inutilidad de los pretextos del hombre para encubrir sus fechorías, sus crímenes, sus aberraciones, y eran menos que nada todo cuanto poseía o ambi­cionaba, y los medios que nunca justifican el fin, a pesar de lo que otros muchos opinen, y que él había empleado para su triunfo personal en multitud de ocasiones, logrando arruinar a 1a gente con feas artimañas, arrebatar a los pobres incautos, a los necesitados, sus posesiones, sus casas, sus pertenencias, con sucios juegos sin compasión ni caridad. Por primera vez en su vida, tomaba conciencia del error de todo lo que hasta entonces le había parecido una práctica normal.

Mientras se debatía en la zozobra de aquella horrible pesadilla, un estrecho y largo túnel luminoso, rectangular, aparecía ahora ante él. A la altura de sus ojos exactamente, y se iba extendiendo mostrando un final apenas perceptible de un tono grisáceo. Era largo, largísimo, inmenso. Le parecía que andaba por aquella oquedad, ancha en su extensión, pequeña en su altura, como si par­tiendo desde sus ojos sólo llegase hasta la punta del último de sus cabellos, pero incomprensiblemente él pasaba holgadamente. Sus paredes, por llamarlas de algún modo comprensible para nuestra razón, se deslizaban veloces a su lado pero… ¡No! No andaban las pa­redes. Era él quien se desplazaba como flotando en un vuelo que más semejaba que nadase por los aires a gran velocidad como ja­más tuviera conciencia de que fuera posible.

El temor a lo desconocido golpeaba con fuerza su corazón, y sus manos crispadas, asían a falta de otra cosa sus propias piernas con fuerza. Sentía sobre toda otra sensación, de forma más acentuada, estrellarse sobre su rostro, ahogándole en ocasiones, un aire recio, frío, fuerte. Y él suspendido, como si una mano poderosa lo catapultase al vacío. Mientras avanzaba por aquél túnel luminoso, la luz iba apareciendo cada vez con más blancura y nitidez. Ya casi percibía las blancas paredes a su lado cada vez con más detalle. Pero al acercarse todavía más a ellas, se quedó sobrecogido por la sorpresa. ¡No eran paredes! Eran filas interminables de seres luminosos y radiantes que le contemplaban.

En un instante, al final de aquel túnel que se expandía inmensamente ante sus ojos, una potente luz blanca, radiante, cuya luminosidad no era comparable con nada conocido, se acercaba más y más hacia él, disipando instantáneamente de su mente todo atisbo de terror, atenuaba el rit­mo de su alocado corazón, y disminuía la velocidad que lo impelía. Ya en otra dimensión, “tras la luz cegadora”, el horizonte tornabas grandioso, esplendido, de descomunales proporciones, y se contemplaba como en un grabado en la diminuta hoja de una postal, todo el mundo nuestro…, y todo el cosmos que lo contiene… “Y una voz queda, amable, le susurraba en su corazón, sin reproches, con amor, unas palabras que jamás olvidaría…”. Pero aún no había llegado su hora.

----------

Abrió los ojos sobresaltado. Con respirar jadeante. Se notaba frío, inmensamente helado. Por las rendijas de las persianas de su dormitorio penetraban unos leves hilillos de luz, y a su lado, su mujer visiblemente excitada exclamó:

- ¡Qué susto me has dado! Estabas sin respirar un rato. Oscar, mañana mismo tienes que ir al medico. ¿No ves qué podías haberte quedado muerto…?

Pero para él, aquello no suponía un posible fin, sino todo un inicio. Tras aquella noche, vino la placidez ante las angustias, la paz ante las zozobras, la caridad ante el egoísmo, y comenzó a vivir otra vida llena de contenido, nueva, dis­tinta, dedicada al bien y a la verdad, como un preludio de la promesa hecha tras la luz cegadora que aquella noche había cambiado para bien su vida.

Ahora bajo su punto de vista todo era distinto, y su existencia se desarrollaba feliz y sosegada, prestando ayuda gratuita a gente modesta que acudía a él, para asesorarles y defenderles en una ONG, donde ocupaba un modesto despacho.

© Antonio F. Prima Manzano

POEMAS DE ANTONIO F. PRIMA

Del libro: RETAZOS DE JUVENTUD

PRETENDIMOS

Pretendimos hacer juego de niños,
con el amor.
¡Algo divino!

Pretendimos jugar con desencanto,
con nuestras almas.
¡Grave pecado!

Pretendimos en fin…, que recordarte,
si cuento hemos perdido
¡Tú bien los sabes!

© Antonio F. Prima Manzano

ERES PARA MÍ

Eres para mí… ¡eterno pensamiento!
Paz y sosiego. Vida y voluntad.
Tú eres para mí…,
mi Dios, mi anhelo…
¡Mi única verdad!

Eres un sueño delicado,
te amé hasta lo sublime.
¡De verdad…!
Te seguiré amando siempre…
¡Y tú ni lo sabrás!

© Antonio F. Prima Manzano

NO ESTÁ MUDA LA LIRA

No está muda la lira si callada
dormita en un rincón hoy melancólica,
espera la mano joven, ágil y atrevida
que sepa entresacar sus llantos y sus risas.

No está estéril el campo aunque parezca
su tez marchita, muy seca y árida,
espera el sudor, la mano amiga,
que la are, la siembre y la reviva.

No está muerto el mineral que adormece
aunque capas extensas lo sepulten,
espera el esfuerzo sin medida.
¡Que lo saquen, lo trabajen, le den vida!

No está ausente el pensador si hoy callado
sus palabras en nada se traducen,
espera el corazón amigo que le hable,
a la gente sensata que le escuche.

No está el amor olvidado entre nosotros,
aunque ajenos al andar tal nos parezca,
espera simplemente que los hombres:
¡Por sus obras y su entrega lo merezcan!

© Antonio F. Prima Manzano

Del libro: CUAL SUSPIROS

VEINTE POEMAS DE AMOR

Veinte poemas de amor,
de amor de verdad ¡del bueno!
De un amor que no es engaño,
llanto, traición ni duelo.

Amor que eleva las mentes.
Amor que enciende las ansias.
Amor eterno, perpetuo.
¡Amor que une dos almas!

© Antonio F. Prima Manzano

CON SUSPIROS DE PASIÓN

Con suspiros de pasión se seca mi alma,
sin importarle a nadie mi martirio.
Y se apaga mi vida poco a poco,
presa de un amor imposible y loco.

Qué diera por besar tus labios rojos,
por tenerte una vez entre mis brazos.
Por ahogar mi delirio con el tuyo.
Por encender de amor ¡Tu corazón vacío!

© Antonio F. Prima Manzano

Del libro: JAQUE AL VERSO

DESECHA EL PENSAMIENTO

Desecha el pensamiento que atenaza
y destruye tu mente poco a poco,
pues mirar a la vida sin enojos,
¡es casi ya, dominar nuestros antojos!

No te afanes en quimeras perniciosas,
ni pensar en momentos que no fueron.
La vida sólo es “hoy”, tal vez “mañana”,
pero dejó de ser “ayer”, aunque no plazca.

Ten fe en tu propia vida…
¡En Dios tus esperanza!
Busca felicidad en el ser, en la piedra, el abrojo,
si sonríes al mundo, ¡verás qué enorme gozo!

Tu vida eres tú y tu conciencia,
el mundo es algo más…,
es sol, es luna, es agua es tierra,
es la gente que queremos ¡y quienes nos rodean!

Brevedad es la vida. ¡Y qué pena!,
si no hemos sabido aprovecharla,
aprendiendo a reír y llorar, ¡que todo es vida!
y la dicha está en llevarla, feliz y conformada.

© Antonio F. Prima Manzano

Del libro: DESDE EL AMOR, LA VIDA Y LA ESPERANZA

SOMOS TÚ Y YO

Somos cual dos sentimientos
distintos y casi igual,
como dos gotas de agua;
tú de fuente, yo del mar.

Somos dos llamas ardiendo;
de cera es tu crepitar,
yo, tosca lengua de fuego
que dormita en un volcán.

Somos cual dos eslabones;
de oro y de gloria tú,
yo de hierro, mudo símbolo
de dolor y esclavitud.

Somos como dos caminos
divergentes sin final,
que cuanto más avanzamos,
más separados están.

© Antonio F. Prima Manzano

AMAR Y PERDONAR

Aunque tanto te duelan los agravios
que por mil contarían cada cana,
no lo olvides jamás cada mañana,
¡nada enturbie tu fe, ni dañe tu alma!

Que es camino de abrojos y de zarzas
el camino del justo que no engaña,
el que mira a lo alto y no repara,
en zancadillas, vallas, trampas.

El que sabe trocar en amor, palos y ofensas,
devolver con perdón, clavos y espinas,
responder con el olvido malas sañas,
y pagar con sonrisas, puñaladas.

Y marchar por la vida confiado
sin dolerte lo sufrido y aprendido,
con la firme convicción de haber amado,
¡a quienes te han escupido!

© Antonio F. Prima Manzano

Del libro: VERSOS A UNA MUJER

NO VOLVERÉ A SOÑAR

No volveré a soñar.
Lo prometí a mi mismo.
Ni a tocar con mis manos
las estrellas.

No volveré a beber
del néctar de las flores,
ese elixir, de mieles
y canela.

No volveré a soñar
en las grandezas,
que hacen de un corazón libre,
un alma férrea.

Me ceñiré, tan sólo a lo ordinario.
Sólo a eso. A todo aquello
que sin sueños se alcanza,
¡paso a paso!

© Antonio F. Prima Manzano

VENDRÁS Y VOLARÁS CONMIGO

Vendrás y volarás conmigo, ¡amada mía!
Soñemos, retornar al Cenit de donde partimos,
y otra vez, aún con más amor si cabe,
revivirán nuestros gozos y sentidos.
Mis sueños serán tus sueños,
mi vida la tuya, mi muerte, tu muerte,
mi destino el tuyo,
con toda la intensidad de mis ansias.
Ven, volemos de nuevo.
Dejemos atrás los días…, los años…,
las esperanzas, los anhelos, los arrebatos.
Cierra los ojos un instante…,
y desde las entrañas de donde todo es creado,
renacerá de nuevo otro mundo,
hecho a la medida de nuestro amor.
Ven a volar y a soñar conmigo, ¡amada mía!
Allí, donde se termina la esperanza,
donde el futuro es presente.
Allí, en ese excelso lugar,
donde toda la prosa de nuestras vidas,
¡se convierte en poesía!

© Antonio F. Prima Manzano

ARTÍCULOS APARECIDOS EN PERIÓDICOS, DE ANTONIO F. PRIMA o SOBRE ÉL

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Artículo de nuestro socio y periodista Graciliano Martín Fumero, de Canarias. Glaciliano es un importante escritor canario que cada semana nos sorprende con el descubrimiento de un personaje de importancia literaria, tanto español como de cualquier parte del mundo, en su espacio Ventana Literaria del periódico El Día. En esta ocasión glosa la figura de nuestro también socio y escritor valenciano, Antonio Prima.
Está fechado el 22 de junio de 2012.

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Artículo de Graciliano Martín Fumero sobre Antonio Prima

Artículos de Antonio F. Prima Manzano

Reseña del libro de Antonio Prima, "Cuentos a Marc", por Isabel Oliver,
publicado en la revista de la asociación castellonense ALCAP.

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Corondel, catálogo de Cultura, nº 19. "Cuentos a Marc" de Antonio F. Prima Manzano. Reseña de Sebastián M. Cremades.

Corondel, catálogo de Cultura. Cuentos a Marc" de Antonio F. Prima Manzano

© Antonio F. Prima Manzano

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