Francisca Martínez Usero

Escritos • Francisca Martínez Usero

LA PARTIDA

En una tarde otoñal, repleta toda ella en un abanico de ocres y tibia luz, que parecía más bien, un suave acariciar los sentidos ¡sí! esos, que a veces tenemos abotagados.

Quedaron tres amigos, a echar una partida como de costumbre todas las semanas, alternando en casa de cada uno.

Esta vez, le tocaba a Zoilo, un perro galgo español, de esbelto semblante y noble mirar.

Era un enamorado de la vida... un soñador.

Apenas acababa de sentarse después de haber preparado un ligero refrigerio, cuando oye unos golpes muy característicos a contra tempo, ya sabía quién era, su amigo del alma, Genaro, el más ambicioso que te puedes echar a la mesa, perdón quiero decir a la cara.

—¡Pasa Genaro! —le invita nuestro anfitrión Zoilo, tan amable como de costumbre. El otro, Genaro, lo hace refunfuñando sin parar.

—¿Qué te ocurre hombre? Que apenas pasado el dintel estás mascando algo —le pregunta Zoilo.

—¡Nada! —le contesta con el morro arrugado por el enfado—Estoy un poco cabreado, con tanta tontería con estos nacionalismos que se llevan entre manos politicuchos de tres al cuarto. Más les valiera aprender... y tener anchas de mira, no su propio ombligo.

—¿Y eso te calienta la cabeza? —le dice Zoilo.

—No solo la cabeza, sino toda la sangre se me amorcilla, pues soy un cerdo español de los de toda la vida, cuyo mayor sueño era comer bellotas libre en el campo, y engordar plácidamente, para que luego "post mortem" dijeran:
"¡Mira, este sí que es de bellota pura!" Al menos ya que no en vida, ser alguien después de la muerte, no es mucho pedir, creo yo.

—Tú siempre tan pragmático, te veo muy ofuscado y derrotista. ¿Has almorzado bien esta mañana, dándote un buen paseo para apretar esas carnes? ¿O te has estado revolcando por el fango, como acostumbras? ¡Mira que eres marrano! Te tengo dicho que te acicales y no lleves esa cochina vida —le increpó Zoilo.

—De acuerdo —contestó gruñendo sotto voce.

Al momento, se escucharon unos suaves y delicados golpes en la puerta, era Valentina, la gallina que mejor cacareaba de los alrededores, muy lista, había estudiado filosofía en el gallinero del pueblo de al lado, tenía un corral muy amplio con un viejo profesor, Aquilino, que le enseñó a pensar en las cosas de la vida.

—¡Pasa Valentina! —dijeron al unísono—. Te estamos esperando, ¿qué tal vas? ¿Animada para empezar la partida de brisca?

—Bueno, "con sí con sa" —replicó con un golpe de cresta.

—O sea, regular —le dijeron.

—Vengo pensando todo el camino: ¡qué mal llevamos esto de ser féminas!

—¡Explícate! —le instaron.

—Pues está muy claro, yo soy la gallina Valentina, femenino singular, género en cuanto a lo lingüístico se refiere, pero es el otro género el existencial, el que me preocupa..., ¡pues veo a tantas compañeras mías sufrir! Han de vivir en angostos lugares, las vuelven locas, no saben si es de día o de noche, dandosle comida basura a todas horas.

De repente empezó a sollozar, sus amigos se hacían los fuertes, pero unas indiscretas lágrimas corrían por su rostro.

—¡Está bien, Valentina, cálmate, cálmate! Que te estás arrugando esas plumas tan bonitas que tienes —le dijeron abrazándola.

—¡Gracias amigos! contestó un poco más aliviada la pobre Valentina.

—Vale, repartid ya las cartas —dijo Zoilo, un tanto ausente—. Ellos lo captaron al momento preguntándole:

—¿Qué te preocupa amigo? estás un poco como ido, y pareces más demacrado, anda dinos... ¿qué te ocurre?

—Bueno, no tiene tanta importancia —contestó bastante triste y preocupado, balanceándose sobre sí mismo—. Veréis, resulta que esta mañana, he presenciado como los hijos de mi ama, le contestaban de mala manera, porque les ha prohibido jugar con la videoconsola, mientras no acaben sus deberes. Muy justificado el castigo pensé yo; jamás me hubiese atrevido a contestar así a mis padres.

—Eran otros tiempos, —argumentaron.

—Sí, puede que sí, pero el respeto y la educación no caducan — contestó convencido.

—¡Pobre madre! —asintieron con la cabeza.

—No, mejor di: ¡Pobres hijos!

—En fin, prosigamos nuestra partida.

—¿Cuál es el palo? —pregunta Zoilo, ya un poco más atento.

—La sota de espadas —contesta Valentina.

—Vaya, tengo aquí la soga del ahorcado, está visto que no me escapo ni en la partida —dice Genaro.

—¿Dónde voy yo, que no se hablar ni vasco ni catalán? Seguiré siendo toda mi asquerosa vida, un cerdo de segunda.

—¡Cuando no de tercera! —le dicen con ironía.

—¡Sí, reíd, reíd! Cuidado que tú eres un galgo español —le dice dirigiéndose a Zoilo— y por lo tanto, facha.

—Y tú, Valentina, mucho ojo no te desplumen los del ERE, a pesar del piquito que tienes —quedando ésta sobrecogida, desapareciendo de repente la risa de sus rostros.

—¡Zoilo, que te encarto y cojo la siguiente! —le dice furioso Genaro—. ¡Espabilad, que os gano!

—¿De qué va la muestra? —pregunta un tanto confundida.

—Pero Valentina, ¿aún estás así?, de espadas, mujer.

—¡Mal asunto! —contestó—. No me gusta la violencia, pero por esta vez y que no sirva de precedente... ¡Os gané con el As! —dice exhalando un breve cacareo—. Moriré preguntándome: ¿Porqué mujer? ¿Qué fue antes, el huevo o yo?

Zoilo, el soñador, le abrazó diciendo: ¿Qué importa? Mientras seas respetada, y respetes a los demás... Ahí está el quid: el respeto. Y tú Genaro, ¿qué dices? ¡Hemos perdido la partida!

—¡Qué va! —le replica—. La mía empieza ahora, pues siempre lucharé por defender mi identidad, sin exclusivismos trasnochados que no conducen más que al aborregamiento intelectual. Bueno amigos, qué queréis que os diga: ¡Dichoso yo, que soy soltero y sin compromiso!

Con una fuerte carcajada se despidieron:

—¡Hasta la próxima partida!

© Francisca Martínez Usero

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