Miguel Ángel Martínez Collado

Escritos • Miguel Ángel Martínez Collado

Primer Premio De Narrativa IX Certamen Literario Ateneo Blasco Ibáñez 2018

OMAR

No sé hasta donde podré llegar con esta grabación. Voy a morir. Tampoco es que mis últimas palabras pudieran servir a nadie de mucho más que a mí mismo. Y más que a mí, tal vez a mi vanidad de contar una historia. La última. Tengo 18 años y voy a morir. Supongo que si fuera un anciano, también pensaría que no es tiempo de morir. Pero es que a los 18 años, no es tiempo de morir. Este bruto me ha metido una bala en el muslo y otra en el estómago. Como buen profesional, ha sabido que, si no estaba muerto ya, no tardaría más que algunos minutos en hacerlo. Después, me ha arrebatado el móvil que llevaba en mi pequeña mochila, y se ha marchado, seguro que con el convencimiento de que ya estoy haciendo en tránsito de la vida a la muerte. Y ha acertado. Tal vez por eso, no se ha molestado en sacar de mi mochila la pequeña grabadora en la que llevo la música que tanto aborrece. También se ha llevado mi documento de identidad, supongo que para hacer perder algún tiempo a quien encuentre mi cuerpo. En la ensoñación que da el transito de la vida a la muerte, he creído entender que me hacia una foto. Será para poder dar fe a los suyos de que estoy muerto.

Me llamo Omar. Soy español, puesto que en España nací hace 18 años, cuando mis padres cruzaron el Mediterráneo en una patera para recalar en la costa de Alicante, donde a un par de kilómetros de tierra, el bote de goma en  que luego me contaron que viajaban  56 personas, fue interceptado por una lancha patrullera que les condujo a tierra firme. Me dicen que los demás, no corrieron la misma suerte que mis padres. Yo, de modo  inconciente, fui el salvoconducto para que mis progenitores obtuvieran la residencia española. A los pocos minutos, mi madre fue llevada en una ambulancia al hospital donde comencé a berrear a las dos horas de haber pisado tierra española.

¿He dicho que me llamo Omar?. ¿Qué paradoja!. Mi nombre en la lengua de mis padres, que yo hablo también como la española, significa el de larga vida. Y con 18 años, siento la sangre viscosa y caliente, empapar mi cuerpo y mis palabras ante este aparato –que ahora va a machacar las canciones que nunca más oiré-, son cada vez más débiles.

En el significado que los árabes ponen a los nombres de sus descendencia, suelen acertar muchas veces, aunque evidentemente no ha sido mi caso. Mi padre se llama Aymar, que significa afortunado, y mi madre, Baasima, que es equivalente a sonrisa, que nunca se borra de sus labios.

Ahora que dejo esta vida –aunque sigo pensando que es la única que existe, hecho de menos mi falta de creencias en un más alla, que tal vez pudiera prestar consuelo a mis últimos momentos. Nunca he creído más que en las personas. Era mi primer año de bachiller. Y tiempo de ayuno. Aquella mañana, abrí la nevera y con un trozo de pan en la mano, me puse a untarlo de mantequilla y lo envolví en papel de albal. Mis padres estaban atónitos:

-¡Omar!. ¿Qué haces?--la voz de mi padre sonó como un trueno- ¿Vas a llevar comida al colegio?.

-Sí padre. Estoy harto de pasar hambre. De ayunos que mi cuerpo rechaza. No sé porque a vuestro Dios, ha de apetecerle que se le honre de esta manera.

-¿Mi dios? ¡Allah es nuestro Dios!. El de todos los creyentes. ¿Quién te has creído que eres tú para interpretar sus deseos?. Los que por todos los siglos nos ha transmitido el libro sagrado del Corán. – Mi madre, como siempre que algo la asombraba negativamente, había cambiado su habitual sonrisa por un gesto entre perplejo y contrariado, pero permanecía callada, jerarquizadamente, como de costumbre-

-Y ¿son también sus deseos, que los hombres maten a otros hombres en su nombre?- ni yo mismo me reconocía aquella mañana, la primera vez que me enfrentaba a mi padre-¿y son también sus deseos que mi madre, que todas las mujeres musulmanas, no tengan más vida ni más iniciativa que la que tú y que todos los hombres musulmanes, queráis concederle?.

¿Podéis ser adúlteros –en lo que yo sé, mi padre no lo era- sin cometer pecado y lapidar o repudiar en el mejor de los casos a las mujeres que lo sean?. ¡Preséntame otro Dios. Este no me sirve!. –Mi voz era varios tonos mas alta de la que un hijo debe utilizar en una discusión con su padre. La de mi padre había enmudecido por el asombro, por la rabia, por la impotencia. Me sentí mal, pero no era el momento de ceder terreno-.

Antes de que su ira, le impidiera responder, metí el bocadillo en la mochila. Me dirigí a la puerta de la casa y la cerré tras de mí, procurando no pegar un portazo. Ese día, no me comí el bocadillo. Se lo di al mendigo que siempre estaba en la esquina de la calle. Se llamaba Tomás, y ya había compartido con él alguno de los escasos euros que mis padres podían darme los fines de semana- Mi padre trabajaba en un viejo almacén de reciclaje, y mi madre  limpiaba un par de casas por semana-. No nos faltaba para comer, pero en mi casa se prestaba mucha ayuda a los parientes y paisanos que habían ido llegando por la zona. Entre los musulmanes, estaba muy arraigada la buena costumbre de ayudarse entre ellos, y en eso mis padres sí que eran un ejemplo.

Noto como se me debilita la voz. No estoy seguro de que este aparato esté siendo capaz de recogerla. Siento la humedad pegajosa de la sangre, pero ya no me trasmite el calor que hace algunos minutos me prestaba su contacto con mi cuerpo.

Ahora, ya estaba totalmente integrado en el colegio. Ni el color de mi piel, ni la procedencia de mi familia, representaban ya ningún obstáculo en mi relación con los demás. Habían pasado los años de infancia, en los que los niños de primaria, no contaban para nada conmigo en el recreo. El “morito” de antaño, como me habían venido llamando, era hoy Omar: como Vicente, o como Edu. Ya había dejado atrás los tiempos en que los asientos contiguos al mío en el autobús, siempre quedaban vacíos. Los padres de los compañeros que prohibían a sus hijos jugar, o hablar conmigo, veían con total normalidad, ahora que nos concentrásemos en alguna de sus casas para hacer un trabajo en equipo. Debo confesar que yo no los llevaba a la mía en horas de rezos o ayunos, pero lo hacía más por que ellos no se sintieran incómodos que por mí mismo. Ya no necesitaba que Amparo, la profesora de sociales, les dijera a mis compañeros, con irritada voz, que yo era tan español como ellos. Y que aunque no lo fuera, tenían que respetar a todo el mundo por igual, al margen de su raza, su cultura o su procedencia en suma. De hecho, hacia años que gozaba de la amistad y del cariño, que los adolescentes, cuando se abren, te ofrecen “para toda la vida”.

El regreso a casa de aquel primer día en que rompí reglas, lo demoré todo lo que pude. Quiero a mis padres. Ellos mantienen sus creencias con todas sus fuerzas, pero son buenas personas. Se han ganado –como yo- el respeto de sus vecinos, y serían incapaces de hacer daño a nadie, ni de aprovecharse de nada que no haya sido ganado con su propio esfuerzo. Yo aplacé cuando pude el momento de la tormenta familiar que yo mismo había propiciado por la mañana. No estaba arrepentido. Ni siquiera temeroso por mí. Pero sentía en mis propias carnes el dolor que les había causado. Un dolor tan distinto al que siento ahora. Este dolor es del cuerpo. El otro, era del alma. Y esperaba en la tarde-noche de aquel día, la segunda parte de la “tormenta perfecta” que yo había provocado. Pero tenía que regresar a casa. Y regresé.

Nada más cruzar la puerta, decidí, en contra de mi comportamiento habitual, que era saludar con dos besos a mis padres, pasar directamente a mi habitación. No creí que mi efusividad fuera a ser recibida con agrado por su parte. Mi padre, de pie en el comedor hablaba a mi madre en voz baja, mientras ella sentía, con la mano apoyada sobre la frente, sentada junto a la mesa en la que yo suponía que esa noche no iba a cenar  la escasa comida que a determinadas horas de la noche, se sirve en fechas de observancia del ayuno durante el día. Ya comenzaba a atravesar la puerta de mi dormitorio, cuando sonó la voz de mi padre. Los decibelios de su voz, habían bajado tanto con respecto a nuestra discusión de la mañana, que tuvo que repetir su llamada, que tuvo que pronunciar mi nombre por segunda vez, para que yo me diera cuenta de que era a mí a quién llamaba.

-Omar; ven y siéntate en la mesa.

Obedecí con el mayor recelo. No tenía ninguna gana de retomar la conversación de la mañana, que tanta angustia me había producido a lo largo del día. Me senté en silencio y sin atreverme a mirarlos a la cara.

-Omar, hijo: esta mañana, nos hemos gritado mutuamente. No ha sido una conversación razonada. Cuando se grita, el diálogo y la razón se alejan de nuestro entendimiento. allah nos dice que la conversación con las personas, debe ser respetuosa. Y mucho más cuando  se habla con alguien de la familia. Por mi parte, debo pedirte que me perdones.

-Sí padre. Yo también quiero que olvidemos el tono empleado. Pero mis pensamientos sobre el tema no han variado.

-Dime Omar, hijo: ¿en qué crees?. ¿Cómo se puede llenar una existencia sin la esperanza de que después de esta vida, alguien te garantice que tu alma vivirá eternamente en el paraíso del descanso eterno?.

.-Creo en la gente padre. Creo en el ser humano. Creo que hay que hacer el bien a las personas que nos rodean. Creo en la igualdad entre las personas, en que todos tenemos los mismos derechos. Y creo, que este comportamiento hay que aplicarlo en esta vida. Así es como creo que la muerte te sorprenderá con dulzura, si uno se siente en paz consigo mismo.-Ahora que estoy muriendo, que deseo que esto acabe cuando antes, que no soporto el dolor, ni siquiera puedo apreciar si mi alma está en paz conmigo. Pero desde luego mi cuerpo, no puede soportarlo de peor manera-

Me pareció observar que mi madre recuperaba su eterna sonrisa. Tal vez solo era mi deseo de que ocurriera. Desde luego mi padre, había recuperado gran parte de su serenidad habitual.

-Bien, Omar. Tienes 16 años. Eres inteligente, eres noble y, sobre todo eres un buen hijo. Respetaré tu forma de pensar, pero nunca perderé la esperanza de que un día sientas la llamada de nuestro Dios y puedas volver a honrarle en la forma que exige el Corán. Solo te pido, que no escandalices a la familia. Yo puedo entenderte porque conozco tu responsabilidad, y porque el cariño que tu madre y yo sentimos por nuestro único hijo, es infinito. Asumiré ante Allah, como castigo propio, mi fracaso como padre que no ha sabido transmitirte los valores que El nos exige. Rezaré por los dos, ayunaré por los dos, y le ofreceré todos los sacrificios que sean necesario por los dos. Yo mismo hablaré con mi hermano, y con su hijo, tu primo, para que intenten ser compasivos y respetuosos contigo.

- Gracias padre. Pero tu sobrino, mi primo, no creo que sea el más capacitado, ni el más adecuado para juzgarme. Y si tu Dios, tiene que pedirle cuenta, bastante trabajo va  a tener con él.

Totalmente aliviado, abracé a mi padre, besé a mi madre en la frente y me retiré a mi habitación con el pretexto de que tenía que preparar un examen para el día siguiente. Ese día, había hecho un ayuno completo. Mi estómago protestaba, pero mi mente se negaba a complacerlo. Como no tenía contra quién explotar por el sufrimiento de las horas anteriores, pagué contra mi estómago, o sea, contra mí mismo.

Mi primo. Se llama Alí. Su traducción mas aproximada sería como sublime, elevado. Tiene nueve años más que yo, o sea, 27. Esta diferencia de edad, ha impedido que hayamos compartido muchas cosas, más allá del tratamiento familiar. Cuando él era un adolescente, yo era un niño. Nunca pude jugar con él ni compartir secretos, por esta diferencia de edad. Puede parecer soberbia, pero nunca me gustó. Dedicaba mucho tiempo a la oración en la Mezquita, pero abandonó los estudios a los 16 años y nunca le habíamos conocido ningún trabajo. Aparecía y desaparecía de su casa por tiempo indefinido. Era soberbio y parecía odiar al género humano. Solo encajaba con su entorno de parecidos comportamientos. Pese a todo, su dedicación a la oración y el tiempo que dedicaba a la lectura del Corán, le hacían ser respetado por los fieles entre los que no tenia la mala leyenda que yo siempre le he adjudicado.

Ahora que tengo a mi primo en la mente, o en el sueño que conduce a la muerte, ahora que ni siquiera sé si sigo vivo, me viene a la desmemoria de la escasa sangre que debe quedar en mi cuerpo, aquel suceso del metro. Ocurrió hace menos de dos años. Yo había ido a visitar a mi tío, y al regreso, mi primo también salía de casa y durante cinco estaciones, compartíamos el viaje en suburbano. El vagón iba casi vacío y yo, más por cortesía que por ganas, mantenía una trivial conversación con él sobre fútbol, que a él tanto le gustaba. En la segunda estación, subieron tres chavales con gran alboroto de voces, empujones y bromas entre ellos. Se sentaron a escasos metros de nosotros, frente a una chica que iba todo el camino absorta en lo que fuera que estuviera haciendo con su teléfono móvil. Primero fue uno de los chavales el que se cambió de su asiento al que en solitario ocupaba la chica. Luego los otros dos hicieron lo propio, y entre risas y mala educación, intentaron cogerle el teléfono, sobando su cuerpo con el mayor descaro. La cara de la chica reflejaba el miedo y atenazaba su garganta impidiéndole gritar.

No lo dudé un segundo. Salté de mi asiento, y lo que comenzó con una recriminación por mi parte, terminó en una pelea en la que repartí lo que pude pero me llevé mucho más de lo que repartí. Las fuerzas eran muy desiguales. La intervención de los escasos viajeros que viajaban con nosotros, increpando y sujetando a los gamberros, consiguió que en la próxima parada bajaran más que a escape del vagón de metro. La chica lloraba, y yo notaba la sangre resbalar de mi nariz a los labios, con ese sabor caliente y espeso que se quedó grabado en mi pañuelo.

Mi primo, no se había movido de su asiento. Ni siquiera se interesó por mi estado. Solo me dijo:

-Esto te pasa por meterte donde no te llaman. Solo eran tres perros atacando a una perra. Debieras haberlos dejado morderse hasta la muerte. Si algo sobra en este mundo, son perros.

Iba a contestarle. El tren estaba entrando en la siguiente estación. Aún faltaba una para llegar en la que me tocaba bajar. Pero opté por dirigirme a la puerta de salida, y sin mirarlo, salí al andén.. Aún tuve tiempo de observar los ojos de la chica que me dedicaban la más dulce mirada de agradecimiento. Ya en la calle, lavé mi cara con agua de una fuente cercana y caminé por la acera, dejando escapar poco a poco mi rabia y mi impotencia.

Mi primo Alí, tenía 9 años cuando, en el mismo viaje que mis padres, llegó a España acompañando a su padre, el hermano del mío. Su madre había muerto en Túnez tres años antes. Mi precipitado nacimiento un par de horas después de pisar tierra española, había beneficiado a mi tío y a mi primo. Por arraigo familiar, al conceder a mis padres el permiso de residencia, se lo habían concedido también a la única familia que con nosotros viajaba. Digo nosotros, porque no puedo olvidar que yo también hice ese viaje, aunque seguro que con más comodidades al ir bien instalado en las entrañas de mi madre.

Solo mi primo viajaba a Túnez con asiduidad. Allí habían quedado una hermana de mi tío y mi padre, y unos primos, a los que yo, con mis padres, habíamos visitado en no más de tres o  cuatro ocasiones. Siempre supe que los viajes de mi primo, guardaban escasa relación con ver a la familia. Pero aún tardaría mucho en averiguar la terrible verdad sobre su verdadera “ocupación”.

Pronto iban a hacer dos años –que ya no se cumplirán- de aquella conversación con mis padres, o mejor con mi padre, y mi decisión de aquel día no había tenido ninguna repercusión negativa, ni con ellos, ni con el entorno. Jamás sentí rechazo hacia mi decisión, ni jamás rechacé a nadie por ninguna cuestión de raza, ideología, u orientación sexual. Cada vez he estado más convencido de que las personas, con lo bueno y lo malo que llevamos dentro, somos portadores de  todos los valores en los que debemos creer. he creído recibir el calor humano, del mismo modo en que yo lo entrego a los demás.

Ya ni siquiera tengo conciencia de que me esté desangrando. He dejado de notar el fluir viscoso del líquido que me empapa el cuerpo. Tal vez ya no me queda sangre en el organismo. Tal vez no esté hablando a esta grabadora en la que quiero dejar testimonio. Quizá solo pienso que hablo. Tampoco es importante nada de lo que pueda decir o pensar. Voy a morir. Hace solo un mes, que mi tío ha viajado a Túnez a ver a su hermana y sus sobrinos. Allí le han confirmado que mi primo Alí, no ha sido visto hace más de un año. Esto se lo explicaba mi tío a mi padre desde su tierra. Aquella llamada telefónica, cambiaría el destino de mi vida por el de la muerte que ahora estoy transitando.

Ya hacia tiempo que mis padres estaban invitando a mi tío a que se viniera a vivir a nuestra casa. Él padecía una débil salud, veía poco y casi siempre estaba solo. A nosotros nos sobraba una pequeña habitación, donde mi tío podía dormir y estar acompañado por su única familia en España, al margen de su hijo que, ni en las escasas ocasiones que vivía con su padre, se ocupaba de él. Mis padres pensaban que, nuestra compañía podría mitigar su tristeza.

En algún momento de la conversación telefónica desde Túnez, comunicó a mi padre que aceptaba la generosidad de la familia, y que había pensado en venirse a vivir con nosotros a pesar del miedo que sentía de poder convertirse en un estorbo para su hermano, su mujer y su hijo. Recuerdo ver rodar dos lágrimas por las mejillas de mi padre, mientras la voz se le quebraba.

-Tú nunca serás un estorbo para nosotros. Eres nuestra familia. Baasima y Omar te quieren. Todos te queremos y estamos contentos de que al final hayas tomado esta decisión. Como te falta una semana para venir, Omar se encargará este fin de semana, de ir empaquetando tus pertenencias. Cuando todo esté recogido, alquilaremos una furgoneta y lo traeremos a casa. Solo necesitas tu cama y tus objetos personales. Los muebles se pueden quedar en tu casa por si tu hijo los necesita. Así, a tu regreso, ya puedes venir directamente a nuestra casa, que desde ahora, es también la tuya.

Tras la emotiva conversación, mi padre me trasladó el encargo. Teníamos las llaves de casa de mi tío, y so solo tendría que pasar el sábado para dejar recogidas sus escasos utensilios de uso personal, su ropa, algunas sábanas y mantas, y al siguiente lunes, mi padre las cargaría para traerlas a casa. De mi primo, solo sabíamos que hacia más de dos meses que no se encontraba en la ciudad. Ya se enteraría de la mudanza de mi tío, si es que mostrara algún interés por saberlo, o si regresaba a su casa alguna vez.

No quisiera morir sin terminar este relato, pero la vida se me acaba. En mi mente solo queda el momento de aquel sábado en que abrí la puerta de mi tío y oí las voces en la cocina. Mi primo explicaba a otros dos hombres, que los explosivos se colocarían esa misma tarde en el multicine, y que los harían explotar media hora después de haber dado comienzo la película. Cuando se dieron cuenta de mi presencia, quedaron paralizados por unos segundos. Mi primo reaccionó rápido. Me dio un fuerte golpe en la cabeza con el cenicero, y le costó escaso trabajo arrastrarme hasta el coche que tenía  aparcado en el corral anejo a la casa. Entre los tres, me han metido en el capó. Antes de golpearme de nuevo, he podido oír las órdenes que transmitía a sus compañeros.

-El plan sigue igual. De este me encargo yo.

Solo he recuperado el conocimiento mientras me arrastraba del vehículo a este escondido paraje donde ahora mi vida se acaba. Después ha sacado una pistola, Me ha mirado con ojos cargados de odio y antes de pegarme los dos tiros, me ha dicho:

-Solo eres un perro. Un perro como ellos.

A estas horas, a las mismas horas en que yo muero, habrán muerto muchas personas en ese cine. Y por… ellos sufro. Sigo… cre… yendo... en el … ser… hu… ma……..no.

© Miguel Ángel Martínez Collado

Primer Premio De Narrativa VII Certamen Literario Ateneo Blasco Ibáñez 2016

LA NIÑA QUE NO SABIA LLORAR

I

Hoy es sábado. No me gustan los sábados. Prefiero los días de cole y sobre todo, los domingos, porque estoy con mamá todo el día. Pero los sábados, mamá trabaja durante toda la mañana, haciendo limpieza en una casa. Bueno realmente, mamá siempre trabaja en varias casas durante toda la semana. Pero como lo hace mientras yo estoy en el cole, y después de llevarme y recogerme por la tarde, yo no la hecho tanto de menos.

Por eso, y porque no quiero estar a solas con papá. Ahora son las diez de esta mañana otoñal y ya oigo a papá en el comedor. Desde mi habitación no lo veo, pero sé que se está preparando las tostadas del desayuno. Lo mismo que sé que no tardará mucho en llamarme.

Me gusta el otoño. Camino del cole, pese a las protestas de mamá, mis pies buscan las hojas secas de la acera para pisarlas y sentirlas crujir. Al romperlas, pienso que los pobres árboles no tendrán que vestirse de nuevo con ellas y sentirán el estímulo de crear los vestidos nuevos que por primavera, lucen con un verde limpio. Le explico a mamá por que piso las hojas secas, y ella se ríe, me aprieta contra su regazo y me dice:

- Seguro que de mayor, tú serás poeta

- Mamá, yo ya soy mayor, - mi protesta contiene un punto de irritación- Te recuerdo que voy a cumplir once años.

Ella suele agachar su cara hasta la mía, me besa fuerte y me responde:

- Sí cariño. Eres mayor y muy inteligente. Cuando crezcas un poco más, todo cambiará.-

No sé porque a las personas mayores les gusta rodearse de misterio para dar respuestas a afirmaciones tan concretas.

- María, cariño: ven a dar a papá los buenos días.

Es la voz de papá.. Y el “María cariño”, suena en mis oídos como la más negra amenaza, porque conozco todo lo que va a pasar. El vaso de leche y las galletas que mamá me ha dejado preparado, como siempre en la mesita de mi habitación, se revelan en mi estómago hasta provocarme las ganas de vomitar. Pero me levanto, y me dirijo directamente a su dormitorio. De sobra sé que él ya no está en la cocina. Lo encuentro sentado sobre la cama, con la camiseta negra de tirantes y el pijama color caña. También sé que no lleva nada debajo del pijama.

Me quedo parada en la puerta. El me extiende los brazos desde la cama. Por un momento quiero ser estatua, pero su voz, forzadamente zalamera, me apremia:

- Vamos, María, mi niña preferida – no sé porque usa siempre la misma frase. Soy su única hija- ven a jugar un retito con papá.

Antes de llegar a su altura, él ya está tendido sobre la cama. El pijama de caña en el suelo, casi escondido bajo la misma, como si no quisiera ser testigo de nada. Mientras acerco mi boca a su pene, aún quiero distraerme unos segundos pensando en si la ropa, por estar siempre en contacto con los cuerpos, puede tener capacidad para pensar. Si mamá, conociera este pensamiento mío, seguro que me diría :”seguro que de mayor serás poeta”.

Quiero seguir pensando en banalidades; en cosas que me evadan de la repugnancia que siento. Y casi siempre consigo convertir esta vejación en un trabajo mecánico hasta que el calor del líquido viscoso y nauseabundo, se derrama en mis labios. Solo entonces, vuelvo a la realidad,, me incorporo de la cama y salgo corriendo al lavabo de mi habitación donde escupo, me enjuago la boca, y a veces, como hoy, la leche, las galletas, y la cena de la noche anterior, salen catapultadas hacia el retrete. Después, la pasta de dientes, devuelve a mi boca el sabor a limpieza y frescor. Y una vez más, me quedo ensimismada, triste, pero sin llorar. Si pudiera llorar, supongo que me haría bien, pero no puedo. Antes lloraba con facilidad y por cualquier cosa. Una inyección, un golpe, una regañina de la seño en clase; pero desde que hace casi dos años que papá empezó a obligarme a hacer estas cosas, deje de llorar por todo.

Estoy limpiando con papel de cocina los salpicones que cayeron fuera de su destino, y papá me observa desde la puerta de mi habitación. Ya se ha vestido. Ahora se marchará a la calle y no volverá hasta que no lo haya hecho mi madre. Y las dos lo esperaremos con la mesa puesta para la cena. Se me acerca, be frota la cabeza con lo que pretende parecer una caricia, y me suelta la advertencia de siempre:

- Ya sabes María: este secreto no lo puedes compartir con nadie. Y mucho menos con tu madre. Ella es un poco histérica, y yo tendría que pegarle para calmarla. Ni tú ni yo, queremos que mamá sufra.

Oigo cerrarse la puerta de la calle. Naturalmente que no se lo contaré a mamá. La quiero demasiado como para añadirle otro padecimiento, otra paliza. Ella cree que yo no lo sé. Y yo no le hablo de estas cosas porque si mamá supiera que las conozco, aún sufriría mas. No sé hasta cuando podré guardar mi silencio. Tal vez, necesite hacerle daño a mamá contándole todo lo que las dos sabemos y lo que yo solo sé. Tal vez necesite gritarle que ponga la palabra FIN a este infierno, que se la pongamos entre las dos, que sepa que no está sola.

II

Hoy ha venido Pilar a visitar a mamá. Pilar es la asistenta social. Ayuda mucho a mi madre buscándole trabajos, y cuando puede facilitándole alguna ayuda económica, de las que da el Ayuntamiento. Pilar quiere mucho a mamá, aunque a veces discuten. Ella siempre la visita cuando mi padre no está en casa. Mamá prepara un dudoso café para las dos, se sientan en la mesa de la cocina, y mi madre me manda a mi cuarto a hacer los deberes que yo a esas horas de la tarde ya tengo terminados. Yo me marcho, dejo que se oiga como cierro la puerta, pero siempre lo hago por fuera y me quedo en la habitación de la plancha, cercana a la cocina y con la cortina corrida –esta habitación no tiene puerta- y así pudo oír la conversación. Cuando oigo que se están levantando para despedirse, corro a mi cuarto y, con el mayor sigilo abro la puerta y la cierro tras de mí mientras me pongo a ordenar los deberes y guardarlos en la cartera.

- ¿Y hoy que te ha pasado Luisa?.- la voz de Pilar suena entre irritada y amarga, y sus dedos le señalan el enorme moratón azulado que nace en la frente y se derrama por la mejilla izquierda-, ¿has vuelto a resbalar en la bañera?

- Me levanté con la luz apagada para ir al baño. Me desorienté y me golpeé contra la puerta- La respuesta ha sido desganada, rutinaria, cansada, amarga, y sobre todo estéril, ya que está segura de que Pilar no la cree-.

- ¡Esto no puede seguir así, Luisa!. Y me tienes atada de pies y manos. Yo misma denunciaría a tu marido, pero sé que no serías capaz de corroborar mi denuncia. Luego está, tu hija. Maria es una niña madura. Ella sabe lo que está pasando, o lo sospecha; y sufre. Un día puede llegar a despreciarte por la falta de valor que estás mostrando. ¿Y todo para qué?. Tu marido no colabora en el mantenimiento de la casa, vive a tu costa, te maltrata. Y tengo miedo…- Pilar parece dudar, pero al final lo suelta-, tengo miedo de que María también pueda estar siendo víctima, o pueda llegar a serlo, de algún tipo de maltrato.

Mamá, ha tenido un estremecimiento que ha circulado por todo su cuerpo. Ha sido como un grito sin sonido, un grito de silencio, de miedo.

- ¡Pilar!. No digas eso. Maria no sabe nada, y su padre nunca le ha tocado un pelo. Puede que pase de ella, que se despreocupe de la niña. Pero por favor, no trates de meterla en esto. Yo hubiera notado, o ella me hubiera contado cualquier maltrato por parte de su padre. Soy su madre Pilar: ¡su madre!.

Pilar se ha levantado de la silla. “gracias por el café”, le ha dicho. Pero su voz ha sonado impotente, decepcionada. Y yo me desplazo en silencio hacia mi cuarto, mientras mamá despide en la puerta a la asistenta.

III

A veces pienso, que no hablo con mamá de lo que está pasando, no por miedo a hacerla padecer mas, sino por mi propio miedo. La acusación de Pilar a mamá de su falta de valor, me hace pensar, que yo tampoco estoy colaborando a que mi madre pierda el miedo.

Anoche papá, una vez más, llegó bastante bebido. Cuando nuestras miradas se cruzaron, la mía llena de miedo, la suya de lujuria y alcohol, me estremecí. Luego de dirigió a mamá de modo apremiante.

- ¿Dónde está mi cena?- Mi madre señala con un gesto el solitario plato de boquerones fritos que reposaba sobre la mesa, acompañado de unas patatas y dos pimientos fritos.-¡Ya es la segunda vez que me pones boquerones en una semana.- de un manotazo arroja el plato al suelo llenándolo de pequeños fragmentos de porcelana. Y sin decir palabra, se dirige a su dormitorio. Mamá barre y recoge los cortantes pedazos, junto a la cena, y después pasa el mocho sobre las manchas de la baldosa.

- Maria, es hora de dormir. A la cama cariño. Recuerda que mañana es viernes y nos toca madrugar . Tú tienes cole, y yo trabajo.- Y con un cálido beso, me empuja suavemente camino de mi habitación. Su cara refleja la angustia y el miedo de siempre. Por lo demás, parece que aquella escena fuera de lo más normal del mundo. Como si en todas las casas en ese mismo momento, todos los hombres estuvieran tirando la cena al suelo, como si millones de platos estuvieran haciéndose añicos al sonido de la marcha fúnebre en la noche negra de la humanidad.

Me dormí pronto. Ni siquiera fui capaz de mantenerme despierta para escuchar los gritos, los golpes. Pero esta mañana, mamá luce una fuerte moradura en su brazo derecho. He simulado no verla para no hacerle la pregunta tonta y evitar así otra piadosa mentira. Todo el día he sentido el remordimiento por mi silencio, por mi aparente despreocupación. Así, no adelantaremos nada. Nunca saldremos de esta situación. Y además, tampoco he podido llorar.

IV

Son las ocho de la mañana del sábado, y no he podido dormir,ni un solo minuto en toda la noche. Hace solo un cuarto de hora que mamá ha entrado en mi habitación a dejarme la taza, las galletas y el termo de lecho sobre la mesita. He fingido estar dormida. Me ha dado un beso tenue en la cabeza y ha salido con sigilo para no “despertarme”.

La cabeza me da vueltas. El miedo lucha contra la decisión que esta noche he tomado. Ahora mismo acabo de tomar otras menos trascendente: hoy no tomaré el desayuno.

En alguna de las ocasiones que he espiado las conversaciones de mamá con Pilar, -que han sido casi todas- siempre le he oído a la asistenta animarle a que llame a un número de teléfono para denunciar lo que le está pasando. Dice Pilar, que la llamada es anónima. Como el número es solo de tres cifras, lo recuerdo perfectamente: 016. El problema es que no sé que van a preguntarme, y sobre todo no sé que tengo que contarles. Tal vez, ni siquiera presten atención a una niña. Tal vez, en caso de que me la presten, mamá pueda sufrir las consecuencias de mi llamada. Nunca me perdonaría hacer daño, mas daño, a mi madre del que ya padece cada día de los últimos diez años de su vida. Sé que son diez años, porque Pilar se lo ha recordado mas de una vez: “Luisa, llevas mas de nueve años soportando esto.”.

Papá, aún tardará mas de media hora en levantarse y bajar a la cocina a prepararse sus tostadas. Solo tenemos un teléfono y está en la cocina. Tengo que hacerlo ya.

Me tiembla la mano con el teléfono en ella. Y me tiembla el dedo índice cuando lo apoyo sobre cada uno de los dígitos del teléfono. He marcado dos veces el cero. Cuelgo, procuro serenarme y vuelvo a marcar. En unos segundos oigo la voz al otro lado del aparato. Y al tiempo de oír la voz, oigo el movimiento de la cama de mi padre que parece que comienza a incorporarse. Ahora, mi cuerpo tiembla al mismo compás que mi mano. Mis palabras o mas bien mis susurros se precipitan, también temblorosas, insuficientes, inacabadas; como un desgarro inconexo : “por favor, por favor, mi padre me viola. Tengo once años. Mi madre no sabe que me viola, pero a ella también le pega continuamente. ”Al otro lado del teléfono, alguien me pide con voz dulce, sosegada, que me calme y que responda a unas preguntas. Cuelgo el teléfono muy despacio y me precipito a mi cuarto con sensación de impotencia. ¿Cómo van a saber quién ha llamado, si ni siquiera he dicho mi nombre, mi dirección,..

Me siento desolada, inútil, cobarde. Y no puedo llorar. Oigo a mi padre en la cocina, preparando su desayuno. Como cada sábado. Todo como cada sábado. No, hoy estoy decidida a que este sábado no sea lo mismo que los anteriores.

V

- Maria, cariño, ¿Cuándo piensas dar los buenos días a papá? – mientras él pronunciaba la frase de ritual, yo ya estoy en la puerta de su habitación.

- No papá: no voy a volver a hacerlo nunca más. Y nunca más vas a volver a pegar a mamá. –no sé si le han sorprendido más mis palabras, o la imagen de mi escuálida figura con el enorme cuchillo de cocina en la mano-. -¡Nunca más!. ¡Te enteras!- La energía de mi voz, creo que nos sorprende a los dos-

-¡Maria!.. pero¿ que coño te ocurre hoy? ¿Acaso quieres matar a tu padre?.

- No. No quiero matar a nadie. Pero si intentas obligarme, me defenderé. Y de esta habitación saldré para denunciar todo lo que ha estado pasando hasta hoy.

Pero no ha hecho falta. Todo ha ocurrido tan de prisa, que he tardado tiempo en asimilarlo. Primero ha sido la tremenda bofetada que papá me ha pegado. El cuchillo ha rodado sobre el suelo, y mi cabeza ha chocado contra la puerta, abriendo una brecha en la parte izquierda, de la que siento la sangre caliente, deslizarse perezosa por la cara. Pero estoy consciente. El grito de mamá :”¡¡hijo de puta!!”, mientras se precipita corriendo a la habitación, es tan real como el zumbido que siento en el oído que ha recibido la “caricia” de la mano de mi padre. Él, está a los pies de la cama, sin mas cobijo que su camiseta negra, perplejo, desbordado, creo que muy asustado.. Mamá, se ha precipitado sobre el cuchillo a sus pies, en el mismo momento en que unos policías de uniforme han entrado en el dormitorio. Dos han sujetado a mamá con frases tranquilizadoras, y los otros han tirado al suelo a papá y lo han esposado con las manos en la espalda. Le han puesto el pijama y lo han sacado fuera de la habitación. Y sobre todo, de nuestra vista. Espero que para siempre.

Luego, un médico, después de poner una apósito en mi herida, nos ha acompañado a mamá y a mí, a la ambulancia que esperaba en la puerta. Voy en una camilla: y a mi lado, mi madre llena su cara con la sangre casi seca que queda en la mía. Y llena de besos todas las partes visibles de mi cuerpo. Y en este momento, estoy –por fin- llorando. Con un llanto dulce, reparador; con un llanto próximo a la felicidad.

- No es nada, hija. Dice el doctor que te darán unos puntos de sutura, y en quince días, tu cabecita lucirá tan bonita como siempre.

- ¿Caerán los puntos solos, como caen las hojas de los árboles?- Mi madre me abraza como si quisiera meterme dentro de su propio cuerpo-

- Seguro que de mayor, serás poeta.

© Miguel Ángel Martínez Collado

CARTA A NICOLAS

Mi pequeño Zar: sería exagerado y políticamente incorrecto, decir que te admiro. Lo que no voy a negarte, es el desparpajo que tienes acreditado, tanto como tu ávida inteligencia.

Personalmente, pienso que eres creativo, imaginativo, merecedor de una ERASMUS que canalice tu imaginación a una aportación positiva para la sociedad. Si en lugar de caer en manos de las FAES, llegas a las del Padre Ángel, tendrías hoy el prestigio que perdiste al elegir tu escuela.

A lo oído de tu rocambolesca historia, y a lo visto de los documentos gráficos, que demuestran a que nivel te movías, pienso que todo es mentira “salvo algunas cosas”; Pedro negó a Jesús tres veces: A ti el PP te niega setenta veces siete. (¿Me estoy poniendo pelín bíblico?). Es el caso que, casi siento más miedo por tus mentiras, que por tus verdades. Me explico: Si el tiempo logra demostrar que algo de lo que dices, es veraz, entraría dentro de la lógica de un grano más de corrupción en la inmensa playa del charco político, maloliente, putrefacto del latrocinio que nos invade.

Y algunos indicios hay de que te movías entre pesos pesados que ayer decían no conocerte y cuando tiras de hemeroteca, pretenden explicar que “pasaban por allí”. Alguna cobertura es necesaria para usar despachos de Ministerio, comerse una mariscada a 400 Kms. –con escolta oficial- o asistir a un besamanos Real.

Pero, como decía, lo que me da pánico, es la posibilidad de que todo este novelón, solo sea fruto de tu creativa mente. Porque, si nadie se lucró contigo, si eres un perfecto desconocido para todos, y llegaste a compartir mesa con altos cargos, incluido un ex-presidente, si entraste en Palacio, conseguiste escolta, marisco, vehículos oficiales, sin que nadie te protegiera, ¿en que manos estamos?. ¿Qué seguridad nos pueden ofrecer las fuerzas de ídem y la gente que nos gobierna?

El otro Nicolás, (II), el Zar de Rusia, murió decapitado por quienes lo habían protegido. La historia está a punto de repetirse, (en sentido figurado, claro), salvando la enorme distancia de los personajes.

Se empieza negando la mayor, y se acaba como creo que lo harás tú. Políticos de gran peso y más queridos, han sido negados por los suyos cuando las tarjetas opacas se volvieron traslúcidas. Tal vez, ni siquiera recibas un correo que te prometa que alguien esta contigo, que aguantes, que seas fuerte.

Si sales “vivo“ de esta, vente para Valencia. Aquí hay mucho campo para gente como tú. Serás uno más de la banda.

© Miguel Ángel Martínez Collado

A LA MUERTE DE PACO DE LUCIA

¡El hijo de la Lucía!
Llora Algeciras en duelo
y un buque por la bahía
prende al mástil lazo negro
mientras una bulería
canta Morente en el cielo
y de luto y pena, está el mundo entero.

Llora lágrimas, guitarra,
por a tu arpegio el consuelo
que perdió el mundo en España
su referente mas serio,
mantén la nota mas larga
por compensar el silencio
que nos dejó la balada
que hizo de sus cuerdas templo.

¡El hijo de la Lucía!
¡Que ha muerto Paco!, ¡que ha muerto!
y un delfín en la bahía
llora al mar su desconsuelo
y hasta las olas dormías
guardan reposo y silencio
mientras mezclan aguas frías
dos mares en el estrecho:
¡El hijo de la Lucía!
¡Que ha muerto Paco, que ha muerto!

© Miguel Ángel Martínez Collado

Primer Premio de Poesía en el V Certamen Literario Ateneo Blasco Ibáñez. 2014: Nombres Propios de mi Tierra

FEDERICO (GARCíA LORCA)

Noche de luto, de muerte,
de luto y muerte, gitanos
que velan el cuerpo inerte
—que quietud nos da la muerte—
y el silencio de sus manos.

¿Quién llenará el folio en blanco
de ese verso inacabado?,
noche, hoguera, luna, campo,
con pluma que rompe el llanto
de poeta enamorado.

Federico, ¡Federico!
grita una estrella llorando
y una paloma en su pico
lleva pétalos de nardo,
y la luna tiñe armiño
de negro desesperado.

Y en la calle una gitana
rompe el aire con sus manos
bailando a la noche clara
y con sus ojos llorando:
—canastera,¿ Qué te pasa?,
—Federico, ¡lo han matado!
¡No tenemos ya quién haga
poemas a los gitanos!

Viznar se viste de duelo
y se queda un folio en blanco,
llora Granada de nuevo
y llora Fuente Vaqueros
la muerte de su paisano,
y en el folio queda un verso
para siempre inacabado.

ANTONIO (MACHADO)

Preñó de amor los campos fríos de Castilla,
compuso loa al olmo viejo, ajado,
dio amor precoz pero rotundo a una chiquilla,
¡como lloró a Leonor cada poema de Machado!.

Sembró cultura en tierras de olivares
que rizan olas desde Úbeda a Baeza,
rincón donde enterró tanta tristeza,
donde su corazón vagó por la pereza,
donde vistió cada rincón de luto sus cantares.

Humilde el corazón, el verso altivo,
y en el recuerdo, la sombra del viejo limonero,
su amor por el paisaje fue cautivo
y lo canto desde el Guadalquivir al Duero.

Pincel fue de encinares castellanos,
viajó en un tren ligero de equipaje,
trazos de amor la pluma que en sus manos
llevó al papel jirones de vida y de paisaje.

Buscó sin encontrar las escaleras
para alcanzar su verso hasta la cruz,
no es que la gloria siguiera
ni que en sueño persiguiera
poder hablar con Jesús.

Fue soñador de caminos
y conoció el de Granada:
estrellas de madrugada,
de silencio y noche loca
y de sangre derramada
de su amigo García Lorca.

Quedó por fin su corazón helado,
su pluma quedó inerte a edad temprana
por la España que hubiera retratado,
llegó para él la noche sin mañana;
enmudeció por fin su verso y su pecado
que fue querer como la quiso a España.

Voló, ¿junto a Leonor tal vez?, y allí a su lado
hizo renuncia impuesta de un mañana
para vivir con ella en el pasado.

Te fuiste Antonio, para morir en tierra extraña
pero dejaste en el papel tu gran legado:
¡prestas a mis vacíos tanta compaña!,
que para mí, ni se murió, ni morirás, Machado

© Miguel Ángel Martínez Collado

MOVIOLA TRISTE

Qué utilidad te sacan, jubilado,
ayer molesto, viejo y achacoso;
y la familia pensó darte de lado,
¡qué residencia, que asilo tan hermoso!
¡allí estarás muy bien cuidado!
Pasaremos al mes tres horas a tu lado
por controlar tu bien y tu reposo.

Luego, banqueros, políticos tramposos
fueron robando el bien ya conquistado,
cayó nuestro futuro sobre un pozo
y sin ingresos, y piso hipotecado.

Y el jubilado fue tabla y asidero
que dividiendo su mísera pensión
procura que en la mesa haya un puchero,
un techo, un plato y un jergón.

Y cuidan tu salud, porque si mueres
tus deudos perderán la cobertura:
aguantas vivo mientras puedes,
que cuando alcances la fría sepultura,
contigo marcharán los panes y los peces.

¡Qué inoportuno fue el abuelo
que nos cortó la mísera pensión…!,
y una marchita rosa sobre el suelo
deja sin letra una canción:
la mesa está de duelo,
indiferente el corazón,
los ojos van al cielo
solo para pedir la solución…,
tal vez el nieto pequeñuelo
musite tenuemente una oración.

© Miguel Ángel Martínez Collado

CARTA AL MOLT HONORABLE

Le escribo Sr. Presidente de todos los valencianos, esta carta de reconocimiento por la heroica decisión que le he oído estar dispuesto a tomar, para que el Estado central reconsidere la injusta financiación a la Comunidad que usted representa, y que hasta el momento está considerada de segunda o tercera categoría.

Su antecesor —aquel santo barón que quería un huevo a sus amigos—reivindicaba más financiación, más agua, más AVE… El Gobierno central, era de otro signo y había que dar leña al mono hasta que arda. Curiosamente, estábamos mejor financiados, nos llenaron la Comunidad de trenes de alta velocidad, y lo de los trasvases, su propio partido los metió en el cajón de las cosas inútiles.

Con un gobierno en Madrid que es el suyo propio, no podía ser usted tan beligerante como el caballero andante de los elegantes trajes. De modo que solo le queda el camino del amor para que sus peticiones alcancen el efecto deseado. Hasta tal punto, que nos ha prometido acostarse con Montoro si fuera necesario para facilitar la llegada de más dinero.

En asuntos de parejas, no tengo prejuicios. Pero en temas de estética, reconozco mi intransigencia. Acostarse con un ministro, es una decisión personal, pero hacerlo con Montoro, me parece una falta del buen gusto que en usted no esperaba…

Aprecio como digo, su arrojo. Pero, ¿no podía esperar a que en Hacienda nombren ministro al gallardo Sr. Soria, al fotogénico Carlos Floriano…Voy mas allá: ¿Ha contemplado la posibilidad de que la Cartera la pueda ocupar la vicepresidente Soraya?

Haga lo que deba Sr. Fabra, pero no contravenga la ley vigente que regula las relaciones de cama por dinero, puesto que a esta relación no se le puede incluir entre las amorosas sin ánimo de lucro. De modo que si lo tiene decidido no haga la oferta en plena calle, porque a usted como ofrecido y al Sr. Montoro como presunto cliente, podrían ser multados… Y si el dinero y la política, siempre han compartido cama, en este caso, debo reconocerle el enorme sacrificio que ha de costarle compartir tálamo con ese hombrecillo de dientes de rata, cara poco agraciada y compulsivo embustero. Para colaborar con su heroica decisión, me comprometo a pagar de mi bolsillo un preservativo para que el asunto no llegue a mayores. Solo faltaba que se perpetuara la especie. Jodidos estamos.

© Miguel Ángel Martínez Collado

CUANDO DESNUDÉ MI ALMA

¡Son tan largas las noches!
las noches de sueño no encontrado
¡pesa tanto el vacío de mis manos!..
mis manos que están llenas
rebosantes de nada
como el soplo de la vida,
que es eterno de nada;
y este reloj implacable
que camina hacia delante
sin darme la oportunidad
de desandar el camino,
de pararme en un ribazo
y arrancar una flor.

Haría tantas cosas ahora que no puedo:
acariciar un perro, leer un libro,
aquel viejo libro de poemas
que siempre dejaba para leer mañana,

Y contestar a la llamada
de aquel niño-hombre
al que cerré la puerta en silencio
porque no tenia tiempo que perder,
metido en la carrera de lo inútil:
crear imagen, consumir,
ascender, atesorar.

¿Imagen?
¡que grotesca imagen veo en el espejo!

¿consumir?
¡calla reloj, no me lo recuerdes mas!
¿ascender?
¡dejadme que ponga los pies en la tierra!
¡mi alma es tan pobre..!

Quitadme las cadenas
os demostraré que vosotros
también estáis equivocados,
dejadme andar de nuevo
y cambiaré la llana carretera
por la empinada cuesta,
y tiraré mi vaso de cristal
para beber el agua del venero,
e indicaré el camino al niño-hombre;
hablaré con él mucho tiempo,
y dejaré la puerta siempre abierta,
y llenaré mis manos de caricias.
Porque estuve ciego, Dios
y no supe verte dentro de aquel perro,
y aunque estabas, no te vi tampoco
en aquel mendigo harapiento,
ni siquiera te ví en la molesta lluvia
que manchaba mi traje.

Ahora que lo pienso, siento vergüenza
al descubrir que también estabas en la cama
de aquella furcia obrera
a quien compré amor por horas,
¿cómo iba a saber yo que cada cosa
era un pesado eslabón
de esta cadena que me ata?.

¡No me dejéis desnudo del todo!
arropadme al meno
con el pecado de la envidia
para que pueda proyectarla
sobre este gorrión
que me mira desde el árbol
que con sus alas libres de hipotecas
tiene la fuerza inquebrantable
de convertir su vuelo en libertad.

Ahora lo recuerdo:
yo también quise ser gorrión un día,
incluso llegué a conseguirlo;
pero vi luego volar una paloma
y quise ser paloma,
y volaba satisfecho
al ver volar por debajo al gorrión,
hasta el día en que el águila
proyectó sobre mí su majestuosa sombra.

Y estas malditas saetas que no paran,
¡callad vuestro aburrido movimiento!,
detén el tiempo unos minutos;
déjame plantar un árbol,
deja que mire al sol al menos,
concédeme la elocuencia de un silencio
que tú tienes la culpa, tiempo.

Si pudiera estar solo,
Para poder hablar conmigo mismo,
“quien habla solo
espera hablar con Dios un dia…”

© Miguel Ángel Martínez Collado

CARTA AL DIOS MORFEO:

Después de la opípara comida, encendí mi habano, humedecido previamente con un coñac con nombre de cardenal del siglo XV, me repantigué en mi sillón favorito y me dispuse a escuchar las noticias en mi televisor de plasma, comprado con los 400 euros de subsidio que me acababan de ingresar en cuenta.

Las noticias que desgranaba la pantalla, no conseguían atraer mi atención: Las pensiones —como estaba previsto— subían un punto por encima del IPC…, los políticos seguían entregados a su trabajo por el bien de este país…, todos nos felicitaban porque jamás se había destapado un solo caso de corrupción. La Banca dinamizaba el tejido social…, el mercado laboral rozaba el pleno empleo; la Sanidad, gratuita y universal, pugnaba con la educación pública por ser las mejores del mundo. El dato del último periodo, no daba un solo impago de hipoteca. El aeropuerto de Castellón, inauguraba su nueva terminal para dar cabida a la demanda de pasajeros y el hospital de Liria había obtenido un reconocimiento europeo como ejemplo de buen funcionamiento.

Este año, el Valencia —una vez más—, se alzaba con otro prestigioso trofeo. Las cadenas de televisión, públicas y privadas, nos atosigaban con sus programas culturales. Belén Esteban seguía exiliada en las antípodas y Cristiano Ronaldo desbordaba la misma alegría, la misma simpatía y la misma solidaridad de siempre. Un tal Calatrava o Urdangarín —ahora no lo recuerdo—, recibían un merecido galardón a la solidaridad con su país en tiempos difíciles.

Sin motivos aparentes, un intenso frío estaba haciendo mella sobre mis huesos. Pensé que me había dejado influenciar por el pronóstico del hombre que nos presentaba esas imágenes de nieve por la zona pirenaica.

De pronto ocurrió: desperté…, me incorporé sobre el banco, provocando con mi movimiento la caída de cartones que me habían servido de manta. Miré a mi alrededor y comprobé que mis compañeros de los bancos vecinos, ya recogían sus edredones del mismo material que el mío. Me sentí culpable al pensar que tal vez ellos no hubiesen disfrutado tanto de su sueño. Pero ahora no les podía hacer partícipes del mío. Era Navidad; El comedor social al que nos encaminábamos, nos había prometido para esta mañana una acogedora taza de chocolate caliente. En algún lugar del parque, sonaba lejano un villancico que hablaba del Niño Dios. Miré a mi alrededor con cierto disimulo. Ese día tampoco lo vi.

© Miguel Ángel Martínez Collado

ESDRÚJULAS POLÍTICAS

Muéveme el ánimo,
irónico y severo
pues este poema no es platónico,
es mas…satírico, electrónico
como el flamígero verso de Quevedo.

Es verso en crítica metódica
de esdrújula real o metafórica,
es... cuántica, simbólica,
cáustica, volcánica, retórica.

Primero fue un crápula pretérito
de fáctico poder que estuvo cuatro décadas
hasta que al fin, famélico y decrépito
llegó la página demócrata y magnética.

Mas, no fue el júbilo unánime y genérico;
mesiánicos políticos, homólogos gaznápiros,
hicieron fístula de nausea, y es patético
ver el escándalo del lóbrego tentáculo
que puso en su bolsillo, cual hábito genérico
la hacienda del cándido famélico
con actos de número vandálico.

Y huérfano el votante queda impávido,
que solo ve retórica de número sin lógica,
solo fonética geográfica de párvulo,
ridículo tópico que es lápida de lóbrega,
de idéntico y simbólico parámetro.

A esos ladrones de fétido grupúsculo
les llegará su pórtico jurásico
ya en forma de mágico forúnculo
que irónico en el glúteo, sea pútrido parásito.

No ha de quedar prostíbulo en el ágora,
marche el hipócrita catódico,
lleve su habito y su fábula;
que solo gobierne el cálido metódico,
solo el didáctico sin mácula.

Llegue ya un púlpito ecológico
versículo unánime y diurético,
con cábala, con ánimo y arrojo,
satélite, titánico, energético.

Y cuando el último mamífero mamón
en diáspora ecológica se esfume,
un cálido y mágico perfume
pondrá su lúcido telón,
autónomo y demócrata resumen
de este país, o estado, o patria, o nación.

© Miguel Ángel Martínez Collado

CARTA AL PUÑO Y LA ROSA

Nunca fuera usado con mayor propiedad que en este caso, el refrán de que, “a perro flaco, todo son pulgas”. Lo de flaco quedó demostrado en las últimas elecciones generales. Pero es que además, los del puño y la rosa, o no han captado el mensaje, ó –lo que aún sería peor- creen que ha sido un bajón casual que van a remontar sobradamente en la próxima contienda.

El debate de ideas, queda reducido, de momento, a una lucha intestina, para dirimir cual de las distintas y variadas familias, suben al pódium, que por cierto no está dotado con ningún suculento premio.

En el congreso de Sevilla, no ganó nadie, como demuestra la escasa diferencia de apoyos entre los dos contendientes. Valencia. Ni está ni se le espera. Se mantuvieron entretenidos, contando trajes ajenos (que es algo tan apasionante como contar ovejas), pero una vez despejada la incógnita de si eran galgos o podencos, han dejado de estar acurrucados viendo las escenas en el mismo cine, y de nuevo se disgregan en las distintas etnias que ponen un puente de plata a los que tienen el mando en plaza. Porque, naturalmente, los partidos que están en el poder, siempre dicen esa banalidad de que desean una oposición fuerte y seria, pero la realidad, es que se frotan las manos cuando ven fraccionarse al enemigo: divide y vencerás.

Vista para sentencia la plaza fuerte del socialismo allá por mi tierra del sur, los que hacemos alguna crónica sobre estos temas, ya tenemos preparado el encabezamiento del último parte de guerra, que comenzará diciendo. “en el día de hoy, cautivo y desarmado, el último pétalo de la rosa marchita, ha sido enterrado en la marisma del Guadalquivir.”

Pero es que en Valencia, además, a cada una de las numerosas familias, les salen subgrupos, yernos, cuñados, tíos, primos o sobrinos mal avenidos. Y como más a la izquierda de esta izquierda, solo habitan islotes, sin puerto de atraque de suficiente calado para recibir un desembarco masivo, podemos convertirnos de nuevo, en un país monocolor, con un sentido de circulación única –por la derecha, como Dios y Tráfico mandan-, y cuando esto suceda, ¿quién reivindica el estado de bienestar?. Quién va a oponerse a la privatización masiva?. ¿Volveremos a ser una unidad de destinos en lo universal?. ¿¡¡¡Hay alguien ahí!!!??.

© Miguel Ángel Martínez Collado

BUENAS INTENCIONES

Convierto hoy mi palabra en compromiso:
buscaré, una cálida sonrisa
abierto a la caricia, no remiso
abriré el corazón porque tu brisa
entre sin pausa, mas sin prisa
sin otro protocolo ni permiso.

Tendré la frase dulce preparada
con esperanza de beso apasionado
mi amor será mi espada
quizá un verso derramado
de alguna estrofa inacabada
con ritmo lento, acompasado.

Quiero que sea cada palabra una caricia
quiero de la caricia hacer poema
quiero con el poema hacer justicia
de tantas horas buenas..
que ya quedó enterrada la codicia
que ya cumplimos la condena,
y sin contrato, y sin franquicia,
solo rompiendo las cadenas.

Quiero ser ciego si tú eres lazarillo
y ser tu techo en noches sin estrellas
y si te sientas, yo quiero ser banquillo,
si quieres tu ser agua, yo botella,
si tú quieres ser campo, yo tomillo,
del tacto de tu cuerpo ser yo huella.

Hoy quiere mi palabra, ser campo de labranza
campo abonado, preñado de semilla
semilla de amor, cosecha de esperanza
árbol que nacerá de cada astilla
que es tiempo de futuro, de bonanza,
tiempo de que entre dos podamos ser cuadrilla
para esperar la muerte con templanza
cuando mi mano a tu mano se atornilla
en sello eterno de la alianza.

Este será mi compromiso en cada verso
con vocación de letra enamorada
lo escribiré, ya en monte ya en cañada
para ganar con cada letra tu embeleso,
serás principio y fin de mi jornada,
tu amante seré yo, y tú serás mi amada.

© Miguel Ángel Martínez Collado

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