Manuel Giménez González

Poesía Manuel Giménez González

2º Premio de Poesía en el VIII Certamen Literario Ateneo Blasco Ibáñez. 2017:

Mirada Hacia Los Miedos

Tengo miedo si al verme en el espejo
me fundo en su blancura inmaculada
y soy sólo una imagen sin reflejo.

Me da miedo mi vida limitada,
la versión resumida de este viejo
que no cree que el fin sea la nada.

Miedo a cruzar la línea candente
que traspasa entramados pensamientos
para ser el espacio ajeno, ausente.

Me da miedo huir de mis cimientos,
recurrir a mi cara de inocente
y lanzar mi mirada a contravientos.

Me da miedo romper mi intimidad,
mostrar mi desnudez desinhibida
y que el silencio ciegue mi verdad.

Tengo miedo de ser pasión sin vida
si encadenan mi firme voluntad
al compás del deseo que se olvida.

Como otros, miedo tengo en consecuencia
al tiempo que se escapa con las horas
y no deja parar breve secuencia.

Yo no tengo matrices directoras,
pues quise desdeñar con la prudencia
la lista que define las demoras.

Es miedo a la torpeza del pincel
que quiere traducir todo el paisaje
a un trazo indefinido y no fiel,

el limitado alcance de este viaje
mundano que a cada uno da el papel
que la vida reserva sin ultraje.

Tengo miedo al monólogo hecho verso,
la palabra insuficiente, imprecisa,
al discurso interesado y perverso.

Miedo al certero golpe que no avisa
y a la tierra te manda en el reverso
para ser horizonte en su divisa.

Me da miedo tener interrogantes,
acumular preguntas sin respuestas,
avanzar sin efectos relevantes,

apoyar las acciones deshonestas,
dar vigencia objetiva a los farsantes,
buscar la validez a otras propuestas.

Para el miedo no hay planes ni razones,
justicias con derechos, juramentos
que ordenen esperanzas e ilusiones.

Tengo miedo a que salgan los lamentos
y me nombren en falso las acciones
de lo vivido en años turbulentos.

¿Qué es el miedo entre tantas falsedades,
naufragios de violencia, terror, muerte,
vil despojo que arropa las maldades?

Ante el miedo me anulo, quedo inerte
y no atiendo a la fe de sus verdades
que en unos ojos ciegos me convierte.

Tengo miedo al olvido que condena
a vivir con quejidos y derrotas,
a exaltar las mentiras de la escena,

a no recomponer conciencias rotas,
a decir sin pudor que te encadena
a una isla en soledad, tierras remotas.

Me da miedo tener que comprobar
que se ha ido la voz de la esperanza
y ya no existe el tiempo para amar.

Entre el bien y el mal pongo la balanza
y los contrastes tengo que buscar
para tener satisfecha su alianza.

Me da miedo observar la indiferencia
de un mar de sombras, ese ser oscuro
que arroja los silencios de la ausencia.

Miedo de que me acosen por perjuro
y digan que me invade la demencia
cuando yo soy espiritual y puro.

© Manuel Giménez González

Primer Premio de Narrativa VI Certamen Literario Ateneo Blasco Ibáñez 2015:

Un Sueño De Libertad

De pronto sales tú, con tu llama y tu voz,
y eres blanca y flexible, y estás ahí mirándome,
y te quiero apartar y estás ahí mirándome.
Gonzalo Rojas

Respiré hondo. Levanté mis ojos. Delante de mí estaba aquella figura difuminada por la luz de la habitación que, al observarme con minucioso detenimiento, me borraba la sonrisa. Envalentonada le grité: “¡Eh, usted, le suplico que deje de mirarme como si fuera un payaso de circo!”. No soy descortés. No lo crean. Pero no soy ningún trofeo para colgarlo en la pared o dejarlo olvidado en el fondo de un cajón del armario. Cuando salgo de mi oscuridad, de mi insólito reposo, no soy más que una bailarina a la que han negado acrobacias, cabriolas y piruetas, anclada en el centro exacto de una caja de música. Tengo la configuración de un sólido petrificado: un tronco esculpido por el viento, la cara dirigida al frente con la mirada perdida en espacios infinitos; los brazos y la piernas en una disposición natural, reposando con la tranquilidad de un ser dormido, como si la muerte hubiera llegado sin espasmos, fulminante, sin aviso. Lo digo porque siempre que abren la tapa, y me ven dando vueltas en continuo tirabuzón al compás de la música como las agujas de un reloj, esperan que salte de mi encierro y les baile la muerte del cisne según la obra de Tchaihovsky, las danzas griegas de Isadora Duncan, o sea una de esas antiguas bailarinas perdidas de los ballets rusos en sus viajes por los teatros del mundo. Yo les ofrezco un insólito y único espectáculo. Con mi cuerpo tenso y rígido, deslizándome ondulante como una serpiente, les doy la felicidad en un resplandor que nunca se repite más allá de ese instante para algunos mágico. Al menos eso es lo que creo. ¿Y si no, para qué, o para quienes, han creado mi escenario con maderas nobles e incrustaciones de nácar, modelado mi cuerpo de porcelana en una posición de brazos alzados, y ajustado hasta el mínimo detalle el delicado mecanismo de mis engranajes? Las pequeñas palancas, los dientes de las ruedas metálicas aseguran mi supervivencia. A partir de cierto momento, parece que estuviera ligada a esa rueda inconsciente que me sustenta. Me siento tan frágil que temo romperme. Me examinan aturdidos, con cara de sorpresa, después de mi salida triunfal, como si ellos no supieran el final de mi constante movimiento cuando cese el impulso que lo mueve. Entonces, permaneceré quieta, con la inmovilidad que adopta una estatua yacente, eso sí, como una bella figura manteniendo la compostura en perfecto equilibrio con un solo pie, con el silencio de una última nota aplastando su eco en la resonancia de la caja. La única concesión que me han hecho ha sido la eternidad. No sé si tengo edad, y si la tengo nadie me ha dado la conciencia del paso del tiempo que pasa por un diálogo complaciente donde los silencios cuentan tanto como las palabras. Llevo años sin respirar y siglos pensando. Nada cambia en el decorado. Tengo un conocimiento muy vago de mi cuerpo. El aire ha borrado los rasgos en mi cara de tanto girar; mi nariz mi boca y mis ojos son un esbozo difuminado de lo que al principio fueron; mi peinado, recogido en mi cabeza en perfecta caracola, está desbaratado; mis zapatillas de punta desgastadas después de estar, no sé cuánto tiempo, ancladas en la plataforma circular que me da la vida; y mi vestido de bailarina, con mi tutú almidonado, apenas cubre la desnudez marmórea de mi cuerpo. Trato de sonreír, de hacer algo especial que me distinga de las demás bailarinas, como una pirueta fuera de programa, o un salto espectacular que nunca antes se haya realizado a la perfección, para demostrar que estoy viva y que mi corazón late en armónica e invisible agitación. Pero no lo consigo. Aun después de poner todo mi empeño nadie me hace caso. Mi destino es dar más, más y más vueltas sobre mi pierna izquierda en una sucesión interminable, sin caer en la cuenta de que ya estoy cansada de dar vueltas. Pero qué le voy a hacer, es mi pequeño momento de gloria. Mi soledad es silencio, cerco total, fortaleza aislada que a nadie rindo ni someto. Tengo tan pocas cosas a mi alrededor que me sirvan de referencia. Si me hubieran puesto un compañero, al frente o a mi lado, al menos tendría mi pareja complementaria con quién cruzar una mirada con disimulo, y con el que acompasar la danza ritual que me han impuesto hasta el fin de mis días. Cada vez que, sin previo aviso, alguien abre mi caja, y gira varias veces la llave de la cuerda, suena la música, la misma música monótona que desgrano nota a nota, unos compases de vals por muy cursi que parezcan, y bailo siempre con la misma cadencia hasta cansarme. A veces, pausadamente, elevo mi cabeza y veo unos ojos asombrados y complacientes por lo que hago, unos labios dibujando las palabras; incluso percibo una mueca impasible, un vaho cálido, un agrio aliento inundando mis hombros y mi pelo; otras, noto una presencia cohibida, la mirada inmóvil e inocente de un niño, como si estuviera viendo un fantasma surgido de la profundidad de la nada. En cada rostro hay una historia diferente que adivino por la forma de mirarme. Los reconozco al primer golpe de vista. Los hay atrevidos que no dudan en tocarme y detener, por unos instantes, el movimiento natural de mi cuerpo con la fuerza de sus dedos; impacientes que esperan a que mis vueltas, desafiando mi fuerza de gravedad, sean cada vez más rápidas para acabar de observarme lo más pronto posible; expectantes, atentos a todo cuanto ocurre dentro de la caja, siendo yo el objeto, la actriz incansable dispuesta siempre a sus deseos. Ellos tienen un cuerpo que obedece, un cuerpo que siente, perciben los sonidos y los colores, viven como nómadas transportando el mundo en su mirada. Quiero saltar de mis anclajes, pero hay una fuerza superior a mí que me sostiene. Nadie me ha ofrecido aún este regio obsequio, este milagro absurdo de la libertad. A unos centímetros, un espejo amarillento, agrietado por el borde izquierdo, refleja mi rostro lívido y serio, quizás con un cierto parecido al rostro real que debería de tener y que nunca lo veré. Si guiño un ojo y saco la lengua, el espejo me imita cambiando mi fisonomía en un sincronismo difícil de refutar. Es como una copia física, cara a cara, sin comunicación, con un enorme vacío distante sin trabas ni obstáculos. Quiero soñar que soy libre, que alguien me enseñe el mundo tomándome de la mano y sentir la luz parpadeante al recobrar los contornos con total realidad, como si el antes y el ahora dependieran de un despertar brusco del ciclo vital. Mientras bailo, escucho con detenimiento lo que dicen mis visitantes del mundo exterior, de la naturaleza de la que son testigos: la tierra, el río, el mar, el viento, las aves, la luna, el sol, la ciudad. ¡Tantas cosas y lugares que desconozco! Quiero caminar con los ojos cerrados sin saber dónde voy, desafiando el color siena de la tierra, oyendo el murmullo del río que me guía, apaciguando el rumor del mar en la tormenta, arrastrando con el viento las hojas secas de los árboles, despertando con el arrullo de las aves nocturnas, viendo la noche iluminada con el disco de plata de la luna, despertando el rojo sol al alba para que corone como un rey el horizonte, reteniendo la melodía de una banda de música desfilando por la ciudad donde todo tiene su nombre. No quiero jugar a las adivinaciones. Es extraño querer pertenecer a un mundo sin existir en él y observarlo desde un mismo plano. Desde mi caótica y esclava armonía me cuesta imaginar un lugar distinto a éste, en mi caja de música, un espacio sin fondo y sin apenas volumen, con una realidad congelada y muda. Murmuro con lágrimas en los ojos: “¡levántate y anda!” y me siento ridícula, lo que prueba que no tengo ni el más pequeño grano de fe. Oigo mi propia voz, seca y concisa: “puedes marcharte”, pero es una voz forzada, y comprendo la incomunicación absoluta a la que siempre estaré condenada. Quiero que el tiempo se instale de nuevo, que se imponga, que gravite con toda su fuerza, hasta el punto de sentirlo físicamente en vigilia permanente, contando los minutos que pacientemente recorren las escalas de las horas y los días, que en algún remoto instante alcanzarán el año para empezar una cuenta nueva. Quiero tener esa sensación extraña de que mi cuerpo se diluye de repente, de que pierde su peso, de que va a volar desafiando las leyes de la gravedad. Me resulta extraño que mi ser se desvanezca en la inercia de lo más cotidiano, que los pocos minutos donde estoy viva sean sólo en apariencia. Quiero tener dos conciencias: la una, la cotidiana, la que todos observan en el centro de la caja, y la otra con la que presiento otro universo, otra armonía, liberándome del tiempo y del espacio, haciéndome inmortal, infinitamente soberana. No quiero vivir sin haber conocido el amor en estado bruto, sin haber experimentado ni aprendido de los errores y de los fracasos. ¡Qué extraños impulsos! Sé que nunca podré amar. No escucharé los susurros anhelantes de mi amado, ni sentiré en mi pecho los dedos crispados del placer. Su ausencia se irá haciendo cada vez más dolorosa hasta que algún secreto mensaje de defensa me mate los deseos a las puertas mismas de la locura. Me observo y me interrogo: ¿cuánto tiempo hace que estoy aquí?, ¿por qué he de seguir con esta danza ridícula?, ¿y si en el fondo nadie quiere saber nada de mí?, ¿en verdad sólo soy una caricatura, una parodia de la fantasía?, ¿porqué no me escapo si la caja está abierta?, ¿y si de repente no respondo a lo que se espera de mí y me quedo quieta, sería un objeto inservible a la espera de la compasión de aquel que me posee?, ¿qué extraño castigo y poderosa amenaza se cierne sobre mí? No encuentro ninguna respuesta. Mis impulsos son baldíos y frustrados. Es como si algo, o alguien, me asiera con fuerza obligándome a permanecer fija donde estoy, o me dejara hechizada convertida en piedra pulida de cintura para abajo. Quiero pensar, inventar mi propia sombra, reflejar en el espejo mi silueta. Quiero gritar, estallar con un sufrimiento desconocido. Pero no sirve de nada. La música está lo suficientemente alta como para ahogar mi voz y diluir mis pensamientos. Mis movimientos son fijos, pausados, monótonos. Ni tan siquiera, girando sobre mi eje sin parar, cuando todo está inmóvil a mi alrededor, tengo gracia. Ya he dado demasiadas vueltas sin sentido. He perdido la cuenta. Tampoco es que eso sea importante. Es una cuestión de práctica. Yo misma reconozco que no soy una delicia bailando. No hace falta que opine sobre el fin de mi existencia. No tengo recuerdos. Mi memoria está congelada y muda. Mi vida se parece a un irracional mundo con imágenes retenidas en secuencias, donde la luz, la penumbra, la sombra, la oscuridad, el silencio, cobran su significado con total definición. Siempre he estado aquí; siempre ha sido así: abrir, cerrar, esperar, comenzar, terminar, aguardar, despertar, sellar, desear… Inventarme una nueva disciplina es lo que me queda por hacer. Me cuesta completar la última vuelta. No tengo un corazón que palpite dentro de mí y me imponga su orden, ritmo, compás o sincronía. Caigo en la cuenta de que no soy libre de mis actos. Tengo un dueño, un amo que me posee. Por él no tengo voluntad para negarme a nada, incluso de mi propio fin, de mi destrucción, o condenarme al olvido, si es eso lo que desea. Cuando la cuerda termine volveré a la soledad de la caja, a la tumba del sueño, a la paz monótona, a mi tiempo interior, a mi encierro en esta estrecha prisión que oprime mis sentidos y que he de aceptar incondicionalmente como un destierro del mundo de los vivos. Y los objetos que me rodean dejarán de moverse para regresar a sus lugares comunes, a un orden fijo en su lugar de reposo. De pronto, me encontraré con el silencio, amortajada por las tinieblas, volveré a la oscuridad hasta que una nueva mirada me encuentre al abrir mi caja de música.

© Manuel Giménez González

IV CERTAMEN LITERARIO ATENEO BLASCO IBÁÑEZ 2013
I PREMIO EN LA MODALIDAD DE NARRATIVA. Autor: Manuel Giménez González

La Memoria Recobrada

El muro está cada vez más cerca. Los vetustos camiones, en una hilera interminable, llevan su carga humana como bestias al matadero. Después de cruzar las rejas, la puerta se cierra con violencia. En esos momentos no puedo negar el miedo, un pánico atroz por lo desconocido. Se escucha el murmullo de más de mil hombres, soldados de un ejército derrotado y humillado, cansado de luchar y de ver la muerte de cerca. Yo soy uno de ellos.

Esta cárcel, que antaño fue un convento, nos recibe con su monumental fachada de la iglesia, adornada con columnas retorcidas y flanqueada por dos torres rectangulares. Esa transformación no deja de ser irónica: de su antiguo esplendor a la decadencia. Su interior, me tragará, me incrustará en sus mil celdillas como un inmenso panal, para que cada pedazo de mí se funda en el grupo, la comunidad, la colmena, la jauría, la manada, la piara, la mancha roja, la mancha uniforme de hombres iguales, con las mismas esperanzas, un enjambre humano, un retroceso en la evolución. ¿No saben los carceleros que caminamos hacia el silencio?

Con las manos atadas a la espalda, nos colocan en filas antes de entrar en una vetusta sala donde el llamado Tribunal Militar Nacional, en consejo de guerra sumarísimo, va a juzgar nuestros delitos. ¿Cuál es nuestro castigo: la cadena perpetua, la humillación, el desprecio, la muerte? Veo que el torturador ha envejecido; todos hemos envejecido cada día en los últimos tres años; todos hemos combatido, olvidado y recordado; hemos perdido la inocencia; nos hemos endurecido; somos supervivientes de la tragedia que nos embarga. Me dejan en medio de la sala. Delante de mí tres oficiales del ejército vencedor me acuchillan con sus frías miradas.

- Este tribunal lo sabe todo de ti. Se te acusa de desertor, de ayudar a la rebelión y de ser un rojo, un masón y un comunista. ¿Qué tienes que decir en tu defensa? – Me gritó otro de los miembros del tribunal, que hacía las veces de fiscal.
- Cuando comenzó la guerra, – al momento comprendí que había comenzado con mal pie mis explicaciones y traté de rectificar-, perdón, el glorioso alzamiento nacional, yo estaba de permiso en mi casa.

- Sí, pero tu regimiento estaba en Segovia, en la zona nacional, y en vez de regresar al cuartel te uniste al ejército rojo. ¡Un desertor, eso es lo que eres! Por desertor y por auxilio a la rebelión te condenamos: ¡muerte, muerte, pena de muerte!

Muerte, la muerte resuena en mis oídos. Después de dictar sentencia, el juez emerge de su estrado con una sonrisa misteriosa ahogándose en un río de palabras llenas de sangre, para luego ocultarse en medio de la marea humana de los resentidos y vengadores, de los victoriosos que necesitan resarcirse con los derrotados para justificarse. La sentencia me produce un amargor en la boca que casi me hace vomitar. Intento mantener la serenidad y la compostura. No quiero mostrarme débil.

Caminar con las manos atadas a la espalda es incómodo, te duelen las muñecas, las ataduras se incrustan en tu piel, se entumecen las manos hasta adormecerlas. El carcelero se detiene mecánicamente. La llave gira sin dificultad. Entro en la galería con las manos liberadas. Una espesa capa de hombres cubre la superficie visible, silenciosos, cabizbajos, con leves cuchicheos apenas perceptibles. Al fin diviso un rincón vacío. Me deslizo. El piso está frío. En las deformidades del suelo se ha acumulado agua sucia. Lentamente la penumbra se escapa aterrorizada por la súbita apertura de las retinas. Pienso en ratones, cucarachas, y en todos esos malditos bichos que aparecen en los momentos de abandono y de miserias; con el tiempo acaso sean mis únicos amigos. Serpenteo entre pies, manos, caras, cuellos, dedos, teniendo cuidado de no lastimar a ninguno. Las líneas de la claridad y la oscuridad se proyectan misteriosas sobre los cambiantes ángulos de mi celda. Me acomodo lentamente con movimientos pausados dejando que el tiempo sacuda mi refugio.

Es verano y hace un calor pegajoso, húmedo, que te empapa la camisa de sudor traspasándote la piel. Recapacito. Pienso en cuál ha sido mi delito. Hace tres meses que terminó la guerra. Me encontraba en la última línea defensiva de Valencia. Habíamos resistido varios ataques de tomar nuestras posiciones. Sabíamos que no podíamos resistir mucho tiempo. Esperábamos una feroz ofensiva. Pero ante nuestra sorpresa el frente se estabilizó. Oímos que se estaba librando una gran batalla en el Ebro, y que de su resultado dependería la suerte de la República y el fin de la guerra. Cataluña estaba aislada desde que los nacionales llegaron al mar por Vinaroz. Después de cuatro meses de incertidumbre, un día todo terminó. Todo estaba perdido. Recibimos la noticia con pesar y con la angustia en nuestros corazones. Cataluña había caído. Todavía permanecimos dos meses en pleno invierno en nuestras posiciones. En el mes de marzo llego el fin. Dejamos nuestro armamento abandonado en las trincheras. Fue una desbandada general. Todo el mundo huía. Yo pensaba que no tenía nada que temer. Regresé como mejor pude a mi casa, andando o en los escasos camiones que circulaban por las carreteras. Por el camino nos desprendimos de nuestros distintivos de soldados, rompíamos en cien pedazos las identificaciones. Nadie debía saber nuestra afiliación a cualquier otro partido o sindicato. Sabíamos que si nos descubrían sería un delito castigado, quizás con la muerte. Yo no había hecho nada. Había cumplido con mi deber. Mi familia me recibió con los brazos abiertos. Mi alegría duró poco tiempo. Una mañana llegaron los falangistas al pueblo y ordenaron que nos presentáramos todos los que habíamos sido soldados de los “rojos”. Sin más explicaciones nos encerraron y nos enviaron a Valencia. No creí que por ser un soldado acabaría de reo en la cárcel.

Un latido voluntario me recuerda que no soy un héroe. Me siento mal porque nunca me sentí importante, nunca creí que mi vida importara a alguien. Creía que mi vida era sólo mía, pero ahora comparto mi desesperación con todos estos condenados como yo. A pesar de todo, aún defiendo mi perfil, mi yo, y comienzo a luchar poco a poco contra la rutina. Después, el agotamiento se traduce en sueño, un sueño atroz que se cuelga de los párpados como la soga de un ahorcado; al punto, sólo imágenes aisladas, simultáneas, indiferentes unas de otras, me socorren de una realidad en la que, sobre un río mágico, unas aguas rojas me muestran trozos flotando de una destrucción.

El patio del penal es uno de los claustros del antiguo monasterio, luego supe que se llamaba San Miguel de los Reyes. Se adivinan los arcos ojivales deslustrados y desprovistos de su pasado esplendor después de sus largos años de abandono. Las celdas, el comedor de los monjes y las amplias salas del antiguo hospital, son ahora las celdas de los condenados. Formamos en silencio, un silencio sepulcral sólo roto por el rumor de un viento cálido golpeando pausadamente las ramas de los árboles. Los hombres esperaban, esperamos obedientes como corderos dóciles y obedientes el dictado de la lista de unos nombres que tenían rostro, que desde su anonimato por fin sabemos quiénes son, cómo se llaman. Luego desaparecen para no volver a verlos. Ya no hay gestos desafiantes. En estos momentos pienso que tengo mejor suerte que ellos. Por los que han sido citados no siento nada, mañana puedo ser uno más de la lista y todo terminará. Es inútil resistirse. Los que quedamos en pie intuimos el final: los fusilarán de madrugada en el cercano cuartel de Paterna. Todo pasará lentamente, en unos segundos. El tiempo perderá su secuencia en el terror, pero éste es el terror de los condenados de hoy, los de mañana, los de pasado mañana, y así día tras día hasta terminar con todos nosotros y quedar la lista vacía.

El miedo a la noche es el pánico de los que asesinan y de los que son asesinados. La luna ilumina la sombría oscuridad del rincón donde estoy echado como un perro. Las voces serenas de los presos se enredan en un hermetismo cerrado. Alguien grita: ¡Compañeros, camaradas, viva la República! en una última exhalación. Por esta vez, ese grito le arranca la piel al tiempo y a la máscara de la ignominia. Dialogo con las sombras: “acércate, sombra mía. No te desprendas de mi armazón miserable. Aquí la falta de luz no te permite la ilusión de que se prolongue tu ser en una criatura refleja. Ya que no te puedo ver, debo imaginarte”. He de pensar, y en cierto modo inventar mi propia sombra. Así tendré a quién dirigirme, necesitaré hablarle, oír mi voz extraña. Fantasearé una compañía. Como nuestros guardianes todos estamos condenados. Todos somos presos. Quieren que reconozcamos nuestra culpabilidad para limpiar sus conciencias. Nuestra espera es la del juicio final dirigida hacia un desenlace anunciado. Necesito silencio, divagar sólo un momento sobre mi suerte futura. Fuimos soldados de un ejército perdedor en una guerra fraticida que desgarró nuestros jóvenes corazones, nuestras oportunas esperanzas. Un solo color nos delata ante nuestros captores, nuestros verdugos: el rojo, rojo sangre, rojo carmín, rojo amanecer, rojo violáceo, rojo, rojo, rojo...El miedo, como un pájaro negro, revolotea en el pecho, ciega las mentes, ofusca los pensamientos. Ahora, nadie habla. Nos quedamos lentamente sin recuerdos. Temo olvidar cómo reírme, cómo esbozar siquiera una sonrisa, cómo llorar de alegría ante las cosas más insignificantes: la mirada inocente de un niño, el abrazo amoroso de una mujer, el canto melodioso de los pájaros, el olor penetrante de las rosas en primavera, la caricia de la brisa del mar, el despertar del alba en la mañana. Tendré que aprender de nuevo estas sensaciones. Tendré que adiestrarme en cómo, en dónde, cuándo se ríe la gente que he conocido afuera, porque aquí nadie lo hace. Necesito saber si tengo una mínima opción de sobrevivir, si puedo esperar un mínimo resquicio de esperanza.

La muerte ronda, pienso en el labio herido, en el cuerpo hambriento, y en lo cerca que estoy del desmayo. Temo, como todos, morir fusilado en el paredón. Pero mientras algunos ahuyentan a gritos el horror de la muerte cuando llega el momento, otros, incapaces de gritar o de dejarse llevar por la histeria, prefieren pensar que están lejos del teatro y contemplar la escena desde las butacas y plateas en actitud impasible, mientras el pelotón de fusilamiento, con sus ojos temerosos y severos, la muerte les bordea y acompaña. Las imágenes aparecen y desaparecen en una nebulosa. Los soldados examinan los cerrojos de sus fusiles; ellos están tan asustados como los condenados; otros han formado un amplio círculo alrededor. Imposible escapar. Dos ojos negros miran azorados hacia el paredón. Una sorda descarga. No hay piedad. Una mano gigante, apenas perceptible salta como un demonio encendido y desgarra la carne con sus dedos cerrados, horadando los blandos cuerpos, arrancándoles la vida. La sangre, derramada, manando a borbotones por los pequeños orificios como finos riachuelos, se confunde con la tierra reseca. Un tiro de gracia golpea la cabeza. Es el fin.

¡Cuánto de egolatría hay cuando uno se enfrenta al miedo! ¡Cuántos deseos de autodestrucción y de perversión existen cuando escondes tus represiones! Ahora todo se reduce a un precario esquema de valores. Todo es un disfraz. En el fondo, cobardía y audacia son cuestiones de disfraces. Puedes esgrimir que el valor de la justicia se cobija endeble bajo cualquier teoría política, pero esta simplificación pueril no satisface a las puertas de la muerte. Ellos, los vencedores, los verdugos, buscan su propia legitimidad en tu propia destrucción. Y ahora me pregunto: ¿qué les ha impulsado a este castigo, a este fin destructivo por el sólo hecho de no compartir las mismas ideas? Ninguna ideología compensa con su filosofía el horror de tanta muerte. No hay beneficio futuro en esta suprema decisión de cortar de raíz la esperanza del vencido.

Llevo varias semanas, con sus interminables días, recluido entre estos gruesos muros. Comienzo a sentir la fatigosa maquinaria de la adaptación. Mis ojos han dejado de sorprenderse; esquivo los obstáculos con facilidad. Mi territorio se va encogiendo. Cada día, el cielo y el infierno están juntos como dos hermanos bien avenidos. Son dos aspectos del mismo fenómeno, dos extremos distantes de la misma cuerda. Todo se va mezclando en un crisol sin fondo, el futuro con el presente, el pasado no cuenta. La nitidez de las ideas comienza a escabullirse como un ladrón perseguido por los secretos más recónditos. Mientras otros han desaparecido yo soy un superviviente. La calma de hoy será, en el vasto mañana, germen de penosas y renovadas interrogaciones. Ahora, construyo y analizo lo sucedido, colocándome en la tesitura de espectador privilegiado.

En ocasiones no previstas aparece una nueva carga humana sustituyendo a los que han partido. Algunos llegan al patio casi a rastras con el torso pálido, rostro barbudo, miembros esqueléticos, ojos mimbrados, frente flanqueada por oscuros hematomas, goterones de sangre seca convertidas en polvo gris, ropas raídas con orín, excrementos y olor a manzanas podridas. Caminan delante de nosotros con paso inseguro, titubeante, y con la mirada fija a un punto indeterminado de nuestro reducido espacio. El silencio estrangula los sonidos menos el de los pies fatigados que arañan y arrastran las piedras trabajosamente. Habíamos perdido la costumbre de la compasión, viéramos lo que viéramos, ya fuera caras tumefactas, espaldas curvadas o piernas como colgajos de trapo mal cosido, ya nada nos sorprende.

Del hombre sólo me queda la resistencia, la firme voluntad para negarme. No soy ni un héroe ni un cobarde, pero la realidad me muestra su abandono entregada a una esfera mortal. Mi corazón apenas sabe del dolor anónimo que ahoga este principio de muerte, y que mira en mi interior en un hondo abismo que parece que no aguantará la tensión del paso del tiempo. No creo en los milagros, pero lucho para que no me arrastren las tinieblas. Las lágrimas calladas cogen mis mejillas por sorpresa. No me queda otro recurso que mi hermetismo, ese llamar a mi precaria existencia, de esperar cada mañana a que pronuncien mi nombre. Necesito la luz y la esperanza, y tantas cosas innombrables y sencillas que reflexiono sobre el sufrimiento sin volverle la espalda. Deseo encontrar mi infancia en un sueño sin perderla, girar en torno a mí y encontrar la vida como un regalo de cumpleaños; con mis manos callosas le daría una caricia torpe, la tocaría con mi palabra cálida, la miraría con los ojos brillantes que algún día volveré a tener. Busco mi hado, mi sino, mi estrella favorable que recomponga los pedazos de mi espíritu. Estoy solo, y a mi alrededor hay la sombra de un hombre. He de pensar, y en cierto modo inventar mi propia existencia. Si lo intento tengo a quién dirigirme, a quién hablar, a dónde dirigir mi voz ya extraña.

Cualquier obsesión de rebeldía es un acto suicida. No he de perder la compostura. He de decir sí a todo lo que me pidan. Luego siempre tendré tiempo de arrepentirme y de curar mis heridas. Quizás mañana acaben con mi vida o caeré reventado a palos o muerto de hambre o de agotamiento. No he de dejar que nada aplaste mi instinto de salvación. Nunca he sentido la soledad ni siquiera en los puestos avanzados de centinela esperando el ataque de un enemigo que tenía el mismo miedo que yo. ¡Quiero vivir! ¡Quiero la libertad! ¡Quiero tener el mundo a mis pies!

Hoy es un día triste y gris. La tarde raía el cielo, acotado por los ventanales enrejados. La lluvia que cayó hace unas horas ha dejado un cúmulo de hojas mojadas con los embates de aire que penetran a través de los barrotes de las ventanas. No me siento optimista. Son muchos, quizás demasiados, los compañeros que nos han abandonado. Hay un continuo fluir de nuevos presos. Compartimos los secretos en los escasos momentos en que nos dejan libres de nuestro encierro. Ellos nos informan de lo que pasa en el exterior. Las detenciones, las ejecuciones y las desapariciones no cesan. Algunos, por miedo a las represalias, están escondidos, y los más afortunados pudieron pasar la frontera francesa cruzando los Pirineos en los últimos momentos o escapar desde el puerto de Alicante a Orán en una huida patética, esperando los barcos de transporte que nunca llegaron. Otros, se han echado al monte para organizarse y continuar la lucha por la República a la que no dan por vencida. Asistimos a estas afirmaciones con la incredulidad. El mundo, nuestro mundo, los tenemos centrado dentro de los muros del penal, fuera es un universo distinto del que desde hacía meses no tenemos noticias ni siquiera de nuestros familiares. Nos angustiaba pensar que no supieran que estábamos allí encerrados esperando un desenlace fatal, que habíamos desparecido entre la nada como si nunca hubiéramos existido. ¿Quién nos recordará en lo que fuimos y en lo que somos? ¿Quién perpetuará nuestra memoria?

Sigue lloviendo, siguen siendo tristes los días, siguen los nombres de las listas atormentándome cada mañana sabiendo que son los condenados a muerte. La mayoría de los invocados aceptan el reto con el gesto compungido, disimulando el espanto que les producía la noticia; otros contienen la rabia. No puedo hacer nada por ellos, sino despedirme en silencio con la mirada atormentada. ¡Adiós camaradas, salud! En contadas ocasiones hay días en calma donde la lista se detiene y el silencio parece recobrar su significado. Pero la calma de hoy, todos los sabemos, será, en el vasto mañana, germen de penosas y renovadas interrogaciones. Reconstruyo y analizo el paso de los días, los sucesos cotidianos, colocándome en la tesitura de espectador privilegiado, casi exclusivo. No puedo entender la demora. Pienso que quieren debilitarme, desarmarme, acercarme hacia la locura, con esta falsa tregua.

Una mañana, mi nombre, sólo mi nombre, rompió el silencio de la celda mientras nos preparábamos para salir al patio en el rutinario control. “Preséntese ante el tribunal”. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. No pude contener las lágrimas. Pensé: es el día, el fin ha llegado. Dos guardianes me escoltaron hasta la sala donde meses atrás había sido condenado a muerte por desertor. Durante este tiempo no acertaba a comprender porqué la sentencia no había sido aun cumplida. ¿Se habían olvidado de mí? ¿Habían extraviado mi expediente? Me aterraba la idea de permanecer en aquel lugar indefinidamente sin que nadie, incluso mis carceleros, sepan que existo. Esta vez era sólo un militar el que me recibía.

- Hemos recibido informes de su pueblo, de sus familiares, del cura, del alcalde, y hasta de Falangistas, que avalan su buena conducta, que es un buen cristiano, que nunca se ha metido en política y que fue obligado a incorporarse al ejército rojo en contra de su voluntad. Personalmente no creo en la redención. Para mí sigue siendo un desertor. El tribunal, después de estudiar y verificar todos los documentos, ha decidido, con la benevolencia del Generalísimo conmutar la pena de muerte por la de treinta años de reclusión, debiendo pasar los próximos cinco años en un batallón disciplinario del ejército para cumplir su servicio militar inacabado. Después pasará a una cárcel en régimen de trabajos forzados hasta el fin de su condena. Así lo manda y firma su Excelencia.- Hizo un silencio mientras repasaba una y otra vez los folios y cuartillas extendidos sobre la mesa-. Me deber es informarle de su nueva situación. Partirá inmediatamente a su destino.

No puedo contener mi alegría. No creía que mientras estaba encerrado, cuando pensaba que todos me habían abandonado, personas amigas, mis seres queridos, estaban dando su vida por mí sin temor a las represalias. Su valentía, por el riesgo que corrían al interceder por un condenado, me conmovía y emocionaba. La muerte ya no me rondaría, y aunque tengo que permanecer en prisión, había salvado la vida.

Al abandonar el penal tuve la sensación de haber envejecido prematuramente. Había estado un año haciendo el servicio militar y tres como soldado del ejército republicano. Mi condena se redujo a tres años en un batallón disciplinario en Marruecos, cinco de trabajos forzados en las obras del mausoleo del Valle de los Caídos y los dos en el penal de Ocaña. Cuando al fin saboreé la libertad habían pasado más de 10 años. Tenía 36 años y había perdido mi juventud o, más bien, me la habían robado. Pude rehacer mi vida, pero la amargura, y el recuerdo de esos meses en la prisión esperando la muerte, siempre estarán presentes en mi memoria. Años después visité el lugar donde estaban enterrados mis camaradas, con los que había compartido mi encierro durante días, semanas o meses. Tienen nombre, rostro, familia, amigos, honores. Ellos son la memoria perdida, ahora recobrada, de nuestra historia.

© Manuel Giménez González 2013

III CERTAMEN LITERARIO ATENEO BLASCO IBÁÑEZ 2012
I PREMIO EN LA MODALIDAD DE POESÍA. Autor: Manuel Giménez González

En su grave rincón, los jugadores
Rinden las lentas piezas. El tablero
Los demora hasta el alba en su severo
Ámbito en que se odian dos colores.
Jorge Luis Borges

PIEZAS DE AJEDREZ

EL PEÓN

El dedo persuasivo lo señala:
serás en estas lides el primero
que al final acomete, en todos fiero,
el que enviste, detiene y apuñala;

serás el centinela, yunque, escala
de almenas enemigas, el guerrero
que su destino mueve en el tablero.
Y si al fin es la muerte quien te iguala,

no pienses que faltaba en tu figura
la perfección debida a su diseño,
pues eres pieza clave para el sueño

de ser fingido rey en tu estatura,
gacela, águila, halcón, león herido
que sojuzga el sudor y su gemido.

EL CABALLO

Batalla de centauro ofrezco. Sueño
con forjar mi destino si se aferra
el galope al jinete, y así no yerra
con dardos vengativos. Pongo empeño.

Me adelanto en el salto. Soy dueño
de mi espacio vital que a golpes cierra
la confusa violencia de esta guerra
donde el gigante es pieza en desempeño.

Golpeando baldosas desgastadas,
mi lengua, voraz, lame las heridas
del resto de la lucha y sus despojos.

Soy la breve estela de mis ojos
que ofuscan las nacientes madrugadas
y no desdeñan rutas prohibidas.

EL ALFIL

Caballero con alta estirpe, alfil
de punta aguda, sátiro que avanza
y, con su color, furia y fuerza lanza
al frontal adversario con sutil

galanura. Desde el recinto, mil
lances intuye, observa, guía, danza
la vil muerte, inclinando la balanza
con gestos duros y abrazo prensil.

Tiene cuerpo de acróbata furtivo
sosteniendo la rabia contenida.
Su perfil asemeja el faro altivo,

que tensa la fatal acometida
si la distancia acorta, pues esquivo
se enajena el regreso sin la vida.

LA TORRE

El viento te aligera, ungida torre,
atalaya prendida en el costado
del tablero, avizor de lado a lado
que, en su recta andadura, así recorre

el rastro de la herida sin que borre
abscisas u ordenadas o el sajado
armazón que se siente cimentado,
la sangre que en tus venas se descorre.

Con paso marcial lanza tu ofensiva
a aquel reducto casi inexpugnable,
consuma la estrategia victoriosa,

la trama de esta muerte decisiva,
defiende a tu monarca vulnerable,
armada torre, cumbre poderosa.

LA REINA

Tú eres la destructora, esquiva dama
bruñida con la magia de la alteza,
ególatra en los días de aspereza,
revulsiva si el juego te reclama.

En tu cintura queda la retama.
que prende en la batalla con firmeza.
Frente a ti, tu enemigo ahora reza,
si en la lucha cae y perdón exclama.

Admirable, tenaz, justa doncella,
astuta, audaz, la pieza más amada,
ágil, escurridiza, altiva y bella.

No ciegues con tus ojos la fortuna,
no escondas tu caricia enamorada
y espera la señal más oportuna.

EL REY

Él espera en su espacio invulnerable
la mueca de otro rostro enmudecido,
el gesto victorioso, el alarido
final de la derrota inalcanzable.

Maduro, minucioso, inexpugnable
en la angosta espesura del medido
cerco de piezas. Amo sometido
al lento movimiento, al inestable

rigor de su corona en el tablero.
El juego de la vida o de la muerte
desnuda con sus garras la costura.

Es el amo, el señor, el gran guerrero,
la espada distintiva del más fuerte,
el centro del ataque en su figura.

EL TABLERO

Divisas en tu recta geometría
el rastro intermitente de la bruma,
el resto del combate que consuma
el poso de la huella más vacía.

Se abre el telón. Aquí sólo sería
reprimir el rencor que tanto abruma,
rehusar este duelo, sin que asuma
el ansia de la muerte como mía.

Ven a mí; a mi roca endurecida.
A mis pies, a horcajadas, quiero verte
con tu sombra más corta que la mía.

Nada te acorta. Quedas con la muerte
bajo el celaje: blanco o negro, día
o noche, la sentencia está cumplida.

EL JUGADOR

Ante el rival el tiempo se doblega,
si dicta el jugador su lucha armada,
emprende la victoria deseada
con estampa serena a fiera brega.

Primero es el peón, jugada ciega
que inicia la apertura y va obstinada
al centro del tablero; no hay nada
que lo pare y lo libre de la entrega.

El alfil se abalanza hacia el enroque,
el caballo las torres amenaza,
la reina se destaca en el combate

y enfila la línea para el estoque
dando el último golpe con la maza.
Es el final: el rey en jaque mate.

© Manuel Giménez González ver currículum »

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