José Antonio Olmedo López-Amor

Narrativa • José Antonio Olmedo López-Amor

Primer Premio de Poesía Ateneo Blasco Ibáñez, enero 2016

TENER POR QUÉ MORIR

«Acabas de cumplir ochenta y dos años. Has encogido seis centímetros, no pesas más de cuarenta y cinco kilos y sigues siendo bella, elegante y deseable. Hace cincuenta y ocho años que vivimos juntos y te amo más que nunca. De nuevo siento en mi pecho un vacío devorador que sólo colma el calor de tu cuerpo abrazado al mío».
André Gorz. Carta a D. Historia de un amor

Dureza de corazón
(Vértigo)

Vagamos tiempo atrás en la inocencia,
en ese albor que la traición disipa.
Ambos dolimos mudos, fuimos indefensión,
el mal nos hundió en llanto
pero no sucumbimos al veneno del odio.
Sobrevivimos siendo fuego
entre corazones de hielo.
Volvimos del fracaso y la derrota
completamente llenos de ternura.
Resistir el azote del desdén,
resistir el adiós de almas queridas
reconvirtió a los mártires
en héroes anónimos;
héroes que se aman, que nos amamos,
más allá del engaño y la desidia,
más allá de razones y de tiempos
con la belleza incólume
de cielos intocados.

Dulces perdedores
(Adelgazamiento)

No triunfaremos,
porque ello exige ser
un poco más malvados.
Nuestra lucha es absurda,
no hay reconocimiento para el que ama.
La santidad de ser —los dos al tiempo—
aquello que debemos
será la salvación, la confusión,
será el precioso añil de negros tiempos;
proeza,
carne de burla,
prebenda única a tal esfuerzo.

Converso a tiempo
(Tos)

Creí en el viejo método del ciego:
apartarme del mundo,
buscar la soledad —y la lectura—,
abstraerme, obstinarme
en la obediencia a occipitales credos.
Sentí perder el tiempo si vivía,
me olvidé de la esencia.
Hasta que un día la posible pérdida
de ese amor resistente por tus dones
turbó mis ojos de otra forma;
¡qué equivocado estuve!
Así a partir de entonces
juré no defraudarte,
pues era defraudarme
y defraudar al mundo.

Reconocerme en ti
(Disnea)

No deberíamos sobrevivir
a nuestros hijos.
¿Cuándo vendrá la muerte?
La muerte de los cuerpos.
En nuestro primer beso sentí mis labios;
en el primer abrazo reconocí mis brazos;
y así fue siendo,
en las primeras veces
ya lloraba en silencio por las últimas.
Reconocerme en ti
es lo más grande que he vivido,
acariciarte,
despertarme a tu lado,
no ser jamás poeta,
ser poesía.

Aceptación de la muerte
(Dolor torácico)

Mi cuerpo, como el tuyo,
será víctima más de los procesos
de esta vida y su herrumbre.
En las arrugas
apenas quedará —de luz— espasmo,
apenas nuestros cuerpos
podrán andar dos pasos;
esa distancia eterna
para el deseo inmóvil.
No maquillemos más las calaveras,
cuando el polvo regresa
todo lo cubre.
El tiempo hará el trabajo de las lenguas:
pudrir lo incorruptible.

Nos amaremos después de la muerte
(Síndrome de Horner)

Seremos lo que hagamos juntos;
serena devoción del dulce daño.
No hay pecho que soporte tanto magma,
no hay ciencia que lo explique ni nos cambie.
Vi por primera vez el mar
en tu mirada,
tu cuerpo en mi caligrafía,
mi bondad a tu lado;
ya nada retendrá
a este alma en primavera;
tu amor desatará los nudos,
el mío, en la deriva, será el faro,
y bogaremos juntos, hacia el norte,
muy lejos de la envidia en tolvanera,
lejos de todo cuanto exista
para amarnos después de haber amado.

Consagración
(Muerte)

Siempre escribí por ti,
ahora para ti y me contradigo,
pues prometí no hablar de amor,
no hablar en verso,
pero el amor empuja.
Tu amor me enseña y me equivoca,
mis sentimientos danzan
—lo quiera o no— por tu hermosura.
Tener por qué vivir, después de todo,
tener por qué morir.

©José Antonio olmedo López-Amor

V CERTAMEN LITERARIO ATENEO BLASCO IBÁÑEZ 2014 PRIMER PREMIO EN LA MODALIDAD DE NARRATIVA.

Un Día Cualquiera

“Que un ser humano debe ser totalmente suprimido de la sociedad porque es absolutamente malo,
equivale a decir que la sociedad es absolutamente buena, lo cual ninguna persona sensata puede creer en la actualidad”.
Albert Camus

Eran las nueve de la mañana en Kismayo, una ciudad portuaria en la región de Jubaada Hoose en Somalia, una ciudad fundada por los Bajuni, una población mixta formada por bantúes y árabes. A esa hora, los pescadores del río Juba -que desemboca en el Índico- se preparaban para recibir la primera remesa de pescado que después sería vendida en el mercado.

Kismayo estaba gobernada por milicias de Al Shabab, grupos de señores de la guerra que intentaban instaurar un estado musulmán de corte wahabí tras haber combatido durante años en largas guerras civiles contra tropas de AMISOM, fuerzas etíopes y milicias progubernamentales.

Aisha Ibrahim Duhulow era una muchacha risueña, de cabello negro y complexión delgada, llegó a Kismayo hace tan sólo unos meses, provenía de Hagardeer un campo de refugiados ubicado al nordeste de Kenya. La joven vivía con su padre, un respetado carpintero en la región, su madre falleció hace dos años de pulmonía.

Hace unos días que Aisha celebró su trece cumpleaños y de camino a la escuela -y sin decírselo a nadie- quiso estrenar un perfume de contrabando que su padre le regaló. Salió como todos los días, con su mochila a la espalda, caminaba unos pasos y después volvía hacia atrás para oler el rastro de aquel aroma tan exótico, cerraba sus ojos y sonreía al comprobar que era muy agradable. Aisha no conocía el amor de pareja, aunque su cuerpo ya sufría los periódicos dolores de la menstruación, nunca besó a nadie ni había sentido atracción física por ningún niño de su edad. Ella miraba el mundo a través del cristal de los sueños, unos sueños llenos de imposibles e inocencia.

En su trayecto a la escuela pasó por delante de un cuartel militar, en la puerta, un miliciano distraído leía un periódico cuando el olor del perfume de la niña llamó su atención y observó cómo se alejaba. El joven guerrillero, que ya se había fijado en Aisha en otras ocasiones, advirtió a dos milicianos más que estaban en el interior del cuartel y salieron detrás de la pequeña. Cuando tan sólo faltaba una manzana para que Aisha llegara a la escuela los milicianos le interrumpieron el paso, la muchacha asustada quiso huir pero entre los tres hombres la retuvieron y la forzaron a marcharse con ellos. Caminaron durante unos minutos, los chicos iban armados y la condujeron hasta una fábrica abandonada, allí, quitaron con cuidado la tela que envolvía su cuerpo y su rostro y quedaron prendados tanto por su belleza como por el aroma que desprendía. La muchacha jadeaba, sus ojos lagrimeaban nerviosos, los milicianos depositaron su envoltura con cuidado para después volvérsela a colocar intacta. Uno de ellos apagó un cigarro, el otro dejó sus armas en el suelo, y los tres se quitaron varias cartucheras de balas que llevaban por el cuerpo. La niña aterrorizada temblaba como un cachorro recién nacido, uno de sus secuestradores se acercó y le arrancó la camisa de un manotazo, ella gritó y le propinaron un revés en la cara, la estiraron del pelo mientras otro de ellos le quitaba los pantalones. La pequeña observaba las ventanas sin cristales de aquella fábrica esperando que alguien viniese a rescatarla, pero era tal el miedo que sentían los habitantes de Kismayo que nadie hacía nada por nadie.

Los milicianos abusaron de ella, primero uno, después el otro, y así sucesivamente se fueron turnando, mientras la golpeaban y realizaban con ella toda clase de atrocidades.

Cuando se hallaron saciados la soltaron, estaba semiinconsciente, uno de ellos sacó un machete de grandes dimensiones y lo colocó en su cuello, la niña con los ojos medio cerrados podía oler su apestoso aliento alcoholizado, aquel bastardo la amenazó con matarla si contaba algo de lo que había ocurrido, la pequeña se desmayó, le arrojaron su ropa y su mochila y se marcharon de aquel lugar.

Aisha no pudo acudir a clase aquel día, a las dos horas de aquel suceso despertó entre los escombros, todo su cuerpo era una herida, tocó su vientre arañado con su mano, una vida estaba gestándose en su interior, se vistió e incorporó como pudo y regresó a su casa. Su padre al volver del trabajo por la tarde la encontró en su habitación, golpeada, ensangrentada y llorando desconsoladamente. Se sentó a su lado en la cama y la agarró por los brazos, vio su semblante martirizado y le preguntó qué había sucedido, la pequeña guardaba silencio pero tras la insistencia de su padre por saber el motivo de su estado, Aisha, entre llantos y balbuceante, confesó la violación y agresión de los milicianos. Su padre, compungido e impotente la abrazó y lloraron juntos.

Al día siguiente, mientras ambos desayunaban, su padre le reprochó que hubiera hecho uso del perfume sin su permiso, aquel había sido un regalo para ser disfrutado en fiestas familiares, la pequeña no comprendía los reproches de su padre, en su interior ardía un gran deseo de venganza, de justicia, pero el padre la aconsejaba que no dijese nada a nadie y lo dejase correr. Aisha transformó todo su dolor en rabia y reveló a su padre que tenía intención de denunciar los hechos ante las autoridades, algo que su padre desaconsejaba por completo. Las leyes de países en guerra o divididos por etnias o creencias no garantizaban la justicia a sus habitantes entre muchas otras cosas, pero eso era algo que Aisha ignoraba. Hablaron durante largo tiempo y antes de marcharse al trabajo, su padre la convenció para que se quedase unos días en casa, por lo menos hasta que sanasen las heridas de su cara y de sus ojos ya que las demás podría ocultarlas con sus ropajes. La muchacha asintió, pero en cuanto su padre salió por la puerta cogió sus cosas y se dirigió a la comisaría más cercana. Los milicianos, que temían que la niña desobedeciese sus amenazas y los denunciara, ya habían previsto esa posibilidad y colocaron a un muchacho de la calle a que espiara en la puerta de su casa. Cuando Aisha salió a la calle, el chico encargado de vigilarla salió corriendo a avisar a sus compinches. La joven anduvo una calle, otra, y cuando finalmente iba a llegar a su destino volvió a cruzarse en su camino con los milicianos sonrientes. Esta vez la agarraron, la subieron a un jeep y la llevaron al cuartel, allí fue introducida en una celda. Ella gritaba y gritaba mientras uno de los milicianos daba órdenes a varios chicos descalzos que solían jugar por las calles del barrio, Aisha observó cómo les entregaba a cada uno unos chelines y se despedían presurosos. No comprendía bien qué estaba ocurriendo. Transcurridos unos minutos empezó a escuchar gritos y voces en la calle, un murmullo, un gentío que poco a poco iba creciendo. Los muchachos sobornados corrían por los suburbios propagando a voz en grito a los vecinos que a las seis de la tarde habría una lapidación, existía una ley muy vigente que obligaba a todo aquel que escuchara un llamamiento como este a asistir a la cita.

A los más curiosos que se acercaban a preguntar el motivo del castigo así como la identidad del ajusticiado, se les respondía que la víctima tenía veintitrés años y que su delito había sido el adulterio, por supuesto que a nadie le permitían verla. Aquello comenzó a correr como la espuma. En el estadio de las lapidaciones comenzaron los preparativos. Avisaron al anciano que presidía la comunidad religiosa local, hicieron un pedido a la cantera. Transcurrieron unas horas, antes de que unas señoras comenzasen a amordazar a la pequeña, entró en el calabozo -por casualidad- el acompañante de un preso que casualmente era un buen amigo del padre de la condenada, así que, tras quedar sorprendido por saber la identidad del próximo lapidado, se marchó de allí disimulando en dirección al taller de carpintería de su padre. Faltaban cincuenta minutos para la ejecución cuando las señoras encargadas de amordazar a la pequeña lo hicieron y cubrieron todo su cuerpo con un sudario blanco.

En el estadio comenzaron a congregarse decenas de personas. Aquel recinto era custodiado por grupos de milicianos armados, ya se había avisado a un grupo de sanitarios, el amigo del padre llegó al taller de carpintería pero uno de los trabajadores le comunicó que el padre de la pequeña había salido a comprar unos materiales.

A través de unos altavoces colocados en postes comenzaron a emitirse unas oraciones que repetían las gentes del estadio, cada vez eran más y más, un número asombroso de personas que dejaban aquello que estaban haciendo para presenciar un espectáculo terrible. Unos muchachos comenzaron a excavar la tierra mediante pico y pala por orden del líder religioso, poco a poco fueron amontonando la tierra que extraían y abrieron un hueco en el suelo aproximadamente de noventa centímetros de hondo por ochenta centímetros de ancho. Los relojes ya marcaron las seis de la tarde. Parecía que no cabía un alfiler en ese estadio, cerca de un millar de personas esperaban intranquilas la llegada de la condenada. En aquel momento llegó el jeep con el cuerpo envuelto de la joven, se produjo una algarabía en la muchedumbre, los espectadores propinaban insultos y maldiciones, estos acontecimientos servían para que todo aquel reprimido desahogara todas sus frustraciones y su furia impunemente.

Extrajeron a la niña del interior del vehículo entre varias personas, la cargaron e introdujeron en el agujero en posición vertical de manera que sus pies quedaban enterrados. Unos muchachos cargados con palas comenzaron introducir la tierra extraída de la excavación nuevamente en el interior del agujero de manera que la persona allí ubicada quedaba perfectamente erguida y atrapada. El líder de la comunidad religiosa comenzó a proferir rezos que los presentes contestaban. Los cánticos por megafonía cesaron. La multitud calló. Nadie osaba interrumpir el silencio. La pobre niña respiraba dificultosamente y rascaba con sus pies desnudos la tierra apelmazada entre sus dedos.

En ese instante se escuchó un ruido de motor cada vez más intenso, se trataba del camión de la cantera que venía cargado de piedras. La gente comenzó a apartarse para que el camión se acercara y cuando hubo llegado al lado de la víctima, unos muchachos que iban con la mercancía vaciaron las piedras del camión ayudándose de unas palas. Las rocas debían ser lo suficientemente grandes como para causar daño y lo bastante pequeñas como para no ocasionar la muerte de forma rápida.

El líder espiritual de la comunidad se puso frente a la víctima, a su alrededor todo el suelo estaba cubierto de piedras de varios tamaños, en ese preciso momento el padre de la niña llegaba al estadio y se abría paso entre la multitud. El líder religioso tomó una piedra del suelo, la mostró a la multitud y la lanzó contra la niña. Esa era la señal para que todos los demás procedieran a hacer lo mismo y así fue, el silencio se rompió con una maraña de gritos e insultos, una piedra golpeó la espalda de Aisha y le quebró una costilla, la siguiente le impactó en la pierna, hombres, mujeres y niños lanzaban con furia sus guijarros, el polvo se levantaba en una nube, el padre gritaba y gritaba, no conseguía llegar al lugar de los hechos. Otra piedra impactaba en la cabeza de la muchacha provocándole una brecha, otra en el cuello dejándola malherida, su cuerpo se inclinaba, y poco a poco la sábana blanca que la cubría se fue tiñendo de rojo, su cuerpo se retorcía, se inclinaba, otra piedra a la cabeza, otra a la espalda y así fue sepultada por un manto de piedras, ya no se veía su cuerpo, así que todos detuvieron sus lanzamientos y se hizo de nuevo el silencio. Una voz gritó para que alguien comprobara si todavía estaba viva, por lo que el líder espiritual ordenó a unos sanitarios que retiraran las piedras que la cubrían y constataran sus signos vitales, dos muchachos se arrojaron al suelo y con sus manos retiraron las piedras. Algunos presentes tenían el corazón en un puño, no se atrevían a llorar pero el miedo los atenazaba. En ese momento el padre alcanzó el lugar de la lapidación e intentó arrojarse sobre su hija, pero unos milicianos lo detuvieron y lo colocaron frente al sabio religioso. El padre gritó que la niña sólo tenía trece años, lo gritaba una y otra vez, a lo que el líder le contestaba que el pecado de adulterio es el mismo en todas las edades. El padre lloraba sin consuelo, no se entendían sus palabras, cuando uno de los sanitarios ya acercando su oreja al cuerpo de la joven pidió silencio a la muchedumbre. Escuchó durante unos segundos y pudo comprobar cómo la niña todavía emitía sonidos guturales así que gritó que todavía estaba viva. El caudillo de la comunidad ordenó que siguieran lapidándola hasta la muerte y el padre enloqueció de tal manera que entre tres hombres no eran capaces de sujetarlo. El público volvió a armarse de piedras pero en un grupo de personas surgió la piedad y se colocaron delante de la niña, querían protegerla y evitar que siguieran masacrándola, se produjo una situación violenta, se amenazaron unos a otros, los milicianos armados se acercaron al núcleo de la protesta, el padre quería zafarse de sus captores, la niña movía ligeramente su cabeza. Después de unos segundos de tensión se llevaron a la fuerza al padre unos metros más lejos, un miliciano perdió los nervios y lanzó una ráfaga de balas con su ametralladora a los sublevados, esto produjo que se dispersaran, un niño resultó herido, al momento la muchedumbre se acercó y prosiguieron con la lapidación. Una piedra fue lanzada al ojo y lo hizo explotar, otra fracturó un brazo, otra impactó en varias costillas, bajo el sudario, las plegarias, la sangre y las lágrimas se mezclaron con un último estertor de muerte, Dios no tuvo a bien salvarla y ya fallecida, siguió siendo apedreada. Se escucharon llantos entre la gente, todos se detuvieron y comenzaron a retirarse, se acercaron los muchachos de las palas e hicieron un ademán para que se volviese a acercar el camión, entonces comenzaron a cargar de nuevo las piedras para dejar limpia la zona. Una mujer lloraba desconsolada por encima de todas las demás, era la madre del niño herido en la ráfaga, había muerto y sostenía su cadáver entre los brazos. Soltaron al padre y al borde del desvanecimiento se arrojó sobre las piedras que sepultaban a su hija, con zarpazos histéricos trataba de apartar las piedras pero al mismo tiempo se lesionaba y sangraba, lloraba y gritaba de una forma tan descarnada, que algunas personas se ofrecieron a ayudarle. Cuando casi los huesos asomaban por las yemas de sus dedos descubrió el sudario ensangrentado de su hija, la agarró e intentó levantar su cuerpo pero no pudo porque tenía sus piernas sepultadas en la tierra, así que se puso a excavar con sus manos, los demás lo ayudaban, hasta que por fin pudo cogerla en brazos. Entre lágrimas proclamaba oraciones, dejó su cuerpo en el suelo y se dispuso a descubrir su cuerpo, algunos se opusieron a ello, la visión destrozada del cuerpo de su hija podría trastornarlo para toda la vida, pero él forcejeó con quien trató de impedírselo y finalmente la descubrió. Aquella imagen lo impresionó de tal manera, que su pelo encaneció de repente y quedó sin habla. A su alrededor, los demás cubrían sus ojos, la cara de la niña era la viva imagen del espanto, no había palabras para describir tanto dolor. Aquel hombre cayó de rodillas y perdió el conocimiento. Todo volvió a la normalidad en Kismayo, el estadio quedó vacío y cada cual volvió a su rutina. Ésta era simplemente una historia más de tantas que aquí sucedían, lamentablemente había personas acostumbradas a esto, otras horrorizadas trataban de huir dentro de sus posibilidades por temor a que les sucediera lo mismo. Lo cierto es que el padre -días después- quiso denunciar los hechos, contar al mundo la verdadera historia de su hija, que nunca fue mancillada por un hombre y por lo tanto nunca fue infiel, que todo fue una mentira inventada por sus violadores para deshacerse de ella porque tuvo el valor de contarlo. Pocos le hicieron caso, incluso en una radio local proclamaban que la mujer de veintitrés años se había presentado en dependencias de las autoridades a confesar su adulterio y se entregaba voluntariamente a sufrir las consecuencias de su pecado. Todo un complot a nivel general para encubrir la vulneración de los derechos humanos, para encubrir la perversa utilización del poder y conseguir satisfacer a toda costa los vicios y placeres.

Pocos creyeron la verdad. Tanto que en los días siguientes y después de que el padre comunicase la noticia a los medios, ninguno se hizo eco de ello y seguían llenando sus portadas con titulares excéntricos y frívolos. Una vergüenza que, por desgracia, sigue repitiéndose a día de hoy.

© Heberto De Sysmo

III CERTAMEN LITERARIO ATENEO BLASCO IBÁÑEZ 2012
I PREMIO EN LA MODALIDAD DE NARRATIVA. Autor: José Antonio Olmedo López-Amor

El Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal

Como la rutilante grandeza del microscópico átomo de la materia, el Hombre siempre se ha creído el orgulloso gobernante de las razas y los mundos, pero si de una vez alzara su mirada al Espacio y contemplara y sintiera en su carne toda su insignificancia, cambiaría toda esa soberbia ingente con aires de grandeza por la humilde ingenuidad con la que un niño juega con un juguete que no sabe de dónde ha salido, y no sabe porqué juega, ni hasta cuando, ni para qué.

En alguna región insospechada del gigantesco Universo, tenía lugar una conversación telepática entre dos entidades, conversación sostenida en el interior de lo que conocemos por “nave espacial”…

- ¿Están listos los niños?
- siiii, claro, es la enésima vez que me lo preguntas, ¿no crees que les das demasiada importancia?
- simplemente quiero hacer bien mi trabajo
- ¿trabajo? ¿acaso nos pagan por hacer algo así?
- oye, está claro que tú y yo somos muy diferentes, así que limítate a llevar a cabo tu parte y no acabes con mi paciencia.
- pero si sabes que aunque no lo hiciéramos tampoco pasaría nada, tarde o temprano terminan aniquilándose
- esta vez será diferente, el programa está más desarrollado
- pero si sabes que son primarios, violentos, instintivos y sólo saben utilizar el diez por ciento de su capacidad cerebral
- mientras haya planetas donde ellos puedan prosperar y tener una nueva oportunidad lo seguiré intentando, seguiré colaborando con la causa
- lo que tú digas, está terminando la proyección de los valores humanos
- perfecto, en cuanto crucemos las coordenadas de los corales afrisales empezaremos con los preparativos.

Mientras tanto, en un aula especial de la aeronave, dos niños de corta edad; Rebeca y Abraham visualizaban imágenes animadas proyectadas por las paredes del recinto, paredes formadas de algún material parecido al cristal que tenían multitud de usos y uno de ellos era ser pantalla panorámica.

Los muchachos fueron reclutados de diferentes partes de la Tierra, no se conocían ni hablaban la misma lengua, pero reunían los requisitos necesarios para llevar a cabo con ellos los planes de las entidades y después de pasar por varios trámites de procesos científicos, podrían relacionarse y comprenderse el uno al otro.

Mientras la lluvia exterior de láminas de coral se arremolinaba en torno al bólido espacial envolviéndolo en nubes multicolores, en varios laboratorios de la nave se terminaba de codificar un antiguo proyecto de varias fases que había sido restaurado para perfeccionarlo, el proyecto “Empedócles”. Se trataba de dos “microchips” de tecnología vanguardista, que más tarde se insertarían en los cerebros de los niños, precisamente en una cavidad parietal, lugar donde, una vez hubieran realizado su trabajo, podrían ser extraídos sin problemas ni secuelas.

La segunda fase del proyecto incluía un árbol de cualidades asombrosas, un híbrido entre tecnología y naturaleza, un ramificado mastodonte que contaba con una parcela de vida propia y otra de inteligencia artificial manipulada.

Los “microchips” eran llamados “eslabones”, y al árbol se referían por “emisario”.

El emisario ya había sido instalado en la zona precisa del planeta que pretendían colonizar, muy pronto se procedería a la inserción de los eslabones y con ello a garantizar la supervivencia de una raza que, debido a su propia ambición e ignorancia tenía los días contados.

Las entidades que habían organizado tan estudiado plan, provenían de latitudes remotas del Universo, poseían una tecnología nunca vista y más avanzada de lo que ningún mortal podía imaginar, pero se sabía muy poco acerca de ellos, eran muy discretos, y nada hostiles, pues además de avanzar en sus conocimientos tecnológicos acerca de la aeronáutica, manipulación de la materia y aprovechamiento de las energías naturales, habían desarrollado conceptos inverosímiles para la comunicación, así como el transporte, pero si hay algo que cabe destacar verdaderamente de estas entidades misteriosas, era su moralidad. Habían desarrollado una capacidad equitativa y equilibrada envidiable, profesaban dogmas de respeto y armonía con el Cosmos, se desconocía si eran mortales o inmortales, lo cierto es que gracias a ellos la Humanidad volvería a gozar de otra oportunidad.

Aunque pareciesen semidioses comparándolos con los humanos, no lo eran, también tenían sus limitaciones en casi todos los ámbitos y rendían culto a una supuesta entidad superior a la que denominaban “Fátum”.

La aeronave ya había superado las coordenadas de los corales afrisales y Abraham ya estaba siendo intervenido quirúrgicamente, Rebeca esperaría su turno, el programa establecido estaba siendo todo un éxito.

La nave de las entidades no se propulsaba mediante ningún motor a combustión, ni utilizaba combustible orgánico ni nada parecido, lo hacía mediante un sistema muy avanzado de navegación por radiaciones. Las radiaciones en el Universo permanecían por doquier, unas en movimiento, otras estáticas, un voluminoso aparato las detectaba y decodificaba para emplearlas en fusiones con elementos desconocidos. El resultado de esas fusiones se condensaba en rayos invisibles propulsados a través de catalizadores naturales y les servía para desplazarse. Un programa matemático aplicado por computadoras vivas les ayudaba a ir desglosando vectores del espacio, de esa manera veían qué clase de energías poblaban la zona analizada y las catalogaba para su uso. Disponían de una fabulosa materia maleable, blanca y fría llamada “Verso” que era extraída sin descanso del único lugar donde se encontraba, un planeta-cometa del mismo nombre. Esa materia era disparada en chorros contra los agujeros negros, tenía la cualidad de hacer visible la materia oscura y además de eso, de configurar las fluctuaciones de materia desordenada de los agujeros negros de manera que, si se atravesaban en el mismo momento en que eran disparados por rayos Verso, servían de puertas dimensionales.

Rebeca estaba siendo coronada con su eslabón, Abraham seguía recibiendo proyecciones visuales y comenzaba a notar la presencia de nuevos estímulos cerebrales.

Los eslabones debían garantizar la existencia de los niños, debía inspirarles ante los problemas para llegar a su solución, debía instarles a procrear entre ellos, debía orientarlos entre el campo incultivado de su inmadurez, garantizar su supremacía ante las demás criaturas que encontraran y sobre todo motivar su evolución. Mediante descargas de mensajes a través de los sueños o intuiciones tomadas como personales, debían encontrar el camino hacia su supervivencia, instaurarse como los pobladores de un nuevo mundo, ser los protagonistas de una gran historia pero ajenos a todo el proyecto que los apadrinaba.

Las entidades podían borrarles recuerdos, e introducirles otros recuerdos diferentes, podían dejarlos sin memoria o atribuirles una memoria sin precedentes de caudal insospechado, podían otorgarles cualidades milagrosas, por las cuales serían tomados por dioses por los demás seres inferiores, pero esa no era la misiva de sus poderosos protectores. Gozarían de la solidaridad de una raza superior pero sólo hasta el momento en que dejaran de merecerla.

Sabiendo tan sólo unas pocas de las cualidades de estos seres sin nombre, resultaba inconcebible pensar en la magnitud de la entidad que ellos mismos veneraban. ¿Acaso sería Fátum el verdadero creador de lo visible e invisible? ¿o por el contrario hasta el mismo Fátum adoraba a otros dioses más superiores que él?.

El planeta del que provenían los niños, la Tierra, estaba siendo amenazado por una global guerra nuclear, era de inminente estallido, un efecto dominó desencadenante de la mayor de las tragedias, la que impedía la vida humana y su sustento. Una guerra provocada por el animalismo humano, la ambición, el interés, la poca inteligencia aplicada a administrar los recursos naturales y por supuesto, la codicia, tan arraigada e las personas de ese planeta como su ignorancia.

Las entidades superiores, conscientes del panorama de la sociedad en la Tierra, urdieron el plan de secuestrar a los niños para evitar la extinción de su raza. Habían vaticinado el descalabro económico mundial y de valores humanos debido a sus múltiples visitas a través de los siglos, habían estudiado al ser humano sin que él lo supiera, sabían de su arrogancia, así que movidos por un sentimiento altruista decidieron dar vida al proyecto Empedócles, ellos se encargarían de controlarlo todo, de mantener el contacto con los niños, de manipular el comportamiento del emisario, por lo menos, hasta que fuera estrictamente necesario. Después de cumplidos los objetivos deberían retirar los eslabones sin rastro alguno, así como desconectar la parte artificial del emisario para que pudiera seguir creciendo y viviendo de manera natural y sin vestigio alguno de sus ocultas funciones.

Su filosofía se limitaba a ayudar a los demás y evitar influir negativamente en todo aquello que les rodeaba, era importante mantener el equilibrio de vida en el Universo, las generaciones debían seguir su curso, incluso utilizaban su capacidad para viajar en el Tiempo de manera casi imperceptible, todo un ejercicio de honestidad y principios.

Tan sólo a simple vista, tenían estos seres algo en común con los humanos, y era que, aunque habían escalado cientos de peldaños en la escala evolutiva, no habían podido deshacerse completamente de la maldad. Una ambigüedad congénita convivía en sus genes, ambigüedad a la que trataban de dominar mediante tratamientos casi mágicos, la misma volubilidad humana que hacía pasar de lo correcto a lo incorrecto recorría sus moléculas y les hacía vulnerables.

Rebeca y Abraham estaban siendo deslumbrados por los eslabones, sus sistemas nerviosos ya recibían órdenes precisas, la astronave ya se adentraba en la atmósfera del planeta elegido, unas sacudidas lo anunciaban, a estas alturas en el lugar exacto donde se debía ubicar el planeta Tierra debía haber una tormenta de piedra y gases, la terrible guerra atómica había amenazado siempre con destruirlo todo y finalmente se cumplieron los oscuros designios de las profecías.

A pesar de la corta edad de los niños, tenían que sobrevivir hasta en las peores condiciones, de cualquier manera, una vez abandonados a su suerte en el desconocido planeta la figura del emisario cobraba mayor relevancia. Su función primera y vital era la de abastecer de frutos comestibles a los pequeños, una protección ante cualquier bestia amenazadora puesto que podían subir por sus ramas a una altura considerable, un cobijo, ya que existían partes huecas dentro de la enorme envergadura donde se podían ocultar para guarecerse del frío u otras calamidades. Su capacidad de dar frutos era inextinguible y rápida, podía volverse luminiscente en la oscuridad, serviría de transmisor acústico si hiciera falta, estaba plagado de sensores informativos; de temperatura, de movimiento, de sonido, de densidad…etc, todo un prodigio de la bioquimirobótica. Si resultara dañado, él mismo se podía autoreparar, a través de unas articulaciones ocultas podía incurrir en movimientos, mediante unas membranas holotemporales podía representar figuras físicas y sobre todo, haría la función de centinela comedido, enviando informes de cada incidencia o hasta pidiendo ayuda si por cualquier circunstancia los eventos le superaran en magnitud o importancia.

Los sistemas de aterrizaje de la nave ya se desplegaban para dar por finalizado el trayecto, comenzaban las maniobras pertinentes para tocar suelo, mientras, en una de las habitaciones permanecían los niños, sentados en sillones de seguridad, juntos, amordazados, de repente sus miradas se cruzaron y como si se hubiesen visto por primera vez, comenzaron a hablar entre susurros y en una lengua que ambos comprendían…

- Hola, me llamo Rebeca
- hola, yo soy Abraham
- dame la mano
- me gustan tus ojos
- a mí me gusta tu sonrisa
- gracias
- ¿estás temblando?
- tengo frío y miedo
- descuida, estoy contigo
- creo que van a abandonarnos
- no te preocupes yo me encargaré de protegerte
- pero nos moriremos de hambre
- eso jamás ocurrirá, yo cazaré para ti
- no me sueltes
- tienes la piel muy suave
- quédate siempre conmigo
-tranquila, nunca te abandonaré.

Los roles de los niños-colonos estaban dispuestos, la amistad nacería entre ellos, después el cariño y así sucesivamente en una escala de afectos hasta llegar al Amor, debían consumar toda su atracción y perpetuar la especie con el rito del sexo, pobres niños de inocencia adulterada.

Los eslabones corrompían el librepensamiento con sus mandatos, el albedrío azaroso era sustituido por certeras directrices, todos los géneros representados en la comedia de la vida, eran mejorados en este guión estudiado, en esta pantomima esperanzadora, sólo quedaba saber qué papel habría de coger la Maldad, el Azar, o la Muerte. Pero ¿hasta qué punto obedecería la mente humana las recomendaciones de los eslabones? ¿sería capaz de obedecer siempre o tarde o temprano se dejaría llevar por los instintos?.

Gran parte de los sensacionales atributos internos del emisario, eran posibles gracias unas ramificaciones venosas de material carnoso y umbilical. Esos canales le unían con la naturaleza y una vez recibida la señal precisa se desintegrarían y fundirían con la tierra sin dejar rastro.

El planeta donde pretendían soltar a los niños se encontraba a millones de años luz de la Tierra, de tamaño aproximadamente tres veces más grande, y con mucha más extensión de tierra y menos de agua. La atmósfera era en su mayoría de oxígeno, pero de mucha más pureza que el terrícola. Los paisajes naturales, de insultante belleza, ríos púrpura y valles de texturas metálicas, montañas de minerales exóticos y nuevos, razas de animales desconocidas, espesura de plantas y flores, luz y color, todo un paraíso de fragancias y delicadezas tornasoladas. Era un planeta con movimiento de traslación alrededor de su sol pero sin movimiento de rotación sobre su eje, por lo que no existían las noches ni los días. Una franja meridional del planeta se encontraba en la linde de las dos mitades, donde los niños debían vivir, en las otras dos partes reinaban la oscuridad y la luz, noche y día perpetuos separados por un anillo de penumbra. Parajes vírgenes y fecundos, ricos y dadivosos, el lugar que toda la Humanidad soñaba.

En la cabina de control de la nave las entidades dialogaban ultimando la descarga de sus huéspedes y su inminente viaje de regreso…

- Aquí es, perfecto, tal y como calculamos, en el tiempo estimado
- esta es la zona indicada, está el manantial bastante cerca, los campos de cultivo, las cuevas, el emisario
- tienen todo cuanto necesitan
- aquí echarán de menos la lluvia, porque no hay nubes
- si pero detestarán las tormentas de partículas que se forman, porque el viento es muy potente e inestable aquí
- es lo más parecido que hemos encontrado
- vamos, acabemos con esto
- a mi señal desconecta todos los sistemas de seguridad y abre las compuertas exteriores
- de acuerdo.

Estos chicos tenían por delante una de las mayores aventuras que se pueden vivir, descubrir un nuevo mundo, descubrirse a sí mismos y ser los protagonistas y padres de una raza. La templanza habitaba sus ojos, pero también la rebeldía, tenían tanto por hacer, que empezarían por jugar con lo primero que encontraran.

La astronave tocó tierra, se silenció todo, unas compuertas gigantescas se abrieron y mostraron el interior, Rebeca y Abraham cogidos de la mano y desnudos caminaban despacio hacia el exterior, un aire perfumado les azotaba los cabellos y les hacía sonreír, sus pies descalzos ya se hundían en la espesa yerba, sus ojos se llenaban de lágrimas, sus corazones de tranquilidad, y en el mismo momento en que la nave se elevó nuevamente ellos corrieron desaforados en dirección a un árbol gigante que destacaba en el fondo del paisaje. Un árbol de ramas plateadas, soberbio, lleno de frutas y vigor, un árbol del que parecía emanar música. Al mismo tiempo que los niños se acercaban al árbol también lo hacía una serpiente de lastimoso aspecto, un reptil que no figuraba en el programa, quizá los chicos tuvieran miedo al verla, o quizá ambos intentaran devorarse el uno al otro, ¿quién sabe? tal vez no se volviesen a ver nunca más.

© Heberto De Sysmo

© José Antonio Olmedo López-Amor ver currículum »

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