Isabel Oliver González

EL COMPLEJO DE INFERIORIDAD CATALÁN Isabel Oliver González
Publicado el 11 de mayo de 2006 en el periódico Diario de Valencia

Es bien sabido que una de las más comunes manifestaciones del complejo de inferioridad es la envidia. Y que ésta se da en el individualismo personal y en el colectivismo social. El sentimiento de la envidia es una emoción que se despierta cuando descubrimos la imposibilidad de competir, bien sea por incapacidad intelectual, económica, o por razones ajenas a nuestra voluntad, pero que nos colocan en una situación de desventaja, aparentemente irremontable, para alcanzar aquellos bienes que otros poseen y disfrutan.

Desde el principio de los tiempos una de las consecuencias de la envidia ha sido la apropiación indebida; y este es el defecto humano precursor del nacimiento de los sistemas jurídicos por los que se rigen todas las sociedades humanas para dirimir conflictos de intereses e impartir justicia, a pesar de que todos sabemos que la Justicia tiene una venda en los ojos, y por tanto, es proclive a la equivocación.

Desde las primeras organizaciones humanas de importancia social, el primer bien que el hombre defiende con su vida es la propiedad, tanto de bienes materiales como de bienes subjetivos como son: la vida de los suyos, el honor y la defensa de las fronteras jurídicas donde vive.

Desde el nacimiento de la filosofía en los siglos VII y VI antes de C. grandes pensadores se han esforzado en dar su versión más autorizada acerca del comportamiento del derecho natural en la regulación del positivismo jurídico, es decir, del pacto social por el que el hombre cede parte de su libertad y se somete a las reglas que regulan la convivencia, a cambio de la protección necesaria frente a terceros, de sus derechos fundamentales.

Sorprende, y hiere profundamente la sensibilidad de un pueblo, el constatar día a día cómo la cesión de libertad de gestión de sus intereses, decisión que en su momento tomaron sus ciudadanos delante de las urnas, a cambio de la elevación de su estado de bienestar socioeconómico y protección de sus fronteras físicas y jurídicas, no sólo no se halla debidamente gestionado y representado, sino que en aras del sagrado precepto de la conservación del poder, no se duda en hacer otro nudo a la venda con que la Justicia oculta sus ojos,

Y digo esto porque esta tarde he abierto un libro para disfrutar de un ameno rato de lectura, y tras algunas páginas, de repente me he encontrado con un gran titulo que reza: "La literatura catalana". En las cuatro página dedicadas a la literatura catalana habla de lo asentada y madura que se encuentra la lengua catalana en su siglo de oro a través de los escritos de Ramón Lull, Francisco Exímenis, Vicente Ferrer… Dice que la gran figura de la lírica catalana es Ausias March, junto a Roís de Corella, Joanot Martorell, Isabel de Villena etc., Calla ominosamente la importancia del lugar de nacimiento de los ilustres citados, de los que sólo Francisco Exímenis es de Gerona. Ramón Llull es mallorquín y todos los demás son valencianos.

Es una enfermedad obsesiva la de los catalanes por querer apropiarse del siglo de oro valenciano que jamás tuvieron. En la sempiterna reivindicación catalana de la lengua valenciana como propia, late un hondo sentimiento de envidia por la grandeza histórica de nuestro reino que Cataluña jamás disfrutó. Me pregunto si el Reino de Valencia no hubiese sido la capital cultural de la corona de Aragón, si no hubiese dado tanta grandeza literaria, y si su economía no hubiese sido tan boyante, hasta el punto de ser un judío valenciano quien pagó el descubrimiento de América, a día de hoy, ocho siglos después ¿estarían reivindicando que la lengua valenciana es la catalana? Sólo un siglo y medio después de su conquista Valencia es la capital cultural de Aragón: la corte se traslada a Valencia y es aquí y no en Cataluña donde florece el arte y la literatura más refinada. El siglo de Oro se da en Valencia y la lengua en que se expresan nuestros grandes autores se llama desde siempre valenciana; no catalana.

Después de ocho siglos de la conquista de Valencia, donde desde el principio a sus habitantes se les denomina valencianos, y a la lengua que hablan valenciana, el asunto debería de estar zanjado.

Es bien sabido que las formaciones lingüísticas son el resultado de un lento proceso de adaptación debido a la mezcolanza de los hablantes, y que acaba conformando una realidad mixta.

La lengua catalana no es un invento catalán. La lengua valenciana, la auténtica, tiene un sonido muy dulce, que contrasta con la dureza del catalán, y está plagada de arabismos.

Pero lo que resulta inadmisible es que el complejo de inferioridad sea tal que el nacionalismo catalán utilice la lengua para conformar así els paisos catalans, anexionando a su territorio a la Comunidad Valenciana, y que nuestros gobernantes lo propicien y lo consientan. Por esta regla de tres Francia tendría todo el derecho de reclamo para Cataluña, pues el catalán viene del provenzal y del lemosín mezclado con sustrato ibero románico.

Los dirigentes catalanes llevan años haciendo daño al pueblo catalán por culpa de sus posturas extremadamente nacionalistas y egoístas. En este afán desmesurado por ser los primeros y más que ninguno, Francec Maciá declaró la república catalana en abril de 1931. Un gesto insolidario con el resto de España que le llevó a retractarse tras ser tachado de oportunista.

El sentimiento de lo justo y de lo injusto es inherente a nuestra condición humana. Y en nombre de ese indiscutible derecho los valencianos reclamamos el cumplimiento del pacto; aquel por el que el pueblo cedió su confianza en las urnas a unos dirigentes para la efectiva defensa de sus derechos.

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Presidente del Ateneo Blasco Ibáñez

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